sábado, 3 de mayo de 2014

El caracol.

Se vió obligado a correr a casa, y ante la imposibilidad de dejar una nota o aviso alguno decidió dejar huella de su viaje, por si acaso alguien decidía seguirlo.

Fue entonces que tatuó un arcoiris en el suelo.

Camino a casa.

Notó un cabello que tenía en la hombro por las cosquillas que éste le hizo. Lo que le sorprendió fue ver que era una cana y que ésta fuera tan larga. No había forma de que esa cana fuera suya. Aún no.

Al mirar a su derecha notó que una niña la miraba curiosa mientras se retiraba un cabello de la boca y cuando las miradas se cruzaron las sonrisas surgieron al mismo tiempo, ambas se habían visto obligadas a interrumpir lo que estaban haciendo, forzadas por un cabello. La madre jaló la pequeña mano de la niña, su camión estaba a punto de irse.
Al mirar a su izquierda notó lo mismo de siempre, mucha gente la rodeaba, pero nadie ponía atención a lo que ella hacía, ocupaban el mismo espacio por necesidad, algunos llegaban, otros se preparaban para irse, otros tantos miraban las pantallas de unos televisores sujetos a pilares que alguna vez fueron blancos, un anuncio publicitario y después una lista de destinos y andenes, simple referencia.
Al frente sólo vio un autobús que en el parabrisas se podía leer "San Martín" y unos números que era difícil descifrar, pero que ella sabía que querían decir 12:45, la hora de salida.
Mostró su boleto a una señorita que le recordó a su prima y quiso mencionarlo, pero la señorita no estaba de humor.

Siempre que viajaba le gustaba hacerlo junto a la ventanilla. El libro descansando en las piernas y en la mano izquierda aún la cana, imagina de dónde pudo haber salido, a quién le pertenece y sí acaso no tiene en su mano una historia maravillosa, una vida resumida en el blanco cabello que decidió abrazarla a ella, a nadie más. Imagina los años que alguien ha de vivir para lograr ese color perfecto, blanco como las nubes que en verano se paseaban por encima de su cabeza cuando siendo niña corría por las colinas del pueblo.
La ventana aún le ofrece la ciudad, luces ámbar inundan las calles húmedas, algunos andan a pie y miran el camión que pasa junto a ellos, curiosos imaginando a dónde van y quiénes son los que se van, acaso conocí a alguien y no se despidió, quizás ahí viaja el amor de mi vida, quizás se van porque saben algo que yo no...

El respaldo le ofrece la oportunidad de descansar las ideas, el cabello ha impactado su mente, no puede dejar de pensar en esa cana. Quiere pensar en una mujer ya grande, de piel arrugada, quizás de tantas sonrisas regaladas o quizás simples canales para que las lágrimas fluyan mejor, manos frágiles pero muy hábiles, quizás cocinan como pocas, delicias que pocos paladares merecen, seguro cuando sonríe los ojos se esconden, casi desaparecen y entonces piensa en la voz, qué hay de la voz, cómo es, o acaso cómo fue...

Si le preguntáramos cuándo se quedó dormida, respondería lo qué es de esperar, no sé, y es que así son los sueños poco a poco se apoderan de la mente son sigilosos, se apoderan de nuestra consciencia poco a poco, para recordarnos cuando las madres cantan para hacer dormir a los bebés, no se interrumpen abruptamente, se aseguran que hayamos llegado seguros a nuestro sueño y sólo entonces se despiden de forma gradual, y es la caricia en la frente del bebé y la sonrisa de la madre lo que cierra el ritual y quizás por eso al despertar nos frotamos la cara, como acto reflejo a ese contacto, como si quisiéramos impregnarnos de esa caricia que nos dieron hace mucho tiempo, pero que incluso hoy nos acompaña.

Mirar la luz del sol que se abre paso entre los cerros, todos duermen o al menos eso intentan, ella suspira y con ese suspiro expulsa el sueño que se quedó atrapado, mira la ventana y los árboles que pasan a su lado, como si corrieran, cómo si huyeran, todo se mueve, las casas a lo lejos se mueven despacio de izquierda a derecha, de adelante hacía atrás, pero es ella la que se mueve, es ella la que debería decir adiós.
La sorpresa es que la cana sigue aferrada a su mano izquierda, o acaso es su mano la que se aferra al sueño de lo desconocido, aquello que no podemos saber y por eso nos hipnotiza. Dedos índice y pulgar masajean la cana, la hacen girar y de la misma forma los engranes de la mente giran y la llevan a otros lugares, a otros tiempos, quiere imaginarse a ella misma a esa edad, cuando una cascada blanca brote de su cabeza, y sus manos cansadas de decir adiós a tantos sueños le duelan y sus pies cenizos por tantos caminos recorridos quieran descansar y dejar de moverse, de ir aquí y allá y su rostro dibuje una sonrisa permanente y quizás un perro sea su única compañía, pues nunca le han gustado las aves, y mucho menos las jaulas...

Al llegar a san Martín el viento soplaba con fuerza, cómo una efusiva bienvenida y entonces recordó el dicho, una cana al aire, y esta vez todos los dedos de la mano izquierda abrazaron a la cana en efusiva despedida, se elevaron como nunca lo habían hecho antes, y solemnes recibieron el beso del viento, la cana se dejaba acariciar sin oponer resistencia y justo cuando el viento sopló con más fuerza, la dejaron ir. Dirán que mantener la mano cerrada tanto tiempo provocó el sudor, pero yo creo que toda despedida de alguien que deja huella en el corazón, provoca lágrimas.
Ella se sorprendió de decirle adiós a una cana y justificó la lágrima diciendo a su madre, que había ido a recibirla, "con tanto aire de seguro se me metió algo al ojo".

Cuando Josefina estaba en su lecho de muerte pidió que la llevarán a morir a su pueblo, o al menos que sus cenizas fueran arrojadas al viento, pues decía "él sabrá como llegar". Sus hijos decidieron enterrarla, pues no les parecía higiénico soltar cenizas de un difunto al aire, así pensaban.

La señora Gutiérrez, amiga de la familia decidió llevar a su nieta de ocho meses al velorio pues nadie podía cuidarla, además de que no le pareció mala idea, y cuando se acercó a decirle adiós, la niña insistió en despedirse, estiraba los brazos hacía Josefina, insistía en que la acercaran y cuando así lo hicieron el beso dado despertó emociones en los presentes, la niña se aferró al sueter y costó trabajo que lo soltara.

Camino a casa la señora Gutiérrez se detuvo a buscar una mamila en la pañalera, la niña en brazos que lloraba le dificultaba la tarea, y cuando la joven le ofreció ayudarla se sintió aliviada, varias personas habían incluso bajado de la banqueta para evitarla. La niña jugó con el cabello de la joven y la forma en que ésta le hablaba le dio confianza a la señora Gutiérrez para preguntar a donde iba, San Martín fue la respuesta de la joven y ella sólo atinó decir, la mamá de una amigo es de allá. Al llegar a casa seguía pensando que debió decir "era de allá".

Cuando la señora Josefina murió dejó poco de lo que se puede cuantificar, pero sus nietos la recuerdan sonriente, siempre de buenas y cocinando. El día anterior a su muerte les contó con una voz que parecía más de joven, que si uno desea algo con todas sus fuerzas, es posible que el universo mismo arregle las cosas para que esto suceda. Y entonces les contó que extrañaba su México lindo, pero en especial su pueblo, y siempre que hablaba de él se iluminaba su rostro y les hablaba de como las nubes paseaban por el cielo, cómo gordos borregos que no conocen los corrales y cómo el viento siempre soplaba y entonces no importaba si hacía calor. Esa sonrisa que evocó la memoria de su pueblo fue la que permaneció en su rostro, quizás sabía que era tan sólo cuestión de tiempo para estar en su pueblo, para volar y ser libre como esas nubes blancas que cruzan su cielo.

jueves, 3 de abril de 2014

Una pluma, quizás de águila, quizás de colibrí...

Hay objetos que tienen la capacidad de transportarnos en el tiempo y el espacio, están cargados de magia. Hoy me encontré una pluma tirada, nada espectacular, tan solo una pluma de tinta negra, la parte trasera rota, quizás alguien la pisó, quizás el dueño, o la dueña. Quizás cayó de la mochila mientras ella corría a casa para contarle a su mamá como le fue, o acaso cayó cuando él corría, huía, de aquellos que querían golpearlo.  Y es que al ver esa pluma inmediatamente pensé en la secundaria, en cartas llenas de faltas ortográficas pero que pretendían compensar con juramentos de amor eterno, o de un "me gustas" escrito en una página al azar, semilla de duda y cuyas raíces apretujaban nuestro cerebro, oprimían nuestro corazón y florecían en dudas que se multiplicaban aromando el precoz jardín de la pubertad. Jugábamos a amar, a ser mayores.
Un simple objeto inanimado sirvió de pretexto para liberar la jaula donde la imaginación se ha establecido, creyendo que esa celda es su hogar...

Una pluma que también sirve para volar, de posibilidades infinitas, tanto futuras como pasadas, qué no se habrá escrito con ella, quizás ese mensaje ancestral que ha desanimado a tantos y ha hecho creer a muchas que han hecho lo correcto, "tú también me gustas, pero me da miedo perder tu amistad, mejor cómo amigos, no?" Y así, con vocales redondeadas, una se siente aliviada, otro sufre y el mundo sigue girando, uno más lo ha intentado y a pesar de la negativa, ha conseguido lo que muchos solo imaginan, aquellos que suspiran en silencio al mirarla y se pasan la tarde imaginando el sabor de sus labios y el olor de su cabello, pero que no se atreven a hablar en voz alta y la escuchan quejarse de su novio y de su mala suerte, pero se quedan inmóviles, paralizados por el miedo, es increíble el poder que pueden tener unos ojos femeninos.

Un pequeño mordisco a la tapa de plástico, mueve los pies al ritmo de la música, la cabeza sobre la mano izquierda mientras la derecha acerca ocasionalmente la pluma a la boca, sonríe y se mira en el espejo, a cada movimiento de sus piernas la falda las descubre un poco, ella sonríe, se ha dado cuenta cómo sus compañeros la miran. Regresa a la libreta, ha olvidado el tema, así que vuelve a leer, historia de méxico, nada más aburrido, pasa las hojas de la libreta y justo al final escribe su nombre, el de ella, agrega un "y" para después colocar, justo debajo, el nombre de él, y con emoción rodearlos con un corazón, ocasionalmente una flecha e invariablemente, un suspiro. Algo tan personal, un ritual privado, algo para dedicar las tardes y soportar el tedio de hacer tarea.

Una pluma que quizás dibujo a algún maestro, tatuándolo en una hoja de papel que pasó de mano en mano, causando risas, o quizás escribiendo el milenario "puto el que lo lea" en la pared del baño, o quizás el simulacro de un poema, el primer amor, o quizás una pluma que alguien compró para llenar una solicitud de empleo, o tan solo la pluma de un mesero que prestó a un cliente, sabiendo que jamás la volvería a ver...

Una pluma que sirve para volar y que por razones desconocidas llegó a mí, quizás para convertirse en instrumento que materialice mis ideas en papel, ahora la duda que me asalta es, estaré a la altura de la pluma, de su potencial. No lo sé. Pero sí sé que su sola presencia me ha causado la inquietud de escribir, espero no fallarle.

miércoles, 2 de abril de 2014

Mi gratitud infinita.

Alguna vez leí/vi que a los maestros espirituales se les puede encontrar en el día a día, siempre y cuando se tengan los ojos abiertos.
Hoy me encontré dos maestros en mi camino.
Una muchacha que vive en la calle me enseñó lo que es la generosidad y la gratitud. No es la primera vez que la veo y tampoco la primera en que me acerco a regalarle algo de comer, pero está vez mientras me acercaba, noté que junto a ella estaba un perro negro, ella comía un pequeño trozo de pan, y así sin más, lo partió a la mitad y se lo ofreció al perro, tal como ofrece un enamorado una flor, no lo arrojó al suelo ni se lo aventó a la boca, sino que extendió su mano para que el perro lo tomara y cuando lo hizo, ella le sonrió como se le sonríe a un hijo, con paciencia infinita y amor. La segunda enseñanza me la regaló cuando, al yo extenderle un tamal, se puso en pie y sonriendo, lo tomó, me dio las gracias viéndome a los ojos, para después sentarse y decirle a su perro, mira negro, el señor nos trajo un tamal, dale las gracias.

Es difícil derribar las barreras mentales, dejar los prejuicios, pero una vez que se hace, es posible aprender a cada paso.

Mi segundo maestro hoy, fue una vieja perra, que en el pasado me espantó en más de una ocasión al correr había mi con clara intención de morder, hoy al verla recostada en la banqueta, inmediatamente me detuve y pedí a mi perra que se sentara, para al menos tener tiempo de pensar qué hacer. Y así, sin más, la perra se puso en pie y con una calma infinita, se acercó a nosotros, olió a mi perra y a mi me dirigió una mirada calma, agachó la cabeza y se dio la vuelta. Le doy gracias por enseñarme a no vivir en el pasado, la gente puede cambiar y no debemos encasillarla, predisponernos a lo que es. Le doy gracias por enseñarme a vivir el aquí y ahora.

A ella, le doy las gracias por enseñarme la humildad que sólo he visto en las personas que no tienen nada que perder, en aquellos que no se aferran a las cosas, que no se definen por lo que tienen, ni por el lugar donde viven, ni por la tela que los viste, ni por lo que cargan en las bolsas, ni por el número de cosas que los poseen.

Y sobre todo le doy gracias por recordarme el poder de una sonrisa. Por no preocuparme, sino ocuparme.

domingo, 16 de marzo de 2014

Donde vivo.

Vivo en barrio pobre, donde la gente rehuye la mirada, donde los perros se sienten dueños de la calle, donde los niños juegan en medio de esta y le mientan la madre a los carros que interrumpan el partido, donde los hombres hablan con voz baja y extienden la mano para pagar antes de recibir la mercancía para así demostrar que no mendigan, donde los jóvenes monean en la esquina, donde las mujeres miran con envidia a las otras, donde uno puede caerse y casi nadie le ayude, pero todos mirarán seguro. Vivo en un barrio pobre, donde hay tianguis junto a la iglesia, donde la fruta se vende barata, donde las gorditas y pambazos conforman la dieta diaria, donde la tortillería vende salsas, arroz y frijoles, donde una vez que te conocen te invitan un taco cada vez que les visitas, donde las fiestas terminan al amanecer sin importar quien trabaje el lunes, donde hombres sueñan con un mejor futuro, donde no es cuestión de si la niña se embarazó, sino cuando, donde la espiritualidad lo inunda todo, donde la virgen se encuentra en cada esquina con fotos de personas que ya no están y hombres y mujeres por igual se hincan ante ella para persignarse y al hacerlo dejan entrever el tatuaje de una santa muerte, donde las veladoras se encienden a cada paso que dan, una entrevista de trabajo, un viaje, para acompañar un éxito, un fracaso, para atraer la salud al enfermo, para guiar la mano del joven estudiante de medicina que ha de suturar la herida causada por el vidrio del envase de una caguama.
Donde una pequeña llama pretende iluminar a todos.

Barrio donde la gente se enajena frente a la televisión y se olvida de pensar, donde los niños imitan a los narradores de deportes y al jugar fútbol se hacen llamar como la figura momentánea de la selección, donde los padres llaman pendejo a su hijo pues así los llamaron a ellos, donde los niños responden que hueva cuando se les  pregunta si les gusta leer, donde el mar es solo una idea y donde muy pocos han confirmado su existencia.

Vivo en barrio y a pesar de su aspecto no es uno de los más pobres.

Vivo en barrio, donde a veces no hay para comer, pero eso que no hay con gusto lo comparten con quien tenga hambre, donde la música inunda las calles y los colores hacen lo mismo en día de tianguis, donde hay gente que trabaja con el deseo de darle lo mejor a su familia, donde la gente llora, sufre, ríe y sangra como cualquier otra persona del mundo, pero que debido a las circunstancias rehuyen la mirada, desconfían incluso de la familia, van por la vida acostumbrados a que los vean feo, por eso se anticipan y son ellos los que ofenden primero, los que faltan al respeto, no tienen tacto social pues en el barrio un puñetazo dado primero sirve más que un por favor o un de nada, incluso que un con permiso...

Vivo en barrio pobre y aunque no me define, forma parte de lo que soy y me enseña día a día a comprender mejor lo que somos. Me ayuda a comprenderme mejor.

Comienza a vivir.

-El tiempo se acabó
Fue lo que dijo el doctor y solo entonces comenzó a vivir...

Donde vivo.

Vivo en barrio pobre, donde la gente rehuye la mirada, donde los perros se sienten dueños de la calle, donde los niños juegan en medio de esta y le mientan la madre a los carros que interrumpan el partido, donde los hombres hablan con voz baja y extienden la mano para pagar antes de recibir la mercancía para así demostrar que no mendigan, donde los jóvenes monean en la esquina, donde las mujeres miran con envidia a las otras, donde uno puede caerse y casi nadie le ayude, pero todos mirarán seguro. Vivo en un barrio pobre, donde hay tianguis junto a la iglesia, donde la fruta se vende barata, donde las gorditas y pambazos conforman la dieta diaria, donde la tortillería vende salsas, arroz y frijoles, donde una vez que te conocen te invitan un taco cada vez que les visitas, donde las fiestas terminan al amanecer sin importar quien trabaje el lunes, donde hombres sueñan con un mejor futuro, donde no es cuestión de si la niña se embarazó, sino cuando, donde la espiritualidad lo inunda todo, donde la virgen se encuentra en cada esquina con fotos de personas que ya no están y hombres y mujeres por igual se hincan ante ella para persignarse y al hacerlo dejan entrever el tatuaje de una santa muerte, donde las veladoras se encienden a cada paso que dan, una entrevista de trabajo, un viaje, para acompañar un éxito, un fracaso, para atraer la salud al enfermo, para guiar la mano del joven estudiante de medicina que ha de suturar la herida causada por el vidrio del envase de una caguama.
Donde una pequeña llama pretende iluminar a todos.

Barrio donde la gente se enajena frente a la televisión y se olvida de pensar, donde los niños imitan a los narradores de deportes y al jugar fútbol se hacen llamar como la figura momentánea de la selección, donde los padres llaman pendejo a su hijo pues así los llamaron a ellos, donde los niños responden que hueva cuando se les  pregunta si les gusta leer, donde el mar es solo una idea y donde muy pocos han confirmado su existencia.

Vivo en barrio y a pesar de su aspecto no es uno de los más pobres.

Vivo en barrio, donde a veces no hay para comer, pero eso que no hay con gusto lo comparten con quien tenga hambre, donde la música inunda las calles y los colores hacen lo mismo en día de tianguis, donde hay gente que trabaja con el deseo de darle lo mejor a su familia, donde la gente llora, sufre, ríe y sangra como cualquier otra persona del mundo, pero que debido a las circunstancias rehuyen la mirada, desconfían incluso de la familia, van por la vida acostumbrados a que los vean feo, por eso se anticipan y son ellos los que ofenden primero, los que faltan al respeto, no tienen tacto social pues en el barrio un puñetazo dado primero sirve más que un por favor o un de nada, incluso que un con permiso...

Vivo en barrio pobre y aunque no me define, forma parte de lo que soy y me enseña día a día a comprender mejor lo que somos. Me ayuda a comprenderme mejor.

jueves, 23 de enero de 2014

Una cita con viejos recuerdos.

Construyó un altar hermoso para su amada, lo adornó con flores jamás vistas que generosas perfumaban el ambiente.
Jamás compartió su altar, era sólo para aquella que amó como a nadie. Y es que no era un amor vulgar, no era nada carnal, era superior a eso. Era el altar que sólo se le hace a una madre.
Y quizás por egoísmo construyó el altar dentro de su corazón, fortaleza inexpugnable, donde sólo entraban invitados muy especiales, ahí donde se formaban los suspiros que invocan a los que ya no están, ahí donde el torrente de las lágrimas se forma y desde donde se jalan los hilos que dan forma a las sonrisas y donde alguna vez vivieron mariposas, pero decidió liberarlas.
Se sentó a escribir como cada año, esperó a que llegaran los recuerdos y preparó su altar.  Colocó un tazón con frijolitos de grenetina pues eran sus favoritos y recordó cómo a él le gustaba tomar sólo frijoles rojos y ella le gritaba que no los escogiera, pues no siempre es posible y hay que soportar lo que te toque. Junto al tazón colocó un dulce de merengue y unas glorias, dulce típico que compartía su nombre, el de ella. Un atole y un tamal de dulce, ambos aún humeando, fueron colocados junto a una foto de ella, y así sin más, notó cómo los recuerdos llegaron de imprevisto, y aunque los esperaba, fingió sorpresa. Los recuerdos lo miraban impasibles aún portando sus pesados abrigos, cómo si tan sólo hubieran venido por respeto a la ocasión, pero sin planes de quedarse más de lo necesario.
Desde el fondo uno de ellos colocó en el altar un abrazo, así sin más, un abrazo y él fue capaz de sentir una vez más un abrazo de su madre, un abrazo como tantos otros que le dio cuando todavía vivía. Él sonrió mientras una lágrima se mecía en sus pestañas, para después dejarse caer y resbalar por su mejilla. Un recuerdo sonrió y le entregó todos esos regalos que ella le dio cuando niño, y un par de fiestas de cumpleaños.

Él se sentó junto al altar y contempló la fotografía, su dedo paseo por el marco y mientras tarareaba una canción los recuerdos guardaron su distancia, dejándole disfrutar ese momento. Un recuerdo que había llegado tarde preguntó a los presentes que hacían ahí, todos respondieron que hay citas a las que no se puede faltar, y aunque a veces se les invocaba por azar, hoy era un día especial, pues mañana sería, en caso de vivir, cumpleaños de su madre, de ella, la de la foto.
Pensé que era mañana, dijo el recién llegado, a lo que uno respondió, al corazón poco le importan unas horas.

Y así todos los recuerdos lo vieron sentado junto a su foto, y vieron como una lágrima nacía en el momento justo en que él cantaba despacio, como en un murmullo, estas son las mañanitas que cantaba el rey david...

Nadie cantó, simplemente lo vieron a distancia, tal como los padres miran a sus hijos dormir, en silencio y con respeto murmuraron "feliz cumpleaños Gloria..."

Olor a plastilina

Sus pequeñas manos buscaban moldear sus sueños en ese bloque de plastilina, la imaginación trabajando como una máquina bien aceitada, ideas qué se empujan unas a otras, buscando ser la primera en verse representada. Un carro que a gran velocidad recorre las calles, es negro, convertible, poderoso. Lo hace recorrer la mesa, que no es mesa, es una carretera. Con las uñas hace unas marcas que indican los faros, un poco más de plastilina y ahora tiene un tanque, que majestuoso recorre el desierto, su andar es lento, impotente. Su boca imita los engranes del motor, el crujir de las piedras que son aplastadas a su paso, se acerca para verlo mejor y admira lo que ha creado. Y sin dejar de imitar el sonido de una máquina construye dos proyectiles, pero al tenerlos junto al tanque decide abandonar el suelo y volar. Un poco de presión a lo largo, unir los dos proyectiles que ahora son alas y con un rápido detallado ahora tiene un avión, que cruza una pequeña cocina, que para él no es cocina, es el mismo cielo.

La plastilina, ahora tibia, despide un aroma particular y sus manos también, ambos se han convertido en uno, la plastilina es extensión de sus manos y sus manos son extensión de su imaginación, son el medio que tiene ésta para hacerse presente en la realidad.
Dispuesto a crear algo nuevo forma una esfera, la masajea contra la mesa, en pequeños círculos perfectos, y mientras hace esto su cerebro planea que vendrá después. Tan entretenido está que no se da cuenta de la mano que lo sujeta, lo jalan con fuerza, miran sus uñas y le gritan aún con más fuerza y sin entender qué sucede lo ponen en pie, golpean su mano y le reclaman por ensuciar la mesa, lo jalan y le exigen que camine con prisa de adulto, tropieza y la plastilina cae al suelo, el niño llora, ahora sí llora con fuerza, no ha sido el golpe, ha perdido un trozo de su imaginación.

Hoy que salimos a caminar mi perra se detuvo a oler un pedazo de plastilina, era como un arco iris atrapada, predominaba el negro, pero había amarillo, rojo, verde y un poco de azul, incluso blanco. Ella olfateo con fuerza, como si con cada olfateo percibiera un poco de la historia de aquel que jugó con ella antes de tirarla. Se movió un poco a su derecha, olfateo un poco más y me miró, le pregunté a qué olía, ella quiso explicarme algo y volvió a oler un poco más.

En cuclillas la miré a los ojos y le acaricié la cabeza, jamás sabré que historia olió en la plastilina, jamás sabré que percibió, quizás olió sueños de aquel que dejó sus huellas en la plastilina, huellas de sus dedos, pero sobre todo la huella de una imaginación infinita.

miércoles, 1 de enero de 2014

Sólo ellos no sabían qué iba a ocurrir.

Al darse cuenta de la hora el caracol decidió correr a casa.
Los perros dejaron de ladrarle a la noche.
Los gatos decidieron no copular.
El colibrí dejó de batir sus alas.
Los topos dejaron de cavar.
Las hormigas tiraron su cargamento.
Las abejas rehuyeron de las flores.
Las ratas se lavaron las manos.
El oso decidió no hibernar.
El lobo se refugió a los pies de una cabra recién nacida.
Las nubes se detuvieron y no se movieron.
Las miles de gotas que conformaban a la cascada decidieron no saltar.
Los pájaros no cantaron, hicieron voto de silencio.
Sol y luna fueron uno.
El niño dejó de llorar en medio de la noche y besó a su madre en la frente mientras la cubría con la frazada.
La araña ayudó a escapar a la mosca que segundos antes había atrapado.
El pelicano depositó con amor en el agua al pez.
El cilindrero detuvo el organillo y fue todo silencio.
Su corazón se detuvo y los granos de arena que pretendían representar el tiempo se detuvieron y todos, atentos admiraron el segundo mismo en que ella lo miro a los ojos, fulminandolo.

A partir de ese segundo todo fue distinto.

Incluso dios sintió una opresión en el pecho, pues sabía qué iba a ocurrir después. Y se sintió indefenso al no poder evitarles la pena y el dolor, uno de ellos moriría primero para dejar al otro solo e indefenso, y quiso evitarlo, quiso ahorrarse los insultos, las maldiciones, pero sobre todo quiso evitarles el dolor, pues el sentía ese dolor como propio, a él también se le desgarró el corazón cuando murió ella y el quedó indefenso. Derramó una lágrima y tragó saliva, pero el nudo seguía ahí. Se sintió indefenso y deseo tener a alguien a quien culpar, pero solo quedaba él.

Exhaló un suspiro y una suave ventisca movió su cabello, el de ella y él pudo ver la belleza en sus ojos, pero había algo más, era dios que quería ver de cerca mientras ella lo sujeto con amor y le dijo, "te amaré como a mi propia sangre y carne, te amaré más que a mi vida".

Dios se mordió el labio y por más que lo intentó no pudo evitar que una lágrima corriera por su mejilla.

El resto de la historia, se sigue escribiendo.

domingo, 24 de noviembre de 2013

De objetos inanimados.

El sol las mira desde lo alto con cierta indiferencia, quizás sin quererlo ha robado el color de esas hojas de plástico que, cual escolta, hacen guardia junto a una cruz de metal, sólo algunos indicios de pintura blanca, el resto ha sido devorada por el óxido.
Una mano con cariño y cuidado escribió un nombre y una dedicatoria en esa cruz, pero el tiempo y el olvido se han encargado de borrarlo.

Una ráfaga acaricia el plástico y le da movimiento a aquello que no lo tiene. Quien lo viera a la distancia pensaría que las hojas de esas ficticias flores se despiden de aquél que ya no está más que en recuerdos.

Indiferentes pasan los transeúntes y los vehículos, nadie se detiene a pensar en aquél que ya no está.

Ya no se distingue el nombre, el óxido lo ha devorado, o quizás lo abraza con amor dándole consuelo y decidido a acompañarle hasta el fin de los tiempos.

El canto del tiempo.

A lo lejos se escucha una trompeta que rasga el silencio, en ocasiones calla para que voces entonen de forma indistinguible un canto que supones lleno de nostalgia, decepción y tristeza, o tan sólo eso quisieras escuchar.

Un gallo le da la bienvenida al sol, o acaso reclama su presencia, temiendo no volverlo a ver, y mientras éste se eleva poco a poco, la noche se va perdiendo y se lleva consigo lo que sucedió, que quizás jamás sabremos; cuántas lágrimas fueron derramadas, cuántas por dolor, cuántas por felicidad; cuántos abandonaron el mundo, cuántos fueron recibidos y cuántos llegaron tan solo para morir; acaso hay alguien esperando que un médico sea capaz de salvarle, o quizás ese alguien se aferra al mundo a causa de alguien que ama; cuántos besos se dieron durante ese día que ya no está, el de una madre al despedir a su hijo, el de un hermano obligado después de pelear con su hermana, el de un niño autista a su perro, el de un padre impotente ante su realidad al darle las buenas noches a sus hijos, sabiendo que no podrá darles todo lo que necesiten, pero dispuesto a luchar para que ellos no vivan las mismas carencias que él.

El gallo canta y la trompeta lo acompaña, juntos buscan conseguir algo, él, despertar al mundo, ella, dormir viejos demonios a través de la catarsis del canto, le cantan a quienes ya no están, a los muertos y a los vivos que han decidido alejarse. Cantan con intensidad, incluso con furia, no saben sí ésta será la última vez que podrán hacerlo. Voces se les unen y por momentos cantan en armonía, y nos recuerdan que todos somos uno, y en ese canto, el del gallo que es vida y naturaleza, y el de la trompeta y las voces, que es canto de hombre, canto al instante, que no pretende la posteridad, se enfoca en el pasado para deleite del presente, generalmente acompañado de alcohol para desinhibirse y para curar las heridas internas, aunque la herida es en el alma y el proceso de curación no es el mismo del cuerpo. Ambos cantan y sin saberlo, son el canto de todos los vivos y todos los muertos, de todo cuanto ha habitado éste universo, desde ese concentrado de energía microscópica que estalló para seguirse expandiendo hasta el día de hoy, desde ahí, sin saberlo estaban juntos, pero es aún más, todos los que han muerto y que han nutrido la tierra y se han convertido en nuestro alimento, e incluso aquellos que expresaron sus ideas y han nutrido nuestro pensamiento, el espacio que algunos delimitan con líneas imaginarias no existe, las nubes que hoy nos miran desde lo alto, alguna vez fueron parte de ese gran océano que se encuentra al otro lado del mundo, lo que ayer comimos quizás fue sembrado más lejos de lo que pensamos. Y en la saliva de quien toca la trompeta y de aquellos que cantan se encuentran microorganismos vivos, y dentro de ellos, en sus testículos, semillas de humanos en potencia, que escuchan atentos ese canto y así, la línea continúa de forma ascendente, en un patrón circular.

Y mientras ese grupo de humanos se reúne a cantar alrededor de una mesa con alimentos y bebida, no se imaginan que quizás hace muchos años, en ese mismo punto un grupo de hombres cantaba y bailaba alrededor de un fuego ceremonial, y uno de ellos sentado en la tierra, mira el fuego con respeto y se detiene a pensar mientras el fuego baila y se eleva y le parece ver aquello que sucederá, pero no comprende bien el mensaje, así que cierra los ojos y comienza a interpretar las imágenes que se forman en su mente y aunque borrosas, logra captar algo, se ve a sí mismo sentado, frotándose las manos ante su comida, la imagen se difumina para convertirse en el rostro de alguien que ya no está, su sonrisa se borra y ahora la nostalgia se apodera de la fortaleza de la mente, no está dispuesta a negociar, se sabe vencido, siente como la invasión a avanzado hasta la garganta, le cuesta tragar saliva, y muy a pesar suyo ha perdido también el frente de los ojos que comienzan a mojarse, sabe que sólo es cuestión de tiempo para que el corazón caiga rendido, así que en valiente contraataque decide ponerse en pie y abrir los ojos, impedir el paso de la nostalgia, cortarle el paso. Con un suspiro busca librarse del invasor, expulsarlo con una exhalación sostenida, ayuda un poco. Alza la mirada y observa las estrellas, que comienzan a perder su formación, pero no es efecto de las lágrimas, es el tiempo que transcurre inexorable, giran en la bóveda celeste, danzan despacio, les resta toda la eternidad, para detenerse en formación escopeta, y quien las miraba cierra los ojos y recuerda aquellos que ya no están y aunque no es aquél que miraba el fuego, sí tiene mucha relación con él, ahora a quien vemos viste mezclilla y una chamarra lo protege del frío pero siente lo mismo que ese otro, de hace mucho tiempo que sentado en la tierra miraba el fuego.

La trompeta se ha callado, la fiesta ha terminado, cada quien se va a su casa, unos buscan continuar la fiesta, otros caminan sonriendo, pero cabizbajos, mirada resignada y pasos torpes, otros salen cantando acompañando a una trompeta imaginaria, la llevan en la cabeza, llegarán a casa, destaparán una cerveza y se quedarán dormidos en el sillón mientras el sol inunda la sala colándose por la ventana, reclamando la tierra debajo de esa construcción.

La trompeta calla, el sol sigue su paso sobre el cielo y aún a pesar de eso el gallo sigue cantando pero ahora lo acompaña un perro que quizás le pide a los muertos que han venido, reclamados por el canto, que se vayan a descansar.

martes, 19 de noviembre de 2013

El monstruo.

El monstruo que reside en su mente no le asusta, le aterra que su psique sea capaz de concebir esas ideas.

martes, 5 de noviembre de 2013

Sonrisa inmortal.

No recuerdo la última vez que la vi, pero sé que en ese entonces me miraba con tolerancia, con esa divertida curiosidad que nos provocan los niños al jugar cerca de nosotros. O al menos eso leía yo en su sonrisa.

Hoy la vi otra vez, me sorprendió verla un poco más desgastada, pero no es de sorprender los años han pasado y yo no soy el niño que corría alrededor de su base, ese que pasaba horas jugando con un lagarto de plástico, imaginando que ese pequeño depósito de agua era en ocasiones un mar, o un lago, o incluso un pantano, todo era posible.

Me dio cierta emoción darme cuenta del verdadero tamaño de ese patio, ya que hoy puedo calcular de mejor manera, en metros, lo que hace años era un jardín enorme, y es que la única razón de la discrepancia entre la medida que aloja mi memoria y la medida actual, además de que aquél que ahí jugó era más pequeño, es que el tamaño del patio estaba delimitado por la imaginación, no por el espacio físico.

Y cómo todo recuerdo de infancia, tiene varios elementos que se condensan en un momento que va mutando, no tiene forma definida, a veces me viene la imagen de mi papá sentado en un sillón, sostiene una cerveza tecate y sonríe, la imagen se agita y ahora veo la boquilla de la lata, granos de sal sobre los borde, y la veo acercarse a mí, bebo mientras mis manos sostienen la lata, y mientras mis manos son sostenidas por las de mi padre, mi cerebro activa unos cuantos resortes y mi boca saliva, siento el sabor de una cerveza ficticia, limón y sal resaltan el amargo, y mientras paso mi lengua por mi labio, la imagen se distorsiona y veo un señor de lentes, con bata a cuadros, sesea al hablar, siempre con una barba que pica pero que nunca termina de salir, es el esposo de mi tía, un ruido me obliga a volver la mirada y sin más, aparece mi abuela, siempre canosa, y aunque mueve la boca, no hay sonido en su voz, no recuerdo su tono, pero si recuerdo que regañó a Motita, su pequeña perra que me mordió una vez, y no sé si lo merecía, no sé si la provoqué o si acaso era mala, no lo sé, y mientras busco recuerdos de ella, me veo subiendo las escaleras de caracol, con un muñeco de plástico que tiene un paracaídas, también de plástico, lo aviento al patio, corro y vuelvo a subir, repitiendo la acción, siempre con una sonrisa y siempre ideando la forma de perfeccionar el aterrizaje de mi paracaidista, y así, en recuerdos, miro al muñeco de plástico y muta su forma a un pequeño luchador, máscara color plata, pintura gris le cubre aquello que simula los pantalones, y lo veo luchar con un lagarto de plástico, pero de momento no es plástico, son escamas lo que siento, y del fondo del lago emerge un poderoso dinosaurio, afortunadamente hay un poderoso guerrero capaz de enfrentarlo, se acerca volando y está listo para enfrentar la amenaza, con sus poderosos brazos somete al dinosaurio, quien lucha por su vida, busca repeler el ataque, no lo logra,a decidido huir pero nuestro héroe lo persigue al fondo del lago, en la confusión del combate escucho que gritan mi nombre, es mi madre, que me hace saber el hecho de que mantenerme seco conviene a mis intereses, porque en caso contrario, "voy a ver...", así que el combate se va a la selva, ambos vuelan y se alejan de la fuente, mientras ella, la mujer sin nombre me mira divertida, sintiéndose cómplice de mis juegos, me mira con tolerancia, de igual forma que vemos jugar a los niños pequeños.

Hoy la he vuelto a ver, su rostro se ha difuminado, le ha ocurrido lo que a muchas personas que no frecuentamos, su rostro ha perdido sus rasgos, poco a poco se ha materializado el olvido. No hay resentimientos, no nos reprochamos el largo tiempo sin vernos.
Y así, como hace muchos años, me quedé con ganas de pasar más tiempo en ese jardín.

Afortunadamente aún conservo el toque, me di tiempo para imaginar un explorador representado por mis dedos, quien salió nadando del lago, escaló una antiquísima mujer esculpida en el valle, quien ha perdido su rostro a causa de la erosión, para al final besarla en esos labios que por siempre dibujan una sonrisa.

miércoles, 30 de octubre de 2013

De muertos tan vivos.

Quizás al llegar al cielo, nos esperen con todas esas chanclas que, siendo niños, nos robó el mar.

¿Con qué seguridad podemos afirmar que los muertos no están entre nosotros? Quizás ese viejo que te sonrió en la mañana era tan sólo un alma recorriendo éste mundo de forma curiosa.
Es posible que, conscientes de la indiferencia actual, los muertos se paseen entre nosotros, seguros de que no los reconoceremos, seguros que nadie se preguntará, ni acaso se alarmará por su presencia. Se sientan junto a nosotros en el transporte público, nos piden permiso para pasar, fingen tener prisa e incluso disimulan su sonrisa con una cara que pretende demostrar tedio, por eso no los reconocemos.

Y mientras hombro a hombro recorren una ciudad fría, de calles mojadas y olores que desde temprano la van inundando, allá huele a pan, acá a tamales, y todavía más allá, bajo una lona roja, se arma un puesto de garnachas. Y así, los muertos y los vivos abren las ventanas de las fosas nasales y dejan entrar el aroma de una ciudad que los aloja por igual. Ambos dejan escapar un suspiro, los vivos por antojo y tedio de ir a donde no quieren, y los muertos por no poder disfrutar lo que nosotros vemos con indiferencia, extrañando esa rutina que también llegaron a despreciar.

Quizás esos muertos nos regalan un poco más de vida, son la señora cargada de bolsas que tarda en bajar del camión, causando que nos retrasemos unos segundos, para que unas calles más adelante nuestros pasos no coincidan con aquél delincuente que, empuñando un cuchillo, esperaba; son el niño que tira sus dulces, y al que ayudas de forma paciente a recogerlos y son esos segundos de retraso los que, a fuerza de causalidades, te llevan a conocer al amor de tu vida; son esos ojos que te cautivaron, obligándote a frenar el paso mientras caminas por la ciudad, y esa demora, aunque insignificante, es la causa de que calles más adelante, el auto que debía impactar tus piernas, tan sólo te asuste de forma repentina al cruzar delante de ti a gran velocidad; son la llamada que alguien hizo a tu casa cuando eras niño, y son ese silencio que te obligó a esperar una respuesta, y justamente esos segundos causaron que al llegar a la tienda no te encontraras con el pedófilo que había estado bebiendo un boing de mango; son la suma de pequeños eventos que cambian tu vida, son esa sonrisa que te deja pensando, son esa sonrisa tan viva que no parece pertenecer a este plano, son ese rostro surcado de arrugas, esa sonrisa sin dientes, esos ojos que entrecerrados sonríen también y se esconden debajo de un sombrero de paja, y es el conjunto, ese rostro inocente y a la vez tan viejo lo que te deja pensando si acaso  los muertos ocasionalmente nos visitan.

Y justo antes de bajar de la combi ese señor que me había sonreído antes en el trayecto, dejó caer una moneda, yo me agaché y se la dí en la mano, para después mirar sus ojos llenos de vida y de esa sonrisa alegre y a la vez traviesa, como la de un niño, salió un gracias.

Quizás esos segundos de demora me dieron algunos años más de vida, entonces el agradecido debo ser yo...

jueves, 3 de octubre de 2013

Huyes, deseando ser atrapado.

De sus fauces pude escapar una vez, corrí buscando refugio, pero con el oscuro deseo de ser capturado. Mientras corría pude escuchar el ruido de sus patas golpeando con furia el asfalto, su respiración sentí en mis talones y mientras mi corazón bombeaba con fuerza, decidí realizar un quiebre, detuve la carrera abruptamente y cambié de dirección, pero una piedra me hizo resbalar.

Mi mano derecha tocó el suelo apenas un segundo, pero esa desventaja selló mi derrota.

Posó su pata en mi costado mientras su lengua reclamo para sí mi rostro.

Yo reí, ella ladró y mientras el sol se ocultaba detrás de los volcanes volvimos a correr.
No tiene nada de espectacular ver a alguien correr con su perro, así que los adultos nos ignoraban, pero alcancé a notar a algunos niños que asombrados nos miraban, y más de uno sonrío animado, tal como aquél que entonces rió y ahora tan solo sonríe.

Puede ser que dentro de algunos años recuerde éstos días con nostalgia. Será mejor vivirlos al máximo.

miércoles, 2 de octubre de 2013

domingo, 22 de septiembre de 2013

Ideas que vuelan y no caen.

Las canas van cayendo poco a poco, vienen escoltadas por algunos cabellos negros, ceden ante la voluntad de unas tijeras que, en caso de no tener cuidado, podrían seguir de largo, cortar algo más que cabello y teñir de rojo lo que es blanco o que tan solo carece de color.
El primer recuerdo consciente que viene a mi mente al hablar de cortes y de sangre, es aquél en que estoy sentado en las escaleras que estaban justo frente a la entrada principal de la casa, había tomado un rastrillo de mi hermano y mientras jugaba con él, sentí como las cuchillas mordían mis dedos de la mano izquierda, creo que fue la primera vez que vi mi sangre, color escarlata y de apariencia viva, salía curiosa a explorar el mundo, la barrera que la contenía había sido derrumbada. Con igual curiosidad la miré. Lo que sucedió después no es tan claro, me parece escuchar un grito de alarma o quizás de molestia, y sentir como arrebatan el rastrillo de mi mano. No recuerdo el ardor causado por el alcohol.
Mi mirada se posa justo en los ojos de aquél que es mi reflejo, y sonreímos al mismo tiempo, tratando de recordar más acerca de ese incidente, pero es inútil. Ya hace algunos años de eso y cada día que pasa hace que sean aún más borrosos y difíciles de evocar, y siempre que intento recordar algo termino con algo más en la mente, está vez viene hasta mí un día lejano ya, un día de rutina escolar, el bullicio de niños que corren y gritan, los vehículos reflejan el sol y absorben su calor, los padres se desesperan y exigen a los niños que se apresuren, pero ellos piden, exigen, demandan frituras, fruta con chile y limón, algo de tomar. La imagen se acerca a una papelería y me veo ahí, de pie frente a una maquinita de Street Fighter II, cuando otro niño, también con uniforme, se acerca a la parte trasera de ésta, su mano se posa en la parte superior y sin siquiera disimular, presiona el interruptor, dos clicks, la imagen se va para después regresar. Me veo, la cara de sorpresa y después de molestia al verlo reír. De manera torpe lo empujo y, también de forma torpe, le insulto y ahora se que fueron mis lágrimas de impotencia y coraje lo que hicieron que me pidiera una disculpa. Es curioso como cambian las cosas, es curioso como cambiamos, o quizás tan solo nos ajustamos a lo que nos sucede, a las circunstancias, a la gente que nos rodea. Cambiamos la forma de vestir, de hablar, incluso de expresarnos. Sabemos con quien hablar de libros, con quien de música, con algunos las bromas lo son todo, con otros simplemente compartimos lo necesario para tener una relación socialmente sana, habrá otros que simplemente gustan de escucharnos o quizás de leernos.

Como todos, he compartido secretos con muchas personas, pero no creo haber compartido el mismo secreto con dos personas, y la razón es que cada persona me inspira sólo cierto grado de confianza. Y así, poco a poco, he ido entregando piezas de ese rompecabezas que soy yo, ese que a lo largo de todos estos años ha sido conocido por distintos sobrenombres, por rasgos específicos de mi personalidad que han variado de acuerdo a las circunstancias y del tiempo. Quizás el que soy hoy resulte irreconocible para aquél que me conoció de niño, o que me conocerá dentro de algunos años. Solo yo he estado a lo largo de todos esos días, he visto mi vista nublada por lágrimas, causadas por tanto reír y por causa del dolor. He sufrido la impotencia de no poder levantarme y servirme agua, pero también disfruto día a día de la oportunidad de haber vivido eso y disfrutar más las cosas, de sentirme agradecido cuando llueve y me mojo, por que puedo correr a buscar refugio o a mi casa, se que hay personas que no tienen un techo, no tienen forma de ponerse ropa seca. Aprecio lo poco o mucho que tengo, lo disfruto y procuro recordar aquellos días en que incluso el techo bajo el cual dormía, era prestado, nada era mío. Varias noches tuve que abandonar la cama para que la fiesta improvisada siguiera su curso, esperando algunas veces y muchas otras participando.

Le pregunto cómo esta quedando, ella ríe y me dice "bien, pero te ves más chiquito". Me veo al espejo y me doy cuenta de que tiene razón, y jugando con la imaginación evoco una imagen de aquél que fui de niño, lo veo, o mejor dicho veo su reflejo, mi reflejo de entonces, y observo cómo juega a peinarse, tiene un peine en la mano y con una sonrisa lo pasa de derecha a izquierda, juega a peinarse porque en realidad quien termina el trabajo es su madre, mi madre, quien seguramente está en su cuarto viendo la tele, yo le pido al niño que nos lleve al cuarto, deseo verla una vez más, pero el está entretenido y sigue pasando el peine, ahora de izquierda a derecha, trato de convencerlo de que vaya al cuarto por cualquier pretexto, el solo ríe y sin dejar de mirarse me pregunta porqué no la miró yo ahora, no entiende que quiera ver a nuestra madre de entonces, y es cuando me doy cuenta de que ese niño vive su presente y para él, madre vive, aún está ahí y no concibe realidad sin ella. Antes de irme miro a ese que soy, que fui y sonrío al verme tan entretenido por causa de mi cabello.
Cuando regreso me veo con un cabello más corto, alguno que otro cabello posa sobre mi nariz y con una sonrisa miro a ese que vive en el espejo que con ojos llorosos sonríe al verme satisfecho de una vida llena de altos y bajos, de muchas sonrisas y de varias lágrimas, pero expectante de vivir los días que restan.

Quizás dentro de algunos años ese que seré, recuerde a este que soy, será mejor que me esfuerce para que él sonría satisfecho.

lunes, 16 de septiembre de 2013

No los busco, ellos me encuentran.

Creo en fantasmas. Los he sentido y los he visto. En ocasiones me visitan en sueños, exigiéndome respuestas, algunas otras veces me sorprenden durante el día, mientras recorro una ciudad a veces tan hostil, a veces tan indiferente, se acercan a mí, y se que me miran por el rabillo del ojo, fingen mirar por la ventana y poner atención a aquello que sucede en la proximidad, pero que me parece tan lejano, me preguntan qué es lo que pienso, a pesar de saberlo. Fingen no conocerme, pretenden que crea que sus preguntas son causa del azar, son las preguntas que hace aquél que conoce la respuesta, "¿los extrañas?, ¿te arrepientes?, ¿no crees que estás perdiendo el tiempo?". En ocasiones veo su reflejo y los noto tristes, cansados.

Hay ocasiones en que me siguen, mientras recorro la ciudad a pie, noto los pasos de alguien cansado de tanto andar, incluso he escuchado suspiros de tedio, pero al quitarme los audífonos y volver la mirada sólo noto los charcos que reflejan un cielo triste. A veces una piedra cruza mi camino, sé que es su forma de afirmar su presencia. Quizás se trate tan sólo de paranoia, pero eso no quiere decir que no me sigan, tan sólo lo confirma.
A veces me sorprendo siguiendo a mi sombra.
Hay algunos que son más hábiles, se esconden en viejas letras y viejas melodías, me sorprende la forma en que logran infiltrarse en esos acordes y a través de mis audífonos inundan mi cerebro, poco a poco declaran suyo el terreno de mi memoria y me obligan a recordar lo que les venga en gana. En ocasiones han invocado viejos recuerdos, rostros que durante tanto tiempo vi a diario y que hoy son tan sólo sombras que se van difuminando. A veces me traen recuerdos que duelen, cómo la mascota que nos trae el cadáver de su presa a forma de regalo, pero aunque grotesco, es un gran regalo, nos permite apreciar la maravilla que es la vida. Así, mis fantasmas se convierten en profesores, me confrontan y me reprochan cuando lo consideran necesario. No tienen miedo ni creen en el tacto social, son fríos y sin protocolos me preguntan a quemarropa sí acaso valió la pena que viviera éste día, sí acaso hice alguna diferencia. Más de una vez no les he podido responder.

Algunos viven en mis sueños, esos son los fantasmas del futuro, son aquellos que me avisan y me previenen, pero son inteligentes, no expresan de idea clara las cosas, gustan de los símbolos y de los acertijos, plantean el problema y me exigen pensar en la solución, demandan un esfuerzo cognitivo considerable.

A veces creo que golpean mi ventana, y me sorprendo de pie frente a mi ventana con la mirada perdida y miento, justifico mi curiosidad al hacer un comentario acerca de la lluvia que cae insistente.
Muchas veces me quedo en pie esperándolos, pacientemente les invoco y con atención espero a lo que han de decirme.

Quizás hoy mientras duermes un fantasma susurre mi nombre a tus oídos.

sábado, 14 de septiembre de 2013

De tacos y patriotismo.

Una señora sentada con la mirada perdida, esperando. A su lado un señor de quijada pronunciada, ojos hundidos que pareciera buscan huir de algo que vieron hace muchos años. Una vieja mesa al frente de ellos y una vieja lona rosa, que algún día fue roja, los corona. La escena es enmarcada por una lluvia que ya viene a menos, pero que logra el objetivo de importunar a quien no la esperaba. 
Una gota escurre justo por la mejilla del señor, quien la retira indiferente, desafortunadamente la lluvia ha ahuyentado a los posibles clientes.
Fue el hambre y la simpatía que sentí por ellos, lo que me convenció de comer ahí. Quien se respete al comer tacos ordenará de dos en dos o de tres en tres sí acaso es tortilla pequeña, o taquera, para así evitar que se enfríe, y por sobre todas las cosas probará las salsas antes, ya que de eso depende, en gran medida, el gusto de comer tacos.
Ordené dos tacos de suadero, el hambre exigía que saturara mis tacos con los complementos ofrecidos, papa y nopales, pero mi razón me exigió que esperase, cuanta razón tenía.
El ritual comienza por el aroma, cerrar los ojos y descubrir que la saliva espera ansiosa aquello que al calentarse desprende un poco de su esencia, ese aroma que viaja por el aire y choca contra el parabrisas de un camión, recorre su costado para ser atrapado por la nariz de una señora que viaja con tedio y que al recibir el estímulo voltea inmediatamente y, sí no tuviéramos los ojos cerrados, veríamos como se asoma y nos mira deseando ser ella quien espera ser servida.
El respeto que se tiene por el comensal se demuestra no en las palabras que interrumpen tu ensimismamiento, sino el tono que con verdadero pesar de interrumpir exclama, "perdón joven, aquí tiene".
Agradecer y aceptar el plato y la invitación de acompañar los tacos con papas y, o, nopales, pero con la firme decisión de esperar y probar la carne antes que otra cosa. ¿Cómo describir un sabor? Valdría la pensa intentarlo, pero quizás sea fútil. Disfrutar unos tacos cómo hace mucho que no lo hacías. Reconoces el sabor que estás disfrutando y sin protocolos exagerados, complementas al cocinero de ojos hundidos, quien te agradece la visita, cosa que te halaga. Es difícil creer que algo tan sabroso esté tan poco demandado.
"Lástima que la lluvia les espante a los clientes", dicho con verdadero pesar, y sí los tacos no le ganaron un respeto al señor, su respuesta lo hará. "Pues sí, nos pega muy duro, pero, pues tiene que llover", la sonrisa que acompaña la última oración te hace ver a una persona que comprende el sentido de la vida y que no pretende modificar el orden natural de las cosas, sin decirlo te da a entender que la acepta y que incluso comprende que alguien no muy lejos, pudiera haber estado deseando que lloviera.
Y al ver a este señor que de la mejor manera posible se gana la vida, haciendo lo que sabe y alimentando a los transeúntes, piensas en todos los hombres y mujeres que día a día salen de casa llenos de ilusiones y regresan a casa con tan sólo unos pesos más, aquellos que no hay lluvia que los doblegue, todos esos mexicanos que día a día mantienen al país avanzando, pequeños engranes de un sistema que los oprime, pero que de ellos depende. Todos ellos que esperan con ansias gritar Viva México, frase ya tan trillada y caduca que sólo sirve de catarsis, de pretexto para beber y pelear, para que puedan juntarse los acomplejados y reír, e incluso llorar, aquellos que en el metro rehuyen la mirada buscan pelea. Los cobardes beben para darse valor, las mujeres usan el albur y dicen groserías, los niños truenan cuetes, se les permite ser ruidosos y no desaprovechan, el país de permite sonreír, aún cuando no haya motivos. Todos se mienten, y entre tanta festividad, se permite incluso se es bien visto. Todos aquellos que critican pero no proponen cuelgan banderas en la ventana o en el cofre de su auto, se pintan la cara, usan paliacates y trenzas, se cobijan en una bandera sólo una vez al año.

Te despides de aquellos que hicieron el favor de alimentarte, les devuelves la sonrisa con orgullo, mientras que con tristeza piensas en lo complicado que es vivir en el país que amas.