sábado, 14 de septiembre de 2013

De tacos y patriotismo.

Una señora sentada con la mirada perdida, esperando. A su lado un señor de quijada pronunciada, ojos hundidos que pareciera buscan huir de algo que vieron hace muchos años. Una vieja mesa al frente de ellos y una vieja lona rosa, que algún día fue roja, los corona. La escena es enmarcada por una lluvia que ya viene a menos, pero que logra el objetivo de importunar a quien no la esperaba. 
Una gota escurre justo por la mejilla del señor, quien la retira indiferente, desafortunadamente la lluvia ha ahuyentado a los posibles clientes.
Fue el hambre y la simpatía que sentí por ellos, lo que me convenció de comer ahí. Quien se respete al comer tacos ordenará de dos en dos o de tres en tres sí acaso es tortilla pequeña, o taquera, para así evitar que se enfríe, y por sobre todas las cosas probará las salsas antes, ya que de eso depende, en gran medida, el gusto de comer tacos.
Ordené dos tacos de suadero, el hambre exigía que saturara mis tacos con los complementos ofrecidos, papa y nopales, pero mi razón me exigió que esperase, cuanta razón tenía.
El ritual comienza por el aroma, cerrar los ojos y descubrir que la saliva espera ansiosa aquello que al calentarse desprende un poco de su esencia, ese aroma que viaja por el aire y choca contra el parabrisas de un camión, recorre su costado para ser atrapado por la nariz de una señora que viaja con tedio y que al recibir el estímulo voltea inmediatamente y, sí no tuviéramos los ojos cerrados, veríamos como se asoma y nos mira deseando ser ella quien espera ser servida.
El respeto que se tiene por el comensal se demuestra no en las palabras que interrumpen tu ensimismamiento, sino el tono que con verdadero pesar de interrumpir exclama, "perdón joven, aquí tiene".
Agradecer y aceptar el plato y la invitación de acompañar los tacos con papas y, o, nopales, pero con la firme decisión de esperar y probar la carne antes que otra cosa. ¿Cómo describir un sabor? Valdría la pensa intentarlo, pero quizás sea fútil. Disfrutar unos tacos cómo hace mucho que no lo hacías. Reconoces el sabor que estás disfrutando y sin protocolos exagerados, complementas al cocinero de ojos hundidos, quien te agradece la visita, cosa que te halaga. Es difícil creer que algo tan sabroso esté tan poco demandado.
"Lástima que la lluvia les espante a los clientes", dicho con verdadero pesar, y sí los tacos no le ganaron un respeto al señor, su respuesta lo hará. "Pues sí, nos pega muy duro, pero, pues tiene que llover", la sonrisa que acompaña la última oración te hace ver a una persona que comprende el sentido de la vida y que no pretende modificar el orden natural de las cosas, sin decirlo te da a entender que la acepta y que incluso comprende que alguien no muy lejos, pudiera haber estado deseando que lloviera.
Y al ver a este señor que de la mejor manera posible se gana la vida, haciendo lo que sabe y alimentando a los transeúntes, piensas en todos los hombres y mujeres que día a día salen de casa llenos de ilusiones y regresan a casa con tan sólo unos pesos más, aquellos que no hay lluvia que los doblegue, todos esos mexicanos que día a día mantienen al país avanzando, pequeños engranes de un sistema que los oprime, pero que de ellos depende. Todos ellos que esperan con ansias gritar Viva México, frase ya tan trillada y caduca que sólo sirve de catarsis, de pretexto para beber y pelear, para que puedan juntarse los acomplejados y reír, e incluso llorar, aquellos que en el metro rehuyen la mirada buscan pelea. Los cobardes beben para darse valor, las mujeres usan el albur y dicen groserías, los niños truenan cuetes, se les permite ser ruidosos y no desaprovechan, el país de permite sonreír, aún cuando no haya motivos. Todos se mienten, y entre tanta festividad, se permite incluso se es bien visto. Todos aquellos que critican pero no proponen cuelgan banderas en la ventana o en el cofre de su auto, se pintan la cara, usan paliacates y trenzas, se cobijan en una bandera sólo una vez al año.

Te despides de aquellos que hicieron el favor de alimentarte, les devuelves la sonrisa con orgullo, mientras que con tristeza piensas en lo complicado que es vivir en el país que amas.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Despertar.

Su mirada recorrió el cuarto, notó que una de las paredes reflejaba su imagen, se notó triste.
El pequeño cuarto de paredes blancas era iluminado por luz artificial, no pudo recordar la última vez qué había visto el sol. No pudo recordar la última vez que había sentido el viento acariciándole, recordándole que era parte de algo más grande y maravilloso que cuatro paredes. Observó a su reflejo tocarse la nariz, y sintió el alivio de rascarse. Recorrió el cuerpo que estaba frente a ella, la imagen que debía ser ella misma, pero que no podía ser, quien tenía éstas ideas era ella, no su reflejo. Entonces sus ojos miraron directamente los ojos de su otro yo, de su imitadora, o acaso era ella el reflejo de alguien más, se preguntó. Acaso soy yo quien aparece cuando alguien más se acerca, acaso estoy confinada a este cuarto para que "ella" pueda mirarse, así lo pensó, y la idea le causó desconcierto, quiso salir de allí, pero no había forma.

Mirando a su reflejo se dio cuenta de que era ella quien tenía estos pensamientos, así que su existir no dependía de esa otra que se rascaba la cabeza frente a ella. Se dio la vuelta y miró sus manos, no habían desaparecido, ella seguía ahí, se dio cuenta de que en verdad su existencia no dependía de alguien más.
Miró al techo y la lámpara la cegó por unos segundos, cuando la imagen fue clara de nuevo, se sorprendió al ver como la otra  también lloraba al darse cuenta que no podía salir de allí, se dio cuenta de que la otra, era su reflejo.

Del otro lado del cristal, biólogos especializados en la conducta de chimpancés, tomaban nota de las actividades de "Susy", chimpancé de tres años de edad que había nacido y crecido en cautiverio con el único fin de observar su conducta y así comprender los efectos psicológicos del aislamiento en mamíferos.
La doctora encargada de la investigación observó el momento justo en que una lágrima se formaba, pensó que era imposible además de improbable. No seamos tan severos con ella, eran otros tiempos y quizás por eso no fue capaz de darse cuenta que la pequeña chimpancé desarrolló conciencia de sí misma.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Lomo mojado, ojo ídem.


Mientras paseo mi mano por el lomo mojado de mi perrita, recuerdo ese niño que fui, que más de una vez pidió un perro, e igual número de veces recibió una negativa.
Mis dedos masajean su pelaje, tal como en una ocasión acaricié a mi hamster Spike, me lo regaló un compañero de la escuela, todas las tardes llegaba del colegio, lo tomaba con cuidado y mientras le contaba los pormenores del día acariciaba su lomo con cariño, es triste, pero en ese entonces era mi único amigo. Jamás pretendí impresionar a Spike, y él jamás me mintió para quedar bien. Un día llegué a casa con la misma ilusión a ver a mi amigo, pero no estaba en su jaula. Cuando pregunté si lo habían visto, recibí una respuesta que incluso hoy, muchos años después de haberla oído, me hace sentir una tristeza infinita, hay muchas formas de ser cruel, dígale al niño que pregunta por su hámster: "lo aventé por el excusado". Jamás sabré sí fue una broma cruel, o fue una manera torpe de suavizar el hecho de que mi hamster había muerto, sólo sé que ése día perdí a mi hamster, y con él, ganas de hablar.

Mi perrita siente que algo no está bien y lame mi mano, me hace saber que sea lo que sea, ella está aquí, y que a pesar de ser torpe y cobarde quiere estar aquí, y es esa lengua la que me trae de vuelta al aquí y ahora. Me recuerda lo mucho que deseé un perro, y lo mucho que disfruto sobándole la panza. No sé que pasará mañana, sólo se que quiero mucho a ésta perrita y me alegra verla crecer cada día y me alivia la idea de que ya no cabe por el excusado.

lunes, 17 de junio de 2013

Un viaje.

Sacas la mano mientras viajas por la ciudad, tal cómo lo hacías cuando eras niño, imaginas que ya no es tu mano y se convierte en un delfín que sortea esa agua invisible, esa que golpea tu rostro, pero no moja.
Por un momento disfrutas el viaje que cada día produce tedio, las miradas se posan en tu mano, la siguen un momento, después se posan en tu sonrisa y terminan su viaje en tu mirada, para después volar espantadas como las aves del parque al sentir la cercanía de un extraño. Algunas te envidian, otras simplemente no entienden, han olvidado como sonreír.

Un niño te imita y ríe contigo, su madre está a punto de decirle algo, pero jamás sabrás qué, has llegado a tu destino, has de continuar tu rutina, afortunadamente no has olvidado cómo sonreír...

jueves, 13 de junio de 2013

De corazón a corazón.

El contexto lo es todo, ambos dicen temerle a la muerte, uno, sólo en casa, el otro, acostado en la cama de un hospital.
Y mientras mira por la ventana de ese cuarto, en un viejo hospital,imagina lo que dejó pendiente, y hace una lista de todo lo que hará en caso de que esa llama interna no se extinga. "Cuando la edad consuma mi pulso, no escribiré poesía en servilletas, o en hojas vivas, o en hojas muertas, o en boletos del metro, sino que tatuaré mi poesía en su espalda, con dedos cansados y una sonrisa atemporal, esa misma sonrisa que adornó mi rostro de niño. Esa que hoy es tan sólo una mueca que se asoma cuando el doctor me dice que no me preocupe, que es una operación sencilla, algo de rutina..."
Y conforme se esconde el sol recuerda momentos de su vida, la magia de la infancia y los juegos que tanto le hicieron reír, los problemas en que se metió en la adolescencia, y sonríe pensando que, aunque corta, ha tenido una buena vida, aprovechó las oportunidades que tuvo para sonreír, y sí acaso la vida se acaba, lo hará con una sonrisa.
Ese miedo a la muerte sigue latente, quizás mañana comprenda lo que es la vida,o quizás viva años más para seguir inventándose una historia.

Dedicado a aquellos que esperan hoy con incertidumbre que un doctor corte sus males, algo me recordó esa angustia que significa la espera de una operación. Suerte.

martes, 11 de junio de 2013

El mejor cuenta cuentos.

De voz desagradable, pero con un ingenio infinito, se dedicó a contar sus historias a un grupo de sordomudos, quienes fascinados interpretaban sus gestos y a través de sus labios descubrían mundos nuevos. Jamás captaron lo que quería decir, sino que entre todos lograron darle forma a la historia más hermosa, la que cada uno llevaba dentro de sí, pero que jamás se atrevieron a contar...

El caracol.

Mientras el mundo colapsaba, el caracol avanzaba con calma, persiguiendo su sombra.

domingo, 9 de junio de 2013

Divagación matutina.

Mientras esperas a que se enfríe tu café, observas por la ventana la lluvia que cae tímidamente, sabe que no es bienvenida, pretende que su insistencia le de legitimidad o quizás sentido. El golpeteo de la cuchara te recuerda a ese viejo tren de juguete que tan insistentemente habías pedido a tus padres, pero que había permanecido oculto en el baúl de lo viejo, de lo que ya no usas,o de lo que no sabes cómo usar...
Piensas que sería buena idea viajar en tren, lástima que ya no hay, te conformas pensando que hoy viajarás en metro, siempre de un punto a otro corriendo para llegar, y al llegar, deseas salir de ahí.
Ese acto reflejo que supone soplar sobre la taza, inhalar ese aroma que te recuerda tu infancia, tú bebías leche mientras ese aroma inundaba la cocina, impregnaba las cortinas, justo ahí en la esquina de la misma, esa que quemaste sin querer un día, siempre nervioso cuando alguien se acercaba demasiado, imaginando el regaño, ese que podrías recitar de memoria, pero que jamás ocurrió. No puedes evitar mirar la esquina de tu cortina, buscas alguna quemadura, que evidentemente no encuentras.
Pruebas tu café y piensas en toda esa gente que no conoces y que comparte contigo tanto, y a la vez tan poco, esencialmente somos lo mismo, pero no sabemos nuestros nombres.
Es más no sabes si tú has forgado al nombre o si por el contrario el (los) nombre(s) han hecho lo propio. Fuiste pepito, chucho, pepe chuy, josé, meillon, pinguas, el pingüino, joe y otros que has olvidado, pero hay quienes te recuerdan sólo con ese nombre, sólo conciben esa parte de tí, no conocen al conjunto, al todo. Imaginas que ésto se podría explicar con una analogía burda, pero efectiva, las bandas, comienzan sonando a algo y terminan con otro sonido distinto, y así te imaginas a ti mismo, cada persona que te conoce, conoce una faceta tuya, una perspectiva del mismo todo, de igual manera tú conoces sólo una o unas facetas de los que llamas tus amigos, y cuando pasa el tiempo y podemos verlos otra vez, pensamos, pero que cambiado está parece otro... Y quizás el problema no es que cambien, todo cambia, no lamentas el cambio en sí, lamentas no haber sido parte, o al menos testigo...
Terminas tu café, esperas que la cafeína haga lo suyo, que los sueños que merodean tu cabeza, como abejas, se alejen y te permitan pensar con claridad, frase que has oído hasta el cansancio, pero que hoy a tus treinta años, no puedes explicarla.
Cómo tampoco puedes explicar tu sueño, sirves más café, pretendes descifrar los mensajes que te envía tu psique, mientras afuera las nubes han tomado al cielo cómo rehén y parecen no querer negociar...

viernes, 24 de mayo de 2013

Un nombre en el lomo de un charco...

Recorre con calma las calles, se pasea entre los autos que asemejan un cementerio de elefantes. Extiende las manos y sus dedos para sentir el aire, no pretende capturarlo, sabe que nada le pertenece, no se aferra a las cosas.

El olor a tierra húmeda penetra sus fosas nasales, golpea la parte trasera del cerebro, esa donde a veces surge la pregunta que le entretiene por horas, qué es más grande, una idea o el universo, el olor se pasea por la parte superior de la cabeza, y baja con violencia en forma de un suspiro.

La lluvia no se ha detenido del todo, pequeñas gotas golpean su rostro, quiere identificarlas, mira detenidamente el cielo, no es capaz de verlas, tan sólo de sentirlas golpear su rostro, abre la boca y las recibe como parte suya, les da la bienvenida a su cuerpo, como si acaso fueran esas lágrimas que alguna vez derramó, las recibe con alegría y con los ojos cerrados, tal como se fueron.

Para regresar a la realidad basta el lejano ruido de un camión, su mirada recorre el asfalto húmedo, se posa en un árbol que descansa en medio de tanto concreto, como un objeto fuera de lugar, a los pies de éste descansa una rama, húmeda, como todo lo que lo rodea, la toma y al esgrimirla se da cuenta de que no podría ser una espada, quizás una daga, pero algo dentro de él le recuerda que tiene mayor mérito crear, no destruir.

Recorre las calles mientras golpea las rejas con su rama, el sonido le entretiene, la madera húmeda produce un sonido interesante.

Acerca la rama a su nariz, la huele y al cerrar los ojos imagina un enorme bosque donde la lluvia no se detiene, los hongos se han apoderado de un árbol viejo, uno pensaría que lo están devorando, pero no, lo protegen.

Imagina quién podría vivir debajo de toda esa hierba húmeda, comienza con unas grandes piernas, han de estar lejos de la humedad, los imagina gordos, con grandes brazos, y barbas enormes, la nariz debe ser grande, se dice a sí mismo, no es posible tener alguien de barba grande con nariz pequeña... Algo lo distrae, lo regresa a la realidad, el agua que poco a poco ha humedecido su tenis ha logrado abrirse paso hasta el calcetín. No le molesta el agua, lo que le sorprende es no haber visto el charco que tiene a sus pies, con la rama toca su frente, la frente que le corresponde a su reflejo, le entretiene la forma en que el otro yo, el que vive en el agua se fragmenta y se convierte en pequeños círculos, en ondas que asemejan al sonido. van y vienen pero nadie les pone atención.

Con calma se sienta el niño en la banqueta, tatúa su nombre en la piel del charco, repasa las letras con calma, primero la P, una línea que sube, una pequeña curva, después la E, tres líneas pequeñas y una más grande, después otra P y termina con otra E. después juega a sólo colocar las consonantes y por último, usa su nombre, ese que casi nadie usa, J, O, S, É, el acento lo pone al final, con el dedo.

El punto no llegó a la cita, al niño lo han llamado a bañarse. Quizás otro día de lluvia podremos ver al punto adornar su nombre, no importa que sea con dedos arrugados, ya sea por la humedad o acaso por la edad.

jueves, 23 de mayo de 2013

Agua que cae, insistente, incontenible.

en la piel de una servilleta tatuaste tu mejor poema, pero eso jamás lo sabrás.

aburridos dibujábamos espirales con el humo del cigarro, la televisión repetía imágenes por todos conocidas, era la hora de comer, mientras tú dibujabas costras de tinta en la piel de una servilleta él se acercó a pedirte consejo. sabes escuchar y eso es lo que la gente busca, un recipiente donde verter su catarsis oral, no busca consejos, ya saben lo que han de hacer, lo que harán...

"quiero que se case conmigo, pero no sé como pedírselo, es que la neta me trae loco we..."

imaginas qué perfil puede tener la novia de ese mesero que sentado frente a tí, vive y respira y no es sólo un nombre, sino que tiene consciencia y vive una vida propia. piensas en eso y otras cosas mientras el mesero, que apenas conoces, sigue expresando lo mucho que la quiere y el sincero deseo de compartir su vida con ella. sugieres que la lleve a cenar a algún restaurante elegante y que ahí le pida matrimonio, él comenta que es una magnifica idea, dice que la llevará a cenar ahí, donde tú y él trabajan. mala idea, piensas, pero no sirven tus comentarios, él ya lo ha decidido.

durante semanas planeó el evento, dónde se sentarían, cómo lo pediría, y un sinfín de etcéteras que al parecer nunca son suficientes. siguiendo lo que para tí era un juego, sugieres que le entregue el anillo dentro de una galleta de la suerte, te sorprende la forma en que abraza la idea así que te propones mejor no opinar más.

días antes de que sucediera la esperada cena, te dedicas a imaginar lo que sería estar en su lugar, juegas con palabras, las acomodas con prisa en un viejo papel, saltas de una idea a otra, los sentimientos que pretendes emular se suceden unos a otros, siempre buscando ser uno el que cierre la frase, así que te encuentras ante una repetición de conceptos melosos y anticuados, deshechas el papel, tomas una vieja servilleta y escribes lo primero que te viene a la mente, dejas que el sentimiento afloré y a través de tus manos lo plasmas con cuidado, despacio. te sorprende la claridad de lo que has conseguido, alguien te pregunta que es lo que haces, nada, respondes, las miradas se cruzan mientras te pones en pies, aseguras ir al baño, él nada dice, sólo observas su mirada que decodifica el mensaje que has dejado sobre la mesa.

tiempo después alguien te dice que él tomo la servilleta y al parecer leyó el texto durante la cena. la verdad es que nunca pediste detalles, no te interesó tanto ese evento que coincidió con tu día de descanso.

pasaron las semanas y mientras todos se preparaban para el cierre, te sorprendiste al ver que todos lo rodeaban, le palmeaban la espalda, le daban ánimo. el gerente te comenta que al parecer encontró a su novia con otro, sí, la misma con la que pretendía vivir el resto de su vida...

ese día llovió, y al igual que hoy se formaron charcos que se evaporaran y parecerá que nunca existieron, triste es que algunos amores así sean, la constancia que de ellos queda no es la mejor, y quisiéramos que se borraran al segundo de haber terminado. imagino que esa tinta se he desvanecido, o quizá la servilleta no existe ya, o quizás, la ha guardado en un pequeño cajón donde tiene todos esos detalles que se regalaron durante el noviazgo, como constancia de que existió, de que hay algo bello por recordar, y quizás en tardes como ésta la toma con sumo cuidado y la lee una y otra vez y piensa en aquello que pudo ser, pero que evidentemente no sucedió.

lo que quizás jamás podremos saber, es quién sostiene esa servilleta mientras contiene las lágrimas, si ella, cuyo nombre no tenemos, o él a quien le prestamos nuestro hombro para verter las propias, esa noche en que la lluvia golpeaba insistentemente la braza de tu cigarro...

jueves, 4 de abril de 2013

De aquellas flores que no florecen.

Existieron historias maravillosas que se proyectaron en una mente,
pero jamás se ejecutaron. Historias increíbles que fueron concebidas
en una noche de insomnio y desaparecieron conforme los rayos del sol
iluminaron el cuarto de aquel que durante toda la noche fue dando
forma a una magnífica historia. Camino al trabajo dio las pinceladas
finales y logró una magnánima historia. Quizás por fortuna, nunca la
transcribió, los críticos no la hubieran recibido como se merecía y
los lectores la habrían mal interpretado.
Sólo nos queda el consuelo de que los mejores autores no escriben, se
llevan, junto con ellos, su obra a la penumbra. El consuelo de la
poesía, el consuelo de colgar nuestros destinos en las estrellas.

Quizás hoy fue concebida la novela mas hermosa y quizás jamás la
leeremos, ya que esa joven que posee la idea, se siente incapaz de
plasmar un sentimiento en papel.
Quizás sea justo, quizás no merecemos esa maravilla.

Quizás, aún no...

miércoles, 3 de abril de 2013

Remordimiento onírico.

Recuerdo que estabamos en Acapulco, en un hotel que calculo tendría
unos veinte pisos, nosotros estabamos en el último piso, o al menos
eso me pareció. Para el momento en que comenzó a temblar yo pensé que
no volvería a sentir nada igual en mi vida, y es que la intensidad del
temblor era absurda, y mientras nuestro hotel oscilaba de un lado a
otro, yo vi a través de la ventana como un hotel se desplomaba. Corrí
junto a mi novia y, siempre con la idea de perecer en mente, la hice
reír con mis tonterías, al menos durante esos segundos se nos olvidó
que temblaba. Terminó el movimiento telúrico y me apresuré a guardar
en mi mochila las llaves de casa, nuestras carteras y dos botellas de
agua. Cuando intentamos salir del hotel e ir a ayudar a quienes
tuvieron menor suerte, la gente del hotel, gerencia y otros huespedes,
pretendían detenernos alegando que habíamos sido muy afortunados, que
mejor descansaramos. Desperté terriblemente angustiado y turbado. Por
aquellos que no pude ayudar.

No hay peor ausencia que la intencional.

No es que no tenga nada que decír, es que no lo he querido decir en
voz alta. Quizás has venido constantemente buscando leerme, quizás ni
siquiera te has percatado de la ausencia mis letras. De cualquier
manera aquí estoy, dispuesto a que me leas con el corazón, porque los
ojos han estado muy ciegos ultimamente y los oídos muy sordos...
Eso me dijo, con el pensamiento, el niño que fui, me lo dijo en
sueños. La metafora surrealista que explica la falta de letras. Letras
del inconsciente, dedicadas al colectivo, que es todo y a la vez
nada...

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Del fin del mundo y otras cosas...

Las manos le sudaban mares, el sabor a miedo se acentaba en las encías, mermadas de tanta nicotina. Los ojos, desesperados, intentaban hacer contacto con alguien mientras levantaba la mano derecha, donde una vieja receta enmicada acumulaba su sudor.

Hay quienes dicen que hace falta mucha decisión para pedir limosna y hay quienes dicen que hace falta mucho valor para exigirla. A él nunca le remordió la conscienca, en cuanto bajaba del camión para contar los centavos se olvidaba de sus benefactores.

Hoy era distinto.

-¿Me da chance jefe? -Decirlo en tono de súplica, pero sin rebajarse. Subir al camión aclarar la garganta y repetír el guión aprendido de memoria, hacer enfasis en la parte que decía "no me subo con las manos vacias, mira, sino que pongo en tus valiosas manos éste rico chocolate/dulce/caramelo y/o lo que tuviera en ese momento, porque eso es mejor que subirme a robar..." en ese momento hacer una pausa era vital para el éxito de las ventas, esa pausa era una invitación y una advertencia, una invitación a dar unas monedas por voluntad propia, y una advertencia, porque a cada pasajero lo vería a los ojos al entregarle "el producto", ese contacto visual era la mejor forma de intimidarlos.

-Súbete rapido güe!

Ante la desesperación del chofer, despertó. Dio las gracias y mientras subía a la unidad, se aclaró la garganta. Hoy no llevaba dulces o ricas golosinas, hoy llevaba la receta enmicada, aquella que usaba sólo en ocasiones especiales, era un as marcado, su último y más efectivo recurso. Esa receta que encontró un día en la calle, le hizo ganar cientos de pesos en pocas horas, era su amuleto. Hoy iba decidido a utilizarlo por última vez.

A punto estuvo de utilizar el guión de rutina, al menos lo deseo al ver un camión con todos los asientos ocupados, sin embargo repitió aquel script aprendido el día anterior.

"Damita, caballero, antes que nada te pido una disculpa por interrumpir tu viaje, tu lectura o hasta tu sueño, pero la verdad es que me veo en la penosa necesidad de subir a éste camión, receta en mano que como puedes ver no ésta a mi nombre, sino al nombre de una mujer, mi hija..." -los resortes de la memoria se activaron en ésta parte, causando que los engranes encargados de articular las palabras se trabaran. Después de tragar saliva, esa saliva que sabía a fierro, continuó. "Eso es lo que he venido diciendo, repitiendo como loro, pero la verdad es que no vengo a pedirte dinero, ni siquiera de tu compasión, es más ni siquiera pretendo causarte lástima, tan sólo quiero ofrecerte una disculpa, quizás alguna vez nos hayamos cruzado y te haya pedido una moneda, sí así fue, lo siento mucho. Ésta receta ni siquiera es mía, me la encontré tirada en la calle. Como muchos aproveché la situación para pedir unas monedas, unas centavos para comprarme muchas cosas, no te voy a mentir, compré muchas caguamos y tabacos, pero jamás droga... Y lo peor de todo -una lágrima rodó por su mejilla, justo por el zurco formado por una vieja cicatriz- es que a mi hija no le compré ni un detalle, ni un sólo dulce o chocolate..."

Captar la atención de cuarenta y cuatro pasajeros es dificil, despertarles alguna emoción, casi imposible.Él lo logró, algunos lo miraban con lástima, algunos con odio, otros con una sorpresa infinta.

"Te preguntarás por qué me subo a contarte ésto, la verdad es que antier mi hija me pidió que ya no dijera mentiras, me dijo, papi, ya va a venir santaclós y se va a enojar si sigues diciendo mentiras, yo le mandé una cartita diciendole que ya te vas a portar bien... por favor papi... Yo le juré que no lo volvería a hacer, pero todo lo que he hecho me lo ha cobrado dios... Mi hija ayer..."

Es entonces que somos testigos de como un hombre de deshace en lágrimas, y entendemos perfectamente lo que no nos dijo, entendemos que su hija murió y que aquél hombre carga una culpa de la que quizás jamás podrá librarse. Y así sin más en menos de diez minutos comprobamos que su mundo se ha acabado, que lo que era ya no es y que lo que fue ya no está.
Cabizbajo desciende del camión, se sienta a esperar, no sabemos si otro camión o si acaso espera ser perdonado.

Tragamos saliva y descubrimos esa sensación que nos distingue de los animales, esa que ha recibido tantos nombres, pero que en esencia nos dice que seguimos vivos, son esas ganas de llorar por el infortunio ajeno las que nos hace humanos.

Nunca lo escucharemos de su boca, pero su final, el que tenía planeado rezaba algo así como: "por eso les digo, que no importa lo que nos pase en el día a día, debemos estar agradecidos, por lo que se nos da, por lo que se nos regala, por lo que tenemos, familia , amigos, salud, donde dormir, qué llevarnos a la boca, aunque sea un taco de sal... Yo pensé que lo que me hacía falta era dinero, pero no me daba cuenta que tenía lo que necesitaba, que sólo era cuestión de aprovecharlo al máximo." Entonces daba las gracias y se bajaba del camión, ese era el plan, recitar unas cuantas palabras, no más. Y sin embargo, ese veintiuno de diciembre, acabó entregando un pedazo de su alma.


miércoles, 14 de noviembre de 2012

Salió hace dos meses.

Un sucio volante pegado a un poste, le dio la respuesta de quién era.

Se consideraba una persona feliz, siempre optando por aquello que le hiciera feliz, y no por aquello que le agradara a los demás. Un día salió de su casa determinado a encontrar la felicidad.

Sintió como el aire llenaba sus pulmones, se maravilló de los olores capturados en el aire, de la gama de colores que el mercado a media calle le ofrecía, sintió que el rojo le llenaba el alma, las lonas indiferentes protegían del sol y daban un tono carmín a su aventura. Don Tomás, aquel que deleitaba los paladares con tacos de birria le saludó confundido, hace mucho que no lo veía por aquí Don José, cómo ha estado? Nuestro personaje respondió que muy bien, que no se había sentido tan joven desde hace tiempo. Don Tomás se alegró por él y le invitó unos tacos, acompañados por un Boing de Mango bien frio. Don José, agradecido, rechazó los tacos alegando que no tenía su cartera, Don Tomas le dijo, en ningún momento he hablado de cobrárselos, al contrario gusto me da verlo y la forma de demostrarlo es invitándole estos tacos.
Don José se pudo de pie y cedió el asiento a una señora que iba acompañada de su hija, él calculó que no tendría más de cinco años, la señora le agradeció con una enorme sonrisa, le dijo que la niña acababa de salir del kínder, pero se les había antojado un taco. Don José agradeció de nuevo a Don Tomas y continuó su camino. La gente le reconocía al pasar, muchos sorprendidos de verlo recorrer el mercado, él se dijo no sin cierta vergüenza, que la causa de la sorpresa general era causada por su anterior carácter, siempre distinguido por ser una persona inflexible de carácter duro y siempre quejándose de los sucios puestos que lo único que hacían era ensuciar su bella calle. Pero eso había cambiado, ahora era una persona diferente, buscaba la felicidad común, pensaba en Nosotros y no en ellos.

El encargado del puesto de fruta, Jaimito, le ofreció un jugoso mango, platicaron un rato y se dio cuenta de que Don José era una persona diferente, no era aquel señor que años atrás le ponchó un balón, ya no era ese viejillo que amenazó con llamar a la patrulla cuando, siendo ya siendo mayor de edad, Jaime había comprado unas cervezas y las bebía con sus amigos en el parque.

En verdad Don José había cambiado, y sin pensarlo mucho, Jaimito le ofreció un mango, le dio gusto que ese señor sonriera como respuesta a un contacto visual, que extendiera la mano para saludar a aquellos que se las ensucian para ganarse la vida, incluso, antes de que llegará a su puesto, Jaimito vio como Don José le ayudó al barrendero a recoger una botella de Coca que se le había caído del recogedor.

Ahí va Don José, todo le parece luminoso, se siente parte de este maravilloso universo, se sintió parte importante de una obra perfecta, pero sobre todo, se dio cuenta de que aquellos que compartían su ciudad con él, eran también parte de algo hermoso, importante, luminoso. Una sonrisa cubría su rostro cuando notó a un oficial de policía que lo miraba sonriente, recargado en un poste le gritó su nombre.

Don José le saludó estrechando su mano, después observó el sucio volante pegado al poste.

El emblema de su ciudad encabezaba un comunicado oficial, en la parte superior se leía la fecha de hace dos meses y los datos de una persona extraviada ocupaban media hoja, leyó junto a su fotografía:

Nombre: José de Jesús Ruiz Esparza Meillon
Sexo: Masculino   Edad: 65 años
Complexión: Robusta    Frente: Amplia
Labios: Gruesos          Estatura: 1.72

Señas Particulares: Viste Pantalón de mezclilla azul, playera negra y un chaleco gris, roto en el bolsillo izquierdo, usa tenis azules de tela, posiblemente use una gorra de Comex. Responde al nombre de Pepe, gusta de caminar por la ciudad y contemplar monumentos históricos, probablemente se acerque a las personas para platicar, gusta de divagar mientras habla, ideas que no parecen tener conexión.

ATENCIÓN: Padece Demencia Senil.

Don José dejó de leer el anuncio y le dijo al policía, como ve no traigo el chaleco, se lo di a un señor que lo necesitaba más que yo.
¿Y la gorra? ah, esa se la di a mi amigo Jaimito.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Cristo es tan sabio que en caso de regresar, seria ese viejillo sucio que te provoca asco.

En medio de la oscuridad avanza despacio, el ruido que lo rodea le indica que no está sólo, pero por más que habla, nadie le responde.

Lo primero que me llamó la atención fue el sombrero que colgaba de su brazo izquierdo, pero también me causo sorpresa la forma en que las personas se retiraban de su paso, evitando tener contacto con él, de cualquier tipo.
Me da pena decirlo, pero lo primero que hice al tenerlo frente a mí, fue dejar unas monedas en su sombrero, y me da pena aceptarlo porque mi generosidad fue un acto indirecto, no se lo di en la mano, sino en el sombrero, se lo deje ahí esperando que mi "acto altruista" fuera suficiente. El señor me tomó del brazo, y sin más me pidió que le ayudara a tomar su camión, me dijo que estaba muy cansado, que no podía más.

Lo acompañamos hasta el andén P, en el metro cuatro caminos. Mientras caminabamos me dijo que venía de Puebla, había ido a la iglesia a dar gracias y también a visitar a alguien, no me quedó claro de a quién. El señor me contó que vive en una iglesia, con el sacristán y con otras cinco personas, no pude preguntarle si también eran ciegos, no me atreví. Mientras caminabamos, él apoyado en mi brazo, noté como las miradas nos seguían y también noté como a él no le importaba, así que me ocupé en la plática.
Conforme avanzabamos entre la gente, el señor me comentó que estaba muy cansado, que estaba realmente cansado y que deseaba que la virgencita se lo llevara, que le permitiera descansar.

"Me quiero morír", fue lo que dijo, a quemarropa. ¿Qué se debe responder a semejante confesión? ¿Qué estipula el protocolo social? Hice lo único que podía hacer, quedarme callado.
"Me siento cansado, me duelen los pies, me duelen mucho m´hijo, pero, ¿qué puedo hacer? Sólo le pido a la virgencita que haga su voluntad y que me lleve cuando me toqué, mientras tanto le echo todas las ganas, me levanto con una sonrisa y trato de irme a dormír igual, aunque a veces no puedo, verdad de Dios m´hijo".

Le pregunté su nombre y me dijo que era José Luis, yo le dije que el mío era José, "somos tocayos" me dijo, y lo que me sorprendió no fue lo que dijo, sino la sonrisa que acompañó sus palabras.

Cuando llegamos al andén P, buscamos el camión que debía abordar, le pedí al chofer que le avisara al llegar al lugar donde José Luis debía bajar, estiré mi mano, mostrando una moneda de diez pesos, el chofer sólo negó con la cabeza.

Mientras regresabamos para irnos a casa, pensé en todo lo que platiqué con mi amigo José Luis y me di cuenta de que pasamos demasiado tiempo maldiciendo a nuestros sentidos, nos quejamos cuando hace frío, nos molestan los malos olores, gritamos cuando algún ruido lastima nuestros oídos, pero pocas veces disfrutamos de lo que tenemos. Procuro en medida de lo posible disfrutar lo que la vida me da, pero platicar con José Luis me abrió los ojos, cuando me dijo "voy a llegar a bañarme y a escuchar el box". Debemos disfrutar lo que tenemos, lo que la vida nos dio, no tiene sentido lamentarse por las cosas que no podemos solucionar.

Yo creí que José Luis iba apoyándose en mi brazo, pero la verdad es que el me iba deteniendo a mí, él me sirvió de apoyo y me abrió los ojos y el corazón, cuando al abordar el camión volteo y dirigiendo su rostro hacía mí me dijo, "muchas gracias José, espero que nos podamos ver otra vez pronto."

martes, 2 de octubre de 2012

Treinta años y una semana después.

Hace treinta años y una semana que este mundo me dio la bienvenida.
A sido un constante ir y venir, ganar y perder, las cosas no son
eternas y es un error aferrarse a ellas.
No es que me esconda, no es que no haya tenido nada que decir, tan
sólo es que ahora plasmo mis ideas y mi poesía en papel, no en 140
caracteres, o en pixeles.

Son los cambios los que nos van dando forma, es el viento y la lluvia
que insistente golpea la roca, la que la esculpe. Es el diario suceder
el que nos va forjando, sigo atento a las cosas que me suceden, a los
regalos que se me dan día a día.


Creo en los fantasmas, y el día que cumplí treinta, varios visitaron
mi sueño, quizá algún día yo vendré con ellos a visitarte a tí, a
contarte cosas que no entenderas.

En sueños vi dos fantasmas con sombrillas, la lluvia amenazaba con
llegar, pero jamás tocó la piel que mi psique recreó en sueños. La
luna quería besarlos, desesperada los seguía, mientras ellos
divertidos se escondían.

Al terminar el sueño alcancé a escuchar a la luna que suspiraba,
mientras decía, "ya será otro día..."


Pregúntale a mi sombra, ella fue testigo, tanto del sueño, como de lo
que me ha ocurrido estos treinta años, quizás ella recuerde mejor
aquella vez que en la primaria me fulminaron unos ojos negros. Fue un
amor de niño, un amor inocente, un amor en toda la extensión de la
palabra. Se llamaba Ana Laura, quizás siga entre nosotros, pero la
niña que yo conocí, fisicamente, ya no está, se encuentra su
prolongación, o su sombra, pero no ella, no la que me hizo suspirar
tantas tardes, la que me hizo pensar en ella y dejar los deberes para
después.

Fue ella, mi sombra, la que leía sobre mis hombros los cuentos y la
incipiente poesía que le dediqué, primero a ella, después a quién sí
pude decirle que la amaba.

Me acompañó sin quejarse mientras deambulaba, mientras me perdía
viendo como la luz del sol se filtraba entre las hojas de los árboles
que nos cubrían, yo pensando en tantas cosas, ella, no lo sé, quizás
es mi sombra la que vive mis sueños y es ella la que me susurra al
oído de forma calmada lo que vio, lo que hizo, lo que le apetece y es
mi imaginación la que se encarga de interpretar las palabras, darles
forma y recrear mundos increíbles. Nunca he sido severo con mi psique,
si bien es cierto que muchas cosas de las que sueño no tienen sentido,
pero no la culpo por no saber entender lo que mi sombra se esfuerza en
narrar.


Quizás cuando yo muera, mi sombra se irá al mar, caminará un rato,
sentirá como la luz del sol se va perdiendo y va cediendo ante la
oscuridad de la noche, y mientras ella también se desvanece, escribirá
en la arena, FIN, para alcanzarme dondequiera que este.

Treinta años y una semana después, sigo agradecido de la vida que
tengo, cuento entre mis amigos a todos los escritores que no conocí,
pero que me han acompañado y cuyas letras me han inspirado a imitarles
de forma torpe, pero sincera.

Día a día forjo lo que soy, día a día me va dando forma, y hoy,
treinta años y una semana después, sonrió de todo lo que me ha
sucedido.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Waiting.

    Pusieron una lona para evitar que la lluvia se interpusiera con la espera. 
    Esa espera que significa dejar ir y aceptar la muerte de alguien, la espera y el tiempo necesario para poder decir descanse en paz y dejar de decir, no, no puede ser. 

viernes, 20 de julio de 2012

En esencia todos somos uno.

En esencia todos somos uno.

No hace mucho confirmé algo que me venía dando vueltas en la cabeza, no quería creerlo, dada la fuente, una señora que de mala fe me hizo suponerlo, pero afortunadamente lo confirmé de alguien mucho más cercano. Mi historia, la que yo creía, no fue la que creí durante años.

De familia humilde, en un orgasmo fui concebido, nací para ser entregado a un mejor futuro, no me arrepiento, pero ahora me surgen dudas, demasiadas.

Quién fue mi madre, mi padre, mis hermanos, qué es de ellos.
Quizás me he cruzado con ellos en la calle y yo sin saberlo. Quizás esa señora a la que cedí mi asiento tuvo dolorosas horas de parto a cambio de que yo naciera sano. Quizás aquel señor al que le di un desayunó por compasión, era más que un extraño.

No me gusta la desigualdad, lo llevo tatuado en mi psique, jamás he creído en la superioridad. Me duele que alguien muera de hambre, es un absurdo.

Fui bendecido con una familia amorosa que me adoptó como propio, y yo hago lo mismo, los amo, jamás deben dudarlo, pero ultimamente deseo conocer esa parte que me falta, la parte que podría completar una parte del rompecabezas que es mi historia.

Quizás el tiempo ha pasado, quizás es demasiado tarde. No lo sé, pero no quiero dejar dudas en mi corazón, que son las que más atormentan.

Aun recuerdo cuando esa señora me dijo "me parece irresponsable adoptar un niño siendo tan grande, es una tontería nomás traer niños a lo tonto", y con música le perdono, ella no tiene bases para juzgar, ni yo bases para condenarla.

Con una sonrisa pienso que la vida son esos momentos que uno va sintiendo, esos que se vuelven recuerdos y que al estar arrugados nos harán sonreír.

A mi madre que me dio a luz, le doy las gracias por la vida, a mi madre que me dio vida y educación, le doy mi infinito cariño, una sonrisa siempre que digo su nombre, y las gracias por decirme lo que estaba mal, por mostrarme que todos somos iguales.

Aun le recuerdo disfrutando un helado despacio, como se debe disfrutar la vida. Y a mi madre biológica, el deseo de darle las gracias en vida, y si esto no es posible, ya nos veremos los tres, sentados en una mesa, disfrutando un helado, compartiendo impresiones de eso que es tan efímero, la vida.

Mi madre biológica quizás dirá "eres todo un caballero", y Gloria, mi amor, me dirá, "baja los codos de la mesa", siempre buscando obtener lo mejor de mi.

Gracias, donde quiera que estén.

martes, 19 de junio de 2012

Pequeño caracol.





Pequeños caracoles que asemejan a piedras dormidas, es la lluvia lo que los despierta. 

Sin prisa van de un lado a otro, dejando una estela que asemeja una arcoíris. 

Avanza despacio, sin prisa, qué le importa el tiempo a aquel que no le teme a la muerte.