martes, 15 de marzo de 2016
A ritmo de cumbia.
El sonido era ensordecedor, pero a pesar de eso podía escuchar como mi corazón golpeaba con fuerza el bombo de mi pecho, al ritmo de esa cumbia sonidera que a veces me despierta a media noche y que no me deja dormir, o mejor dicho, son los recuerdos que esa melodía invoca, los que no me permiten conciliar el sueño y me llevan a un tiempo distante. Viajo sin abandonar mi cuarto, me desplazo en el tiempo mientras en la oscuridad de mi cuarto se queda un yo autómata, con la mirada perdida, esperando que alguien llegue para decirle que todo va a estar bien.
La lluvia nos esperó lo suficiente para entrar a esa casa y sentarnos en la mesa donde un nutrido grupo quienes llamaba amigos nos esperaba entre risas y algunos hipos, una mano, no sé de quién, me extendió una cerveza, de la cual bebí como si de ello dependiera mi vida.
Las risas inundaban mi cabeza mientras el grupo afinaba sus instrumentos, las risas bailaban dentro de mí, cual carrusel, la veía a ella, diciéndome que no valía para nada, después a él, sonriéndome mientras en la espalda guardaba una daga con mi nombre, y también estaba él, aquél otro que creyó que podía burlarse de mí.
Como otras tantas veces estábamos en el baño, alguien golpeó mi pecho y me mostró las líneas paralelas de polvo blancuzco que esperaban pacientemente, mientras que aquél que estaba detrás de mí, no.
Inhalar y beber, beber e inhalar, repetir las canciones hasta el hartazgo, inhalar, un poco de chachara culta, seguir bebiendo, siempre tratando de impresionar a personas que hoy ni siquiera tienen nombre, que son vagos recuerdos, pero que entonces eran una pieza fundamental de ese efímero presente.
A veces cambiaba el escenario, pero los personajes eran casi siempre los mismos, una casa de algún “amigo” de otro “amigo”, una fiesta donde todos nos miraban feo, o un sucio antro donde las miradas recelosas y acomplejadas chocaban y danzaban al ritmo de una guitarra eléctrica que sostenía una nota como si la vida misma dependiera de ella, ya fuera a ritmo de rock and roll, o de una cumbia sonidera.
El gato del vecino ha entrado en mi habitación, viene a entretenerse con mis recuerdos. Mi mano acepta la invitación y le acarició el lomo, despacito y por sobre esa canción que no me deja dormir, le escucho ronronear. Y poco a poco, mientras le sigo acariciando, mis recuerdos me llevan de nuevo al pasado, donde esa guitarra sigue sonando, la gente aplaude al compás de la música y sin querer, o sin darse cuenta bailan, la cabeza y la cadera se menean con timidez, se saben extranjeras, por eso aplauden con miedo y con miedo mi mano se pasea por ese lomo, miedo de enfrentar viejos demonios, esos que creí me habían abandonado, pero no.
El yo del ahora aprieta la mandíbula mientras experimenta el placer de acariciar un tigre.
Era la casa de un extraño. La música golpeaba desde dentro, la adrenalina ocupó el lugar que le correspondía a la sangre y mientras mi corazón en clave morse me pedía clemencia, “no puedo bombear más”, pero confundí sus gritos con una simple taquicardia. Inhalar y beber, beber e inhalar, un poco más cada vez.
Aún recuerdo al viejo mientras sostenía un polvo blancuzco y con una sonrisa que pretendía ser amistosa, pero que tenía tintes de burla, me dijo, “es de la buena, ¡¿ah poco no la quieres!? ¡ya te dio miedo?” Eso bastó para aceptar el reto, como buen macho le arrebaté el polvo y le entregué el dinero mientras caminé con prisa para salir de ahí.
Aún hoy escuchó su risa burlona.
No sé cómo pasó lo que alguien tuvo la atención de contarme la mañana siguiente. Yo en la tina de baño, sumergido en agua fría, temblando. Al principio pensé que era de frío, pero después entendí que mi cuerpo tembló cuando mi alma regresó a su templo.
“Tus amigos se fueron como a las dos, cuando vieron que estabas tirado en mi sala inconsciente se llevaron tu cartera, el cambio y la coca que tenías en las bolsas, tomaron sus cervezas y se fueron.”
Aún recuerdo entre sueños lo que me repetía con desesperación, mientras esa cumbia sonidera sonaba con fuerza…
“no te mueras en mi casa, por favor, ¡no te me mueras!”
La luz del sol comienza a asomarse en mi cuarto, poco falta para que comience un día nuevo, aunque el reloj dice que ya hace cinco horas que es jueves y no miércoles, pero mientras siga oscuro seguirá siendo ayer y no hoy, pues la luz, la iluminación, me hace creer que así será mi vida, luminosa, nueva y con todas las posibilidades para crecer y nutrirme, siempre y cuando no caiga otra vez. Ya no más.
El pequeño gato, sabio cual animal que es, entiende mi silencio y restriega su lomo en mi cara, yo torpe cual humano que soy, no sé si es su forma de agradecerme el masaje, o acaso su forma de decirme que todo estará bien.
lunes, 14 de marzo de 2016
En la oscuridad, todo es nada.
Los perros ladran con furia a la nada.
O eso quiere creer.
Les exige silencio, sin saber que son ellos quienes han logrado evitar la visita de la muerte, por un día más.
lunes, 22 de febrero de 2016
Un paso hacia la locura.
A veces siento que estoy usurpando un espacio que no me pertenece, aquél que inició éste blog no es el que hoy escribe, hemos cambiado, quiero pensar que para mejor.
No tiene derecho de replica y no puede criticar lo que hoy escribo.
Alguna vez dije que iba a escribir lo que me naciera que al fin y al cabo el blog es mío y hago con el lo que yo quiera.
A veces escribo para un lector imaginario y me tomo el tiempo de pulir las ideas, de darles coherencia y, al menos intento, lograr un texto claro y de lectura amena.
Durante mucho tiempo me pregunté a quién le escribía, que ojos pretendía cautivar, pero hoy comprendí que escribo para aquél que seré, para el yo del futuro, y entonces él leerá con paciencia infinita estas líneas y se entretendrá leyendo lo que su viejo yo escribió y quizás ría y se diga a si mismo, "que forma tan pobre de expresarme", o quizás piense que perdió el tiempo, o quizás no pueda leer este blog pues se encuentre encerrado en una oficina, persiguiendo la efímera felicidad.
sábado, 13 de febrero de 2016
Un viaje.
miércoles, 10 de febrero de 2016
I am the only mind which exists.
La idea se le ocurrió a los ocho años cuando vio un pájaro muerto en el patio de su casa y meses después, vio a su tía muerta. La imagen del ave inmóvil le atormentaba en las noches y se le ocurrió pensar que su mente lo había preparado de alguna manera, para enfrentar la muerte de su tía. A partir de ahí todo se fue en picada.
a veces imagino que entre todos aquellos que me rodean día a día hay uno que no pertenece a éste plano.
imagino que es alguien que se quedó en éste plano, alguien que no ha sido capaz de dejar ir y que por tanto sigue aferrado a éste plano, o quizás alguien que tiene algo pendiente.
con esa idea en mente miro los rostros de aquellos que deambulan por la ciudad, esperando encontrar al alma atormentada, les pongo atención, esperando se den cuenta que pueden confiar en mí y que pueden contarme su secreto, o pedirme ayuda.
hasta el día de hoy nadie se ha acercado a mi y eso me deja pensando, y si acaso el único atorado en éste plano soy yo.
Nada más comodo....
martes, 9 de febrero de 2016
Tormentosa relación
lunes, 8 de febrero de 2016
Soy lo que soy.
no me creo inteligente por la música que escucho
no me creo inteligente por los autores que leo, al final son sus ideas, no mías.
no me creo inteligente por saber utilizar el corrector de ortografía
no me creo inteligente por pasar tiempo a solas, muchas veces imagino cosas como cuando niño, nada profundo
no me creo inteligente por poner en el mismo cajón un siglo y un segundo
no me creo inteligente por usar expresiones como “en los confines de mi ser”
no me creo inteligente por haber dejado de beber y fumar, quizás es cobardía
no me creo inteligente por ser menos inocente, a veces creo que la madurez es un lastre psicológico e intelectual
no me creo inteligente por sentir que me he deshecho de lazos o por creer que he dejado de aferrarme a las cosas
no me creo inteligente por saber mentar la madre en inglés
no me creo inteligente por enlistar mis fallos
no me creo inteligente por considerar el regetón una basura
no me considero inteligente por gustar del rock progresivo
no me creo inteligente al no poder exorcizar grandes escritores de mi prosa, al contrario
no me creo inteligente por decir exorcizar para referirme a que tengo ideas ajenas arraigadas en mi
no me creo inteligente por mover la cabeza mientras escribo y escucho música
no me creo inteligente por saber preparar sushi
no me creo inteligente por saber usar google
no me creo inteligente por tener buena memoria
no me creo inteligente por saber escribir
no me creo inteligente por saber leer
no me creo inteligente al escribir o dibujar, pero quizás dependiente de la catarsis que esto representa, también débil
no me considero inteligente por tener más ganas de escribir un libro que comprarme un Ferrari
no me considero inteligente o superior si escribo dios en lugar de Dios, o demonio en lugar de Demonio
no me considero inteligente si comparo a dios con el demonio, son cara y nalgas de ideas humanas
no me considero inteligente por ser agnóstico en las buenas y católico que reza en las malas
no me considero inteligente por perseguir el vacío mental
no me considero inteligente por querer dejar de envenenar mi cuerpo
no me considero inteligente al saberme cobarde
no me considero inteligente al saberme mortal y efímero
no me considero inteligente al saberme parte del universo y por tanto eterno
no me considero inteligente al querer vivir aquí y ahora
no me considero inteligente repitiendo un zen de caja de cereal
no me considero inteligente al ser contestatario de tuiter
no me considero inteligente al ser activista de feisbuk
no me considero inteligente al escribir tuiter o feisbuk
no me considero inteligente por escribir mis defectos
no me considero inteligente al querer llamar la atención dentro de 140 caracteres.
no me considero inteligente por no ver fútbol
no me considero inteligente por tener consciencia de que gente muere a diario por un lado y por el otro hay quienes viven en la miseria
no me considero inteligente por escribir lo que me hace un ser común y corriente
no me considero inteligente por leer los fallos de aquel que escribe en su blog…
domingo, 7 de febrero de 2016
Zen de caja de cereal.
miércoles, 3 de febrero de 2016
Haz reír a un elefante.
Las líneas de las manos tienen la forma de aquellas cosas que durante su vida sujetó con anhelo y aprehensión. Las arrugas que circundan los ojos tienen la forma de las lágrimas que derramó al soltar esos objetos que sólo hoy comprende, son efímeros.
Nombres que nada significan y rostros difuminados desfilan en su mente, uno a uno van pasando mientras en su mente una tuba suena a desfile de payasos y elefantes y gladiadores poderosos que en el centro de la arena reciben pastelazos, ahí, recibiendo pastelazos, se encuentran todos aquellos que admiró y que incluso imitó, pero que hoy es capaz de mirar de forma objetiva y decir con autoridad que fue una idiotez pretender ser durante tanto tiempo, en vez de simplemente ser.
La tinta transmite lo que se forma en el corazón y es despedido hacia el torrente sanguíneo, un telegrama que es recibido en el centro de mando y se transmite en clave morse a través de pulsos eléctricos para así llegar al papel, mientras la mano danza un vals sobre este. Una carta que durante años no se atrevió a escribir nunca, pues sabe que el remitente la ha esperado siempre.
Sólo hoy comprende lo que tiene que decir, aún no sabe que palabras usar, pero entiende el concepto, pedir perdón es fácil en esencia, lo difícil es expresarlo.
“Ahora comprendo que mucho de lo que hice lo hice para complacer a los demás, ya fuera para que hablaran bien de mí, o para que dejaran de hablar. Idealice a muchas personas, creyéndolas y tratándolas como santos, como budas, devoré todo lo que tenían que decir, use sus flatulencias como incienso para meditar y me adorné con sus ideas. Viví mi vida bajo su mirada acusadora y a pesar de que lo sabía, quise complacerlos.
Nunca me atreví a viajar y convertirme en artista ambulante, nunca recorrí el mundo lejos de esas personas, nunca me alejé del lugar que sabía no era bien recibido, nunca me atreví a decirle en la cara “¡cállate perra!”, sino que agaché la cabeza cuando me regañaba, cosa que amaba, ella, la perra, no yo, nunca me atreví a decir adiós, sino que me quedé esperando.
Hoy comprendo que el único que debió tener poder de decisión en mi vida, era yo, que el único que tenía derecho a disfrutar mis fracasos era yo, el único que debió lamentar mis perdidas y el único que debió de celebrar mis victorias debí ser yo. No vivo, ya no vivo para nadie, y a pesar de que ahora el tiempo es lo menos que tengo, ahora quiero disfrutar lo que yo decida hacer con mi vida.
Si alguien quiere venir conmigo bienvenido sea, pero no pretendo, ni voy a esperar a nadie, ya esperé demasiado.
Al único que le debo una disculpa es a mí, el único que debe reclamarme el tiempo perdido, soy yo.”
Dobló la carta con la misma solemnidad de aquel que forja un carrujo y mientras la nostalgia jalaba del hilo de plata de su rostro para formar una sonrisa, la guardo en la pequeña maleta negra, donde se encontraba su vida. Todo se reducía a una maleta, ahí apretujados van los recuerdos de la infancia, las tardes lluviosas en que ganó el super bowl con un pase de mas de cien yardas, y los remates de tijera que hicieron que su equipo ganará el mundial por enésima vez y junto a ellos van las tardes en que la luna lo sorprendió mirando las estrellas, imaginando que un ser querido lo extrañaba igual o más que él, y también van los golpes que le dio la vida, esos que le dieron la forma que tiene hoy y van los sueños rotos, no olvidemos todo aquello a lo que dijo adiós, todo aquello que alguna vez deseo, también apretados van sus sueños junto a sus mejores poemas, esos que nunca escribió y que lleva tatuados en la psique, al igual que esa historia con que ha entretenido las mandíbulas de la creatividad y que sí le da tiempo escribirá en el lomo de la arena, antes de que la marea vuelva a subir, pues le dolería no plasmar su huella en esta tierra para que así haya constancia de su existencia y antes de que un cometa destruya la tierra, otra vez, pueda dios decir “claro que me acuerdo de él, le gustaba escribir, algunas cosas las disfruté mucho, otras me parecieron pretensiosas y rebuscadas, pero recuerdo una vez que su nombre brilló al atardecer antes de que el mar lamiera la sal y con esta su nombre.”
Algo de ropa, su carta y la nostalgia bastaron para armar su maleta, la esperanza y el ánimo se los hecho al hombro.
El circo ya estaba recogiendo cuando lo vieron llegar y reconocieron en él a un poeta, lo que les extrañó fue la maleta, pero bastó la cara llena de determinación como pasaporte, se encontraba ante ellos un soñador, un artista errante que bien puede vivir del aplauso o de la risa y no de la efímera fama.
El director del circo le estrechó la mano y se sorprendió de la fuerza que esta contenía, seguramente se encontraba un corazón joven debajo de esa piel que comenzaba a marchitarse. Lo escuchó con atención y donde otros hubieran reído, él preguntó:
-¿Y qué sabe hacer abuelo?
El sonrío como nadie al decir, “soy muy bueno haciendo reír elefantes…”
Recorrieron el país de cabo a rabo, en cada ciudad y en cada función deleitó su paladar con comida deliciosa, el viejo sabía cocinar como los grandes, y para salpimentar el momento les contaba una historia de su vida. Nadie sabía si esas historias eran ciertas, pero poco importaba, la magia que encerraban sus relatos estaban llenos de talento, ya fuera suyo, al inventarlas, o de dios, al fraguar dichas historias para un sólo hombre.
A mitad de la gira, en Jalisco, primera ciudad que visitaban con playa, notaron al viejo mas melancólico que de costumbre.
El sol ya se escondía cuando lo descubrieron en la playa, los calcetines agazapados en la cueva de los zapatos a una distancia segura del mar, los pantalones enrollados a la altura de las rodillas mientras él con un dedo escribía su nombre en la arena, primero una J, una sonrisa por todas las victorias, una O, una lágrima brota emocionada, un pequeño monumento a todos aquellas derrotas y sinsabores y dolores, una S, la taquicardia le invade el cuerpo, los recuerdos no le caben en el pecho, una E, todas esas personas que ya no están y que le hubiera gustado ver una vez más, una tilde ´, voltea a ver el mar y suspira, se siente satisfecho y está listo para irse, para despedirse, pero mientras el mar lame la sal del sudor de su piel se da cuenta de que todavía le queda tiempo, dios quiere entretenerse con sus historias un rato más, ya después lo llevará con él a dibujar atardeceres, eso es lo que hacen los artistas al morir, para así deleitarnos un poco más.
Allá a una distancia respetuosa, una cofradía de soñadores lo mira con orgullo y cariño, un viejo ha sido capaz de conmoverles por el simple hecho de cumplir su deseo de vida, ser.

