viernes, 20 de junio de 2014

Afuera o adentro.

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Quién está afuera, quién adentro, quién estorba y quién no se mueve.

El progreso está allá afuera, pero es cuestión de perspectiva, hay quienes no tienen techo y por tanto están afuera, pero hay quienes duermen bajo capas de concreto y no sufren.

 

Hay quienes se ensucian para vivir, de cemento, de pintura, de gis, de tierra, de sudor  y apenas tienen  para comer y hay quienes no se mueven, tienen cómodas sillas y ganan suficiente, e incluso hay quienes sonríen frente a un público que no ven y ganan millones. Y hay quienes buscan latas en la basura, hay quienes escarban en la basura para comer y hay quienes tiran a la basura que ya no quieren.

 

Algo esta mal, muy mal y si no haces nada para solucionarlo, al menos no empeores las cosas, si no marchas y no protestas, al menos no estorbes, con lo que unos se conforman otros desean repartirlo para todos y algunos otros quieren tenerlo aunque no sepan que hacer con tanto. 

Del Soundtrack de tu vida.

Los lectores imaginarios, esos que no no existen, pero aquellos para los que escribe con tanta dedicación y esmero. Como el ciego que lee sus poemas en el cementerio, pues alguien le dijo, sin saber que no mentía, “te dejo ante el mejor público, son tan respetuosos que no harán ni un sólo ruido”.


Con el sonido de la cinta al girar, la tenue luz va iluminando una sala que segundos antes estaba oscura y la emoción contenida de los presentes, dispuestos a disfrutar algo maravilloso o al menos deseando que así fuera. El olor a palomitas embriagaba y sin que ellos lo notaran, volteabas a ver a tus acompañantes, mayores que tú,  aún cuando te hubieran dicho que años después recordarías ese momento con nostalgia, hubieras puesto la misma atención, la pantalla reflejándose en los ojos
de él, aquél que ya hoy no está, pero que en ese momento como en tus recuerdos, ríe y bebe refresco come palomitas y pon pons.

La escena se difumina y sales corriendo al baño, por más palomitas o tan sólo a comentar lo que hasta ese momento has visto, es el intermedio, como cuando te despiertas a media noche a beber agua y aun embargado por el sopor y mientras tus ojos se acostumbran a la oscuridad y tratas de recordar lo que apenas unos segundos vivías de forma tan clara pero que tan sólo era una proyección de tu mente, en el blanco lienzo de la memoria.

Suspiras y te acuestas otra vez y recuerdas que en sueños cuidabas una casa, eras empleado y un buen día los señores de ésta, decidieron salir y te pidieron un favor, no te dieron una orden diciendo: Por favor cuida la casa, debemos salir, pero no tardamos, por favor, cuídala como si fuera tuya. Y en sueños viviste años de su ausencia y viste como tus manos se arrugaron y la cantidad de lagrimas desbordó la presa de los parpados, causando una grieta en tu piel y múltiples cauces que algunos llaman arrugas y viste como aquél que desde el espejo te mira atento se convirtió en un viejo que olvidó todo menos cómo sonreír, que tiembla cuando se prepara un café en las mañanas y que tose cada vez que ríe, pero no por eso ha dejado de hacerlo, pareciera que ahora lo hace más que antes.
Tu cabeza se apoya en la almohada y también lo hace esa lágrima que curiosa ha salido a decirte que a pesar de ser un sueño, no has fallado a tu palabra, jamás descuidaste la casa, cuando el tú que creía soñar despertó, el tú que creía ser mientras soñaba murió, hiciste lo que pudiste mientras podías.

La angustia que te embarga ahora no tiene nada que ver con la casa, ahora es el vacío de haberte perdido a ti mismo, haber perdido a aquél que eras o quizás aquél que serás. Ahora que duermes sueñas con el que fuiste mientras ibas al cine con tu familia a ver películas con intermedio y en cines pequeños, llenos de gente que nada tenía en común pero igual apartaban el lugar mientras otro iba al baño o comprar palomitas, y siempre haciendo fila con anticipación para poder escoger un buen
lugar, los niños queriéndose sentar al frente, los adultos en medio y los adolescentes atrás.
Las imágenes desfilan frente a ti, eres un espectador una vez más, pero en ésta ocasión se proyecta la película de tu vida y tienes la posibilidad de mirar lo que en su momento no pudiste ver, no había manera, lo que decían de ti cuando te ibas, cuando no estabas qué opinión tenían de ti, escuchas lo que dijeron tus compañeros ese día que no fuiste al escuela por estar enfermo y escuchas lo que dijo alguna vez tu madre de ti, cómo lo dijo y por qué lo dijo, te das cuenta de esa parte que tienen los demás de ti, pero que de alguna manera te pertenece. Y casi al final, ahí donde deberían ir los créditos, extraños emiten juicios acerca de ti, la señora a la que hace mucho cediste el asiento, el niño al que ayudaste a recoger sus cosas al notar que se arrodillaba a recogerlas, y aquellas personas que no miraste a los ojos, sino que ignoraste, el viejo que extendió su mano para pedirte limosna o la señora que con un rebozo llevaba a su hijo de un lado a otro, en una mano un paquete de chicles y en la otra un vaso con una servilleta en el fondo como sí el sonido de las monedas contra el plástico trajera mala suerte o acaso atrajera a los demonios de la envidia y la desdicha y tan sólo imaginar dicho sonido la pudiera afectar, y con atención te mira pasar, cargando una mochila, con prisa, unos audífonos te mantienen encerrado, no permiten que las ideas salgan, las mantienen encerradas, egoísmo intelectual. Quizás la miraste, quizás ni siquiera eso, pero ella tiene algo que decir sobre ti, ella y todos a los que alguna vez tuvieron contacto contigo, aunque fugaz. La niña hermosa que no podías dejar de mirar cuando tu escuela fue de paseo a la fábrica de golosinas y la notaste por primera vez, cursaba el curso inferior y notaste su sonrisa al momento en que sus amigas te señalaron, tu te agachaste y durante todo el recorrido fue el juego de infantes, mirarla para que ella te notara y después esconderse para repetir el ciclo. Después no supiste nada de ella, tu madre murió y tuviste que mudarte a otra ciudad donde también miraste otros ojos y ellos, también ellos tienen algo que decir y mientras todo eso sucede, al fondo de musak, suena la música que sin saberlo escogiste como el soundtrack de tu vida, hay canciones que hoy aún no has oído pero que dentro de años no dejarás de tararear, así como cuando niño cantabas todo el día una canción que hoy ni siquiera recuerdas y así poco a poco se van escuchando canciones que en su momento amaste y enmarcaron momentos cruciales de tu vida, en la película de tu vida está aquella canción que crees recordar cuando eras muy pequeño y la cantaban para hacerte dormir, también está la primera canción que, siendo un simulacro de hombre te sentaste frente al radio a esperar que la programaran, listo con una cinta que previamente habías preparado, el botón de REC y PLAY presionados y tu dedo índice acariciando el botón de PAUSE, listo para el momento en que esa melodía suene y pueda quedar grabada en la cinta así como tantas cosas se grabaron en tu psique, tatuándolo, y esa cinta contiene canciones que quisieras olvidar, canciones que cantaste cuando niño, y la cinta de la memoria también incluye eventos que quisieras no haber vivido, pero que son la suma de lo que eres hoy y de lo que serás en un futuro, todos esos eventos te marcaron y si te tocó vivirlos tan pronto fue por una razón, no hay casualidades, sino causalidades, y todo lo que hiciste fue causa de algo mayor, quizás sin saberlo le salvaste la vida a muchas personas, al escucharlas cuando más sufrían y así, años después, esa carga negativa que escapó en esa terapia catártica contigo fue la causa de que ellos no se suicidaran, o quizás más simple, al estar con ellos no estaban en otro lado, no estaban camino a casa y por
tanto no estaban frente al carro que no iba  a poder frenar, y por tanto hoy caminan gracias a ti, y así tú también le debes mucho a otras personas y sin saberlo, quizás si lo supieras, o si lo supieran, no habría forma de agradecer.

Ahora suena la canción que justo ayer cantabas con emoción y que durante todavía un par de años te va a acompañar y estará ahí, como un amigo. Y hablando de amigos, te acuerdas de aquellas tardes en que pasaban horas hablando de todo y nada a la vez, en que el humo de cigarro se impregnaba en tu cabello, cabello que hace mucho que se fue, se cayó o lo cortaste y tal como tenías el cabello en ese entonces te ves en la pantalla y suena esa canción que repetían como un dogma, como un canto sagrado y te preguntas, porqué nos gustaba y la respuesta la tienes ahí frente a ti, se proyectan las respuestas a todas esas preguntas que alguna vez te hiciste en voz baja o en tu mente, antes de dormir o mientras te bañabas o mientras camino a casa te perdías viendo por la ventana como la lluvia comenzaba a oscurecer el asfalto y como el olor de madera inundaba el ambiente, o mientras con tus audífonos te dabas el tiempo para pensar o mientras la duda te asaltaba al dar vuelta a la página del libro que en ese momento leías y que apartaste un segundo con el dedo resguardando celosamente el punto de partida y con la mirada perdida al frente pensando o mientras a la salida del colegio todos te presionaban para pelear y sabiendo que no había vuelta atrás miraste a tu oponente aquél que no querías lastimar pero del cual tampoco podías huir y lo miraste a los ojos un segundo, antes de que él te empujara con violencia. El golpe, ese golpe que recibiste en el rostro también se muestra y suena una canción y hoy ríes, pero ayer llorabas. Y así poco a poco van desfilando los eventos que te marcaron, tu primera cita, tu primer beso,  la primera vez que te dejaron o que dejaste a alguien, la primera promesa que no te cumplieron pero también las promesas que no cumpliste, las veces que mentiste y que te mintieron, las veces que tomaste algo que no te pertenecía, aquella vez que raicionaron tu confianza, y la vez que le fallaste a alguien, cuando no pudiste apoyar a alguien y cuando pensaron que no te importaba pero cuando en realidad hubieras dado todo por no fallar, y todo eso te ha hecho lo que eres y ha formado la impresión que tienen de ti, y no es momento de aclarar nada o de limpiar tu nombre, te das cuenta de que ya estás por encima de eso, te das cuenta de que la vida es una y de que lo que puedes hacer tienes sólo una oportunidad, y se llama el día a día, puedes ser un villano o un héroe y no puedes dar marcha atrás, lo que no hiciste en su momento ya no hay forma de hacerlo, quizás puedas enmendar los errores, pero no puedes volver al momento preciso en que debías tomar una decisión y no puedes volver atrás para decir perdóname, quizás lo podrás decir después, pero el momento no es el mismo y el peso  de tus palabras no es el mismo y por tanto el efecto. Y a pesar de darte cuenta de esto quisieras volver atrás y decirle te quiero una vez más o abrazar a aquél que hiciste llorar o sonreír ante aquél que te lastimó o tragar saliva y decirle por favor no te vayas o ser capaz de levantarte y hacerle frente a aquel que te molestaba en la primaria o dejar en paz a aquel al que atormentaste durante tanto tiempo a pesar de notar en su mirada la clara pregunta "¿Por qué me haces esto, que te he hecho yo a ti?".
Y piensas en todo y nada mientras escuchas una vieja canción que te recuerda viejos tiempos, viejos lugares y al viejo tú. Y mientras repites el coro con la misma emoción de ese entonces te pones en pie te sacudes las palomitas que cayeron en tu pantalón recoges tu basura, un viejo hábito aprendido en el kínder, caminas hacía la salida y ese señor vestido de blanco te pregunta sí has disfrutado la función, respondes después de pensarlo un poco, sí mucho. La siguiente pregunta te deja pensando aún más, y ésta fue, cambiarías algo de la película, y crees que sí, pero decides responder que no, que a pesar de cómo sucedió, lo disfrutaste mucho, pues disfrutas ser quién eres.

Una palmada en tu espalda y los dos caminan hacía una luz potente al final de un pasillo, te cuenta cosas que hoy son de suma importancia pero que mañana de alguna forma intuirás y que un día en el futuro confirmarás, para saber qué te dijo tendrás que esperar pues has despertado, la luz del sol ilumina tu cuarto y crees entender que sucede, has visto la película de tu vida en sueños, o al menos eso crees al leer las líneas de alguien que quizás no existe, pero que tararea una canción que no conoces, pero que quizás escucharás dentro de unos años, si te acuerdas, cuéntame qué te parece.

viernes, 13 de junio de 2014

Diario existir.

Aquello que brilla ostentoso no me llama demasiado la atención, por el contrario, puedo pasar horas viendo las alas de una mariposa, concentrarme en caminar por el centro de la ciudad, disfrutando cada uno de los millones de estímulos, sintiéndome parte de algo mucho mas grande y maravilloso que mi simple existir.

 

Y mientras todo gira alrededor me pregunto qué es lo que vendrá mañana, pero sin mucha inquietud, mejor me dedico al hoy y ya veremos que sucede.

sábado, 3 de mayo de 2014

El caracol.

Se vió obligado a correr a casa, y ante la imposibilidad de dejar una nota o aviso alguno decidió dejar huella de su viaje, por si acaso alguien decidía seguirlo.

Fue entonces que tatuó un arcoiris en el suelo.

Camino a casa.

Notó un cabello que tenía en la hombro por las cosquillas que éste le hizo. Lo que le sorprendió fue ver que era una cana y que ésta fuera tan larga. No había forma de que esa cana fuera suya. Aún no.

Al mirar a su derecha notó que una niña la miraba curiosa mientras se retiraba un cabello de la boca y cuando las miradas se cruzaron las sonrisas surgieron al mismo tiempo, ambas se habían visto obligadas a interrumpir lo que estaban haciendo, forzadas por un cabello. La madre jaló la pequeña mano de la niña, su camión estaba a punto de irse.
Al mirar a su izquierda notó lo mismo de siempre, mucha gente la rodeaba, pero nadie ponía atención a lo que ella hacía, ocupaban el mismo espacio por necesidad, algunos llegaban, otros se preparaban para irse, otros tantos miraban las pantallas de unos televisores sujetos a pilares que alguna vez fueron blancos, un anuncio publicitario y después una lista de destinos y andenes, simple referencia.
Al frente sólo vio un autobús que en el parabrisas se podía leer "San Martín" y unos números que era difícil descifrar, pero que ella sabía que querían decir 12:45, la hora de salida.
Mostró su boleto a una señorita que le recordó a su prima y quiso mencionarlo, pero la señorita no estaba de humor.

Siempre que viajaba le gustaba hacerlo junto a la ventanilla. El libro descansando en las piernas y en la mano izquierda aún la cana, imagina de dónde pudo haber salido, a quién le pertenece y sí acaso no tiene en su mano una historia maravillosa, una vida resumida en el blanco cabello que decidió abrazarla a ella, a nadie más. Imagina los años que alguien ha de vivir para lograr ese color perfecto, blanco como las nubes que en verano se paseaban por encima de su cabeza cuando siendo niña corría por las colinas del pueblo.
La ventana aún le ofrece la ciudad, luces ámbar inundan las calles húmedas, algunos andan a pie y miran el camión que pasa junto a ellos, curiosos imaginando a dónde van y quiénes son los que se van, acaso conocí a alguien y no se despidió, quizás ahí viaja el amor de mi vida, quizás se van porque saben algo que yo no...

El respaldo le ofrece la oportunidad de descansar las ideas, el cabello ha impactado su mente, no puede dejar de pensar en esa cana. Quiere pensar en una mujer ya grande, de piel arrugada, quizás de tantas sonrisas regaladas o quizás simples canales para que las lágrimas fluyan mejor, manos frágiles pero muy hábiles, quizás cocinan como pocas, delicias que pocos paladares merecen, seguro cuando sonríe los ojos se esconden, casi desaparecen y entonces piensa en la voz, qué hay de la voz, cómo es, o acaso cómo fue...

Si le preguntáramos cuándo se quedó dormida, respondería lo qué es de esperar, no sé, y es que así son los sueños poco a poco se apoderan de la mente son sigilosos, se apoderan de nuestra consciencia poco a poco, para recordarnos cuando las madres cantan para hacer dormir a los bebés, no se interrumpen abruptamente, se aseguran que hayamos llegado seguros a nuestro sueño y sólo entonces se despiden de forma gradual, y es la caricia en la frente del bebé y la sonrisa de la madre lo que cierra el ritual y quizás por eso al despertar nos frotamos la cara, como acto reflejo a ese contacto, como si quisiéramos impregnarnos de esa caricia que nos dieron hace mucho tiempo, pero que incluso hoy nos acompaña.

Mirar la luz del sol que se abre paso entre los cerros, todos duermen o al menos eso intentan, ella suspira y con ese suspiro expulsa el sueño que se quedó atrapado, mira la ventana y los árboles que pasan a su lado, como si corrieran, cómo si huyeran, todo se mueve, las casas a lo lejos se mueven despacio de izquierda a derecha, de adelante hacía atrás, pero es ella la que se mueve, es ella la que debería decir adiós.
La sorpresa es que la cana sigue aferrada a su mano izquierda, o acaso es su mano la que se aferra al sueño de lo desconocido, aquello que no podemos saber y por eso nos hipnotiza. Dedos índice y pulgar masajean la cana, la hacen girar y de la misma forma los engranes de la mente giran y la llevan a otros lugares, a otros tiempos, quiere imaginarse a ella misma a esa edad, cuando una cascada blanca brote de su cabeza, y sus manos cansadas de decir adiós a tantos sueños le duelan y sus pies cenizos por tantos caminos recorridos quieran descansar y dejar de moverse, de ir aquí y allá y su rostro dibuje una sonrisa permanente y quizás un perro sea su única compañía, pues nunca le han gustado las aves, y mucho menos las jaulas...

Al llegar a san Martín el viento soplaba con fuerza, cómo una efusiva bienvenida y entonces recordó el dicho, una cana al aire, y esta vez todos los dedos de la mano izquierda abrazaron a la cana en efusiva despedida, se elevaron como nunca lo habían hecho antes, y solemnes recibieron el beso del viento, la cana se dejaba acariciar sin oponer resistencia y justo cuando el viento sopló con más fuerza, la dejaron ir. Dirán que mantener la mano cerrada tanto tiempo provocó el sudor, pero yo creo que toda despedida de alguien que deja huella en el corazón, provoca lágrimas.
Ella se sorprendió de decirle adiós a una cana y justificó la lágrima diciendo a su madre, que había ido a recibirla, "con tanto aire de seguro se me metió algo al ojo".

Cuando Josefina estaba en su lecho de muerte pidió que la llevarán a morir a su pueblo, o al menos que sus cenizas fueran arrojadas al viento, pues decía "él sabrá como llegar". Sus hijos decidieron enterrarla, pues no les parecía higiénico soltar cenizas de un difunto al aire, así pensaban.

La señora Gutiérrez, amiga de la familia decidió llevar a su nieta de ocho meses al velorio pues nadie podía cuidarla, además de que no le pareció mala idea, y cuando se acercó a decirle adiós, la niña insistió en despedirse, estiraba los brazos hacía Josefina, insistía en que la acercaran y cuando así lo hicieron el beso dado despertó emociones en los presentes, la niña se aferró al sueter y costó trabajo que lo soltara.

Camino a casa la señora Gutiérrez se detuvo a buscar una mamila en la pañalera, la niña en brazos que lloraba le dificultaba la tarea, y cuando la joven le ofreció ayudarla se sintió aliviada, varias personas habían incluso bajado de la banqueta para evitarla. La niña jugó con el cabello de la joven y la forma en que ésta le hablaba le dio confianza a la señora Gutiérrez para preguntar a donde iba, San Martín fue la respuesta de la joven y ella sólo atinó decir, la mamá de una amigo es de allá. Al llegar a casa seguía pensando que debió decir "era de allá".

Cuando la señora Josefina murió dejó poco de lo que se puede cuantificar, pero sus nietos la recuerdan sonriente, siempre de buenas y cocinando. El día anterior a su muerte les contó con una voz que parecía más de joven, que si uno desea algo con todas sus fuerzas, es posible que el universo mismo arregle las cosas para que esto suceda. Y entonces les contó que extrañaba su México lindo, pero en especial su pueblo, y siempre que hablaba de él se iluminaba su rostro y les hablaba de como las nubes paseaban por el cielo, cómo gordos borregos que no conocen los corrales y cómo el viento siempre soplaba y entonces no importaba si hacía calor. Esa sonrisa que evocó la memoria de su pueblo fue la que permaneció en su rostro, quizás sabía que era tan sólo cuestión de tiempo para estar en su pueblo, para volar y ser libre como esas nubes blancas que cruzan su cielo.

jueves, 3 de abril de 2014

Una pluma, quizás de águila, quizás de colibrí...

Hay objetos que tienen la capacidad de transportarnos en el tiempo y el espacio, están cargados de magia. Hoy me encontré una pluma tirada, nada espectacular, tan solo una pluma de tinta negra, la parte trasera rota, quizás alguien la pisó, quizás el dueño, o la dueña. Quizás cayó de la mochila mientras ella corría a casa para contarle a su mamá como le fue, o acaso cayó cuando él corría, huía, de aquellos que querían golpearlo.  Y es que al ver esa pluma inmediatamente pensé en la secundaria, en cartas llenas de faltas ortográficas pero que pretendían compensar con juramentos de amor eterno, o de un "me gustas" escrito en una página al azar, semilla de duda y cuyas raíces apretujaban nuestro cerebro, oprimían nuestro corazón y florecían en dudas que se multiplicaban aromando el precoz jardín de la pubertad. Jugábamos a amar, a ser mayores.
Un simple objeto inanimado sirvió de pretexto para liberar la jaula donde la imaginación se ha establecido, creyendo que esa celda es su hogar...

Una pluma que también sirve para volar, de posibilidades infinitas, tanto futuras como pasadas, qué no se habrá escrito con ella, quizás ese mensaje ancestral que ha desanimado a tantos y ha hecho creer a muchas que han hecho lo correcto, "tú también me gustas, pero me da miedo perder tu amistad, mejor cómo amigos, no?" Y así, con vocales redondeadas, una se siente aliviada, otro sufre y el mundo sigue girando, uno más lo ha intentado y a pesar de la negativa, ha conseguido lo que muchos solo imaginan, aquellos que suspiran en silencio al mirarla y se pasan la tarde imaginando el sabor de sus labios y el olor de su cabello, pero que no se atreven a hablar en voz alta y la escuchan quejarse de su novio y de su mala suerte, pero se quedan inmóviles, paralizados por el miedo, es increíble el poder que pueden tener unos ojos femeninos.

Un pequeño mordisco a la tapa de plástico, mueve los pies al ritmo de la música, la cabeza sobre la mano izquierda mientras la derecha acerca ocasionalmente la pluma a la boca, sonríe y se mira en el espejo, a cada movimiento de sus piernas la falda las descubre un poco, ella sonríe, se ha dado cuenta cómo sus compañeros la miran. Regresa a la libreta, ha olvidado el tema, así que vuelve a leer, historia de méxico, nada más aburrido, pasa las hojas de la libreta y justo al final escribe su nombre, el de ella, agrega un "y" para después colocar, justo debajo, el nombre de él, y con emoción rodearlos con un corazón, ocasionalmente una flecha e invariablemente, un suspiro. Algo tan personal, un ritual privado, algo para dedicar las tardes y soportar el tedio de hacer tarea.

Una pluma que quizás dibujo a algún maestro, tatuándolo en una hoja de papel que pasó de mano en mano, causando risas, o quizás escribiendo el milenario "puto el que lo lea" en la pared del baño, o quizás el simulacro de un poema, el primer amor, o quizás una pluma que alguien compró para llenar una solicitud de empleo, o tan solo la pluma de un mesero que prestó a un cliente, sabiendo que jamás la volvería a ver...

Una pluma que sirve para volar y que por razones desconocidas llegó a mí, quizás para convertirse en instrumento que materialice mis ideas en papel, ahora la duda que me asalta es, estaré a la altura de la pluma, de su potencial. No lo sé. Pero sí sé que su sola presencia me ha causado la inquietud de escribir, espero no fallarle.

miércoles, 2 de abril de 2014

Mi gratitud infinita.

Alguna vez leí/vi que a los maestros espirituales se les puede encontrar en el día a día, siempre y cuando se tengan los ojos abiertos.
Hoy me encontré dos maestros en mi camino.
Una muchacha que vive en la calle me enseñó lo que es la generosidad y la gratitud. No es la primera vez que la veo y tampoco la primera en que me acerco a regalarle algo de comer, pero está vez mientras me acercaba, noté que junto a ella estaba un perro negro, ella comía un pequeño trozo de pan, y así sin más, lo partió a la mitad y se lo ofreció al perro, tal como ofrece un enamorado una flor, no lo arrojó al suelo ni se lo aventó a la boca, sino que extendió su mano para que el perro lo tomara y cuando lo hizo, ella le sonrió como se le sonríe a un hijo, con paciencia infinita y amor. La segunda enseñanza me la regaló cuando, al yo extenderle un tamal, se puso en pie y sonriendo, lo tomó, me dio las gracias viéndome a los ojos, para después sentarse y decirle a su perro, mira negro, el señor nos trajo un tamal, dale las gracias.

Es difícil derribar las barreras mentales, dejar los prejuicios, pero una vez que se hace, es posible aprender a cada paso.

Mi segundo maestro hoy, fue una vieja perra, que en el pasado me espantó en más de una ocasión al correr había mi con clara intención de morder, hoy al verla recostada en la banqueta, inmediatamente me detuve y pedí a mi perra que se sentara, para al menos tener tiempo de pensar qué hacer. Y así, sin más, la perra se puso en pie y con una calma infinita, se acercó a nosotros, olió a mi perra y a mi me dirigió una mirada calma, agachó la cabeza y se dio la vuelta. Le doy gracias por enseñarme a no vivir en el pasado, la gente puede cambiar y no debemos encasillarla, predisponernos a lo que es. Le doy gracias por enseñarme a vivir el aquí y ahora.

A ella, le doy las gracias por enseñarme la humildad que sólo he visto en las personas que no tienen nada que perder, en aquellos que no se aferran a las cosas, que no se definen por lo que tienen, ni por el lugar donde viven, ni por la tela que los viste, ni por lo que cargan en las bolsas, ni por el número de cosas que los poseen.

Y sobre todo le doy gracias por recordarme el poder de una sonrisa. Por no preocuparme, sino ocuparme.

domingo, 16 de marzo de 2014

Donde vivo.

Vivo en barrio pobre, donde la gente rehuye la mirada, donde los perros se sienten dueños de la calle, donde los niños juegan en medio de esta y le mientan la madre a los carros que interrumpan el partido, donde los hombres hablan con voz baja y extienden la mano para pagar antes de recibir la mercancía para así demostrar que no mendigan, donde los jóvenes monean en la esquina, donde las mujeres miran con envidia a las otras, donde uno puede caerse y casi nadie le ayude, pero todos mirarán seguro. Vivo en un barrio pobre, donde hay tianguis junto a la iglesia, donde la fruta se vende barata, donde las gorditas y pambazos conforman la dieta diaria, donde la tortillería vende salsas, arroz y frijoles, donde una vez que te conocen te invitan un taco cada vez que les visitas, donde las fiestas terminan al amanecer sin importar quien trabaje el lunes, donde hombres sueñan con un mejor futuro, donde no es cuestión de si la niña se embarazó, sino cuando, donde la espiritualidad lo inunda todo, donde la virgen se encuentra en cada esquina con fotos de personas que ya no están y hombres y mujeres por igual se hincan ante ella para persignarse y al hacerlo dejan entrever el tatuaje de una santa muerte, donde las veladoras se encienden a cada paso que dan, una entrevista de trabajo, un viaje, para acompañar un éxito, un fracaso, para atraer la salud al enfermo, para guiar la mano del joven estudiante de medicina que ha de suturar la herida causada por el vidrio del envase de una caguama.
Donde una pequeña llama pretende iluminar a todos.

Barrio donde la gente se enajena frente a la televisión y se olvida de pensar, donde los niños imitan a los narradores de deportes y al jugar fútbol se hacen llamar como la figura momentánea de la selección, donde los padres llaman pendejo a su hijo pues así los llamaron a ellos, donde los niños responden que hueva cuando se les  pregunta si les gusta leer, donde el mar es solo una idea y donde muy pocos han confirmado su existencia.

Vivo en barrio y a pesar de su aspecto no es uno de los más pobres.

Vivo en barrio, donde a veces no hay para comer, pero eso que no hay con gusto lo comparten con quien tenga hambre, donde la música inunda las calles y los colores hacen lo mismo en día de tianguis, donde hay gente que trabaja con el deseo de darle lo mejor a su familia, donde la gente llora, sufre, ríe y sangra como cualquier otra persona del mundo, pero que debido a las circunstancias rehuyen la mirada, desconfían incluso de la familia, van por la vida acostumbrados a que los vean feo, por eso se anticipan y son ellos los que ofenden primero, los que faltan al respeto, no tienen tacto social pues en el barrio un puñetazo dado primero sirve más que un por favor o un de nada, incluso que un con permiso...

Vivo en barrio pobre y aunque no me define, forma parte de lo que soy y me enseña día a día a comprender mejor lo que somos. Me ayuda a comprenderme mejor.

Comienza a vivir.

-El tiempo se acabó
Fue lo que dijo el doctor y solo entonces comenzó a vivir...

Donde vivo.

Vivo en barrio pobre, donde la gente rehuye la mirada, donde los perros se sienten dueños de la calle, donde los niños juegan en medio de esta y le mientan la madre a los carros que interrumpan el partido, donde los hombres hablan con voz baja y extienden la mano para pagar antes de recibir la mercancía para así demostrar que no mendigan, donde los jóvenes monean en la esquina, donde las mujeres miran con envidia a las otras, donde uno puede caerse y casi nadie le ayude, pero todos mirarán seguro. Vivo en un barrio pobre, donde hay tianguis junto a la iglesia, donde la fruta se vende barata, donde las gorditas y pambazos conforman la dieta diaria, donde la tortillería vende salsas, arroz y frijoles, donde una vez que te conocen te invitan un taco cada vez que les visitas, donde las fiestas terminan al amanecer sin importar quien trabaje el lunes, donde hombres sueñan con un mejor futuro, donde no es cuestión de si la niña se embarazó, sino cuando, donde la espiritualidad lo inunda todo, donde la virgen se encuentra en cada esquina con fotos de personas que ya no están y hombres y mujeres por igual se hincan ante ella para persignarse y al hacerlo dejan entrever el tatuaje de una santa muerte, donde las veladoras se encienden a cada paso que dan, una entrevista de trabajo, un viaje, para acompañar un éxito, un fracaso, para atraer la salud al enfermo, para guiar la mano del joven estudiante de medicina que ha de suturar la herida causada por el vidrio del envase de una caguama.
Donde una pequeña llama pretende iluminar a todos.

Barrio donde la gente se enajena frente a la televisión y se olvida de pensar, donde los niños imitan a los narradores de deportes y al jugar fútbol se hacen llamar como la figura momentánea de la selección, donde los padres llaman pendejo a su hijo pues así los llamaron a ellos, donde los niños responden que hueva cuando se les  pregunta si les gusta leer, donde el mar es solo una idea y donde muy pocos han confirmado su existencia.

Vivo en barrio y a pesar de su aspecto no es uno de los más pobres.

Vivo en barrio, donde a veces no hay para comer, pero eso que no hay con gusto lo comparten con quien tenga hambre, donde la música inunda las calles y los colores hacen lo mismo en día de tianguis, donde hay gente que trabaja con el deseo de darle lo mejor a su familia, donde la gente llora, sufre, ríe y sangra como cualquier otra persona del mundo, pero que debido a las circunstancias rehuyen la mirada, desconfían incluso de la familia, van por la vida acostumbrados a que los vean feo, por eso se anticipan y son ellos los que ofenden primero, los que faltan al respeto, no tienen tacto social pues en el barrio un puñetazo dado primero sirve más que un por favor o un de nada, incluso que un con permiso...

Vivo en barrio pobre y aunque no me define, forma parte de lo que soy y me enseña día a día a comprender mejor lo que somos. Me ayuda a comprenderme mejor.

jueves, 23 de enero de 2014

Una cita con viejos recuerdos.

Construyó un altar hermoso para su amada, lo adornó con flores jamás vistas que generosas perfumaban el ambiente.
Jamás compartió su altar, era sólo para aquella que amó como a nadie. Y es que no era un amor vulgar, no era nada carnal, era superior a eso. Era el altar que sólo se le hace a una madre.
Y quizás por egoísmo construyó el altar dentro de su corazón, fortaleza inexpugnable, donde sólo entraban invitados muy especiales, ahí donde se formaban los suspiros que invocan a los que ya no están, ahí donde el torrente de las lágrimas se forma y desde donde se jalan los hilos que dan forma a las sonrisas y donde alguna vez vivieron mariposas, pero decidió liberarlas.
Se sentó a escribir como cada año, esperó a que llegaran los recuerdos y preparó su altar.  Colocó un tazón con frijolitos de grenetina pues eran sus favoritos y recordó cómo a él le gustaba tomar sólo frijoles rojos y ella le gritaba que no los escogiera, pues no siempre es posible y hay que soportar lo que te toque. Junto al tazón colocó un dulce de merengue y unas glorias, dulce típico que compartía su nombre, el de ella. Un atole y un tamal de dulce, ambos aún humeando, fueron colocados junto a una foto de ella, y así sin más, notó cómo los recuerdos llegaron de imprevisto, y aunque los esperaba, fingió sorpresa. Los recuerdos lo miraban impasibles aún portando sus pesados abrigos, cómo si tan sólo hubieran venido por respeto a la ocasión, pero sin planes de quedarse más de lo necesario.
Desde el fondo uno de ellos colocó en el altar un abrazo, así sin más, un abrazo y él fue capaz de sentir una vez más un abrazo de su madre, un abrazo como tantos otros que le dio cuando todavía vivía. Él sonrió mientras una lágrima se mecía en sus pestañas, para después dejarse caer y resbalar por su mejilla. Un recuerdo sonrió y le entregó todos esos regalos que ella le dio cuando niño, y un par de fiestas de cumpleaños.

Él se sentó junto al altar y contempló la fotografía, su dedo paseo por el marco y mientras tarareaba una canción los recuerdos guardaron su distancia, dejándole disfrutar ese momento. Un recuerdo que había llegado tarde preguntó a los presentes que hacían ahí, todos respondieron que hay citas a las que no se puede faltar, y aunque a veces se les invocaba por azar, hoy era un día especial, pues mañana sería, en caso de vivir, cumpleaños de su madre, de ella, la de la foto.
Pensé que era mañana, dijo el recién llegado, a lo que uno respondió, al corazón poco le importan unas horas.

Y así todos los recuerdos lo vieron sentado junto a su foto, y vieron como una lágrima nacía en el momento justo en que él cantaba despacio, como en un murmullo, estas son las mañanitas que cantaba el rey david...

Nadie cantó, simplemente lo vieron a distancia, tal como los padres miran a sus hijos dormir, en silencio y con respeto murmuraron "feliz cumpleaños Gloria..."

Olor a plastilina

Sus pequeñas manos buscaban moldear sus sueños en ese bloque de plastilina, la imaginación trabajando como una máquina bien aceitada, ideas qué se empujan unas a otras, buscando ser la primera en verse representada. Un carro que a gran velocidad recorre las calles, es negro, convertible, poderoso. Lo hace recorrer la mesa, que no es mesa, es una carretera. Con las uñas hace unas marcas que indican los faros, un poco más de plastilina y ahora tiene un tanque, que majestuoso recorre el desierto, su andar es lento, impotente. Su boca imita los engranes del motor, el crujir de las piedras que son aplastadas a su paso, se acerca para verlo mejor y admira lo que ha creado. Y sin dejar de imitar el sonido de una máquina construye dos proyectiles, pero al tenerlos junto al tanque decide abandonar el suelo y volar. Un poco de presión a lo largo, unir los dos proyectiles que ahora son alas y con un rápido detallado ahora tiene un avión, que cruza una pequeña cocina, que para él no es cocina, es el mismo cielo.

La plastilina, ahora tibia, despide un aroma particular y sus manos también, ambos se han convertido en uno, la plastilina es extensión de sus manos y sus manos son extensión de su imaginación, son el medio que tiene ésta para hacerse presente en la realidad.
Dispuesto a crear algo nuevo forma una esfera, la masajea contra la mesa, en pequeños círculos perfectos, y mientras hace esto su cerebro planea que vendrá después. Tan entretenido está que no se da cuenta de la mano que lo sujeta, lo jalan con fuerza, miran sus uñas y le gritan aún con más fuerza y sin entender qué sucede lo ponen en pie, golpean su mano y le reclaman por ensuciar la mesa, lo jalan y le exigen que camine con prisa de adulto, tropieza y la plastilina cae al suelo, el niño llora, ahora sí llora con fuerza, no ha sido el golpe, ha perdido un trozo de su imaginación.

Hoy que salimos a caminar mi perra se detuvo a oler un pedazo de plastilina, era como un arco iris atrapada, predominaba el negro, pero había amarillo, rojo, verde y un poco de azul, incluso blanco. Ella olfateo con fuerza, como si con cada olfateo percibiera un poco de la historia de aquel que jugó con ella antes de tirarla. Se movió un poco a su derecha, olfateo un poco más y me miró, le pregunté a qué olía, ella quiso explicarme algo y volvió a oler un poco más.

En cuclillas la miré a los ojos y le acaricié la cabeza, jamás sabré que historia olió en la plastilina, jamás sabré que percibió, quizás olió sueños de aquel que dejó sus huellas en la plastilina, huellas de sus dedos, pero sobre todo la huella de una imaginación infinita.

miércoles, 1 de enero de 2014

Sólo ellos no sabían qué iba a ocurrir.

Al darse cuenta de la hora el caracol decidió correr a casa.
Los perros dejaron de ladrarle a la noche.
Los gatos decidieron no copular.
El colibrí dejó de batir sus alas.
Los topos dejaron de cavar.
Las hormigas tiraron su cargamento.
Las abejas rehuyeron de las flores.
Las ratas se lavaron las manos.
El oso decidió no hibernar.
El lobo se refugió a los pies de una cabra recién nacida.
Las nubes se detuvieron y no se movieron.
Las miles de gotas que conformaban a la cascada decidieron no saltar.
Los pájaros no cantaron, hicieron voto de silencio.
Sol y luna fueron uno.
El niño dejó de llorar en medio de la noche y besó a su madre en la frente mientras la cubría con la frazada.
La araña ayudó a escapar a la mosca que segundos antes había atrapado.
El pelicano depositó con amor en el agua al pez.
El cilindrero detuvo el organillo y fue todo silencio.
Su corazón se detuvo y los granos de arena que pretendían representar el tiempo se detuvieron y todos, atentos admiraron el segundo mismo en que ella lo miro a los ojos, fulminandolo.

A partir de ese segundo todo fue distinto.

Incluso dios sintió una opresión en el pecho, pues sabía qué iba a ocurrir después. Y se sintió indefenso al no poder evitarles la pena y el dolor, uno de ellos moriría primero para dejar al otro solo e indefenso, y quiso evitarlo, quiso ahorrarse los insultos, las maldiciones, pero sobre todo quiso evitarles el dolor, pues el sentía ese dolor como propio, a él también se le desgarró el corazón cuando murió ella y el quedó indefenso. Derramó una lágrima y tragó saliva, pero el nudo seguía ahí. Se sintió indefenso y deseo tener a alguien a quien culpar, pero solo quedaba él.

Exhaló un suspiro y una suave ventisca movió su cabello, el de ella y él pudo ver la belleza en sus ojos, pero había algo más, era dios que quería ver de cerca mientras ella lo sujeto con amor y le dijo, "te amaré como a mi propia sangre y carne, te amaré más que a mi vida".

Dios se mordió el labio y por más que lo intentó no pudo evitar que una lágrima corriera por su mejilla.

El resto de la historia, se sigue escribiendo.

domingo, 24 de noviembre de 2013

De objetos inanimados.

El sol las mira desde lo alto con cierta indiferencia, quizás sin quererlo ha robado el color de esas hojas de plástico que, cual escolta, hacen guardia junto a una cruz de metal, sólo algunos indicios de pintura blanca, el resto ha sido devorada por el óxido.
Una mano con cariño y cuidado escribió un nombre y una dedicatoria en esa cruz, pero el tiempo y el olvido se han encargado de borrarlo.

Una ráfaga acaricia el plástico y le da movimiento a aquello que no lo tiene. Quien lo viera a la distancia pensaría que las hojas de esas ficticias flores se despiden de aquél que ya no está más que en recuerdos.

Indiferentes pasan los transeúntes y los vehículos, nadie se detiene a pensar en aquél que ya no está.

Ya no se distingue el nombre, el óxido lo ha devorado, o quizás lo abraza con amor dándole consuelo y decidido a acompañarle hasta el fin de los tiempos.

El canto del tiempo.

A lo lejos se escucha una trompeta que rasga el silencio, en ocasiones calla para que voces entonen de forma indistinguible un canto que supones lleno de nostalgia, decepción y tristeza, o tan sólo eso quisieras escuchar.

Un gallo le da la bienvenida al sol, o acaso reclama su presencia, temiendo no volverlo a ver, y mientras éste se eleva poco a poco, la noche se va perdiendo y se lleva consigo lo que sucedió, que quizás jamás sabremos; cuántas lágrimas fueron derramadas, cuántas por dolor, cuántas por felicidad; cuántos abandonaron el mundo, cuántos fueron recibidos y cuántos llegaron tan solo para morir; acaso hay alguien esperando que un médico sea capaz de salvarle, o quizás ese alguien se aferra al mundo a causa de alguien que ama; cuántos besos se dieron durante ese día que ya no está, el de una madre al despedir a su hijo, el de un hermano obligado después de pelear con su hermana, el de un niño autista a su perro, el de un padre impotente ante su realidad al darle las buenas noches a sus hijos, sabiendo que no podrá darles todo lo que necesiten, pero dispuesto a luchar para que ellos no vivan las mismas carencias que él.

El gallo canta y la trompeta lo acompaña, juntos buscan conseguir algo, él, despertar al mundo, ella, dormir viejos demonios a través de la catarsis del canto, le cantan a quienes ya no están, a los muertos y a los vivos que han decidido alejarse. Cantan con intensidad, incluso con furia, no saben sí ésta será la última vez que podrán hacerlo. Voces se les unen y por momentos cantan en armonía, y nos recuerdan que todos somos uno, y en ese canto, el del gallo que es vida y naturaleza, y el de la trompeta y las voces, que es canto de hombre, canto al instante, que no pretende la posteridad, se enfoca en el pasado para deleite del presente, generalmente acompañado de alcohol para desinhibirse y para curar las heridas internas, aunque la herida es en el alma y el proceso de curación no es el mismo del cuerpo. Ambos cantan y sin saberlo, son el canto de todos los vivos y todos los muertos, de todo cuanto ha habitado éste universo, desde ese concentrado de energía microscópica que estalló para seguirse expandiendo hasta el día de hoy, desde ahí, sin saberlo estaban juntos, pero es aún más, todos los que han muerto y que han nutrido la tierra y se han convertido en nuestro alimento, e incluso aquellos que expresaron sus ideas y han nutrido nuestro pensamiento, el espacio que algunos delimitan con líneas imaginarias no existe, las nubes que hoy nos miran desde lo alto, alguna vez fueron parte de ese gran océano que se encuentra al otro lado del mundo, lo que ayer comimos quizás fue sembrado más lejos de lo que pensamos. Y en la saliva de quien toca la trompeta y de aquellos que cantan se encuentran microorganismos vivos, y dentro de ellos, en sus testículos, semillas de humanos en potencia, que escuchan atentos ese canto y así, la línea continúa de forma ascendente, en un patrón circular.

Y mientras ese grupo de humanos se reúne a cantar alrededor de una mesa con alimentos y bebida, no se imaginan que quizás hace muchos años, en ese mismo punto un grupo de hombres cantaba y bailaba alrededor de un fuego ceremonial, y uno de ellos sentado en la tierra, mira el fuego con respeto y se detiene a pensar mientras el fuego baila y se eleva y le parece ver aquello que sucederá, pero no comprende bien el mensaje, así que cierra los ojos y comienza a interpretar las imágenes que se forman en su mente y aunque borrosas, logra captar algo, se ve a sí mismo sentado, frotándose las manos ante su comida, la imagen se difumina para convertirse en el rostro de alguien que ya no está, su sonrisa se borra y ahora la nostalgia se apodera de la fortaleza de la mente, no está dispuesta a negociar, se sabe vencido, siente como la invasión a avanzado hasta la garganta, le cuesta tragar saliva, y muy a pesar suyo ha perdido también el frente de los ojos que comienzan a mojarse, sabe que sólo es cuestión de tiempo para que el corazón caiga rendido, así que en valiente contraataque decide ponerse en pie y abrir los ojos, impedir el paso de la nostalgia, cortarle el paso. Con un suspiro busca librarse del invasor, expulsarlo con una exhalación sostenida, ayuda un poco. Alza la mirada y observa las estrellas, que comienzan a perder su formación, pero no es efecto de las lágrimas, es el tiempo que transcurre inexorable, giran en la bóveda celeste, danzan despacio, les resta toda la eternidad, para detenerse en formación escopeta, y quien las miraba cierra los ojos y recuerda aquellos que ya no están y aunque no es aquél que miraba el fuego, sí tiene mucha relación con él, ahora a quien vemos viste mezclilla y una chamarra lo protege del frío pero siente lo mismo que ese otro, de hace mucho tiempo que sentado en la tierra miraba el fuego.

La trompeta se ha callado, la fiesta ha terminado, cada quien se va a su casa, unos buscan continuar la fiesta, otros caminan sonriendo, pero cabizbajos, mirada resignada y pasos torpes, otros salen cantando acompañando a una trompeta imaginaria, la llevan en la cabeza, llegarán a casa, destaparán una cerveza y se quedarán dormidos en el sillón mientras el sol inunda la sala colándose por la ventana, reclamando la tierra debajo de esa construcción.

La trompeta calla, el sol sigue su paso sobre el cielo y aún a pesar de eso el gallo sigue cantando pero ahora lo acompaña un perro que quizás le pide a los muertos que han venido, reclamados por el canto, que se vayan a descansar.

martes, 19 de noviembre de 2013

El monstruo.

El monstruo que reside en su mente no le asusta, le aterra que su psique sea capaz de concebir esas ideas.

martes, 5 de noviembre de 2013

Sonrisa inmortal.

No recuerdo la última vez que la vi, pero sé que en ese entonces me miraba con tolerancia, con esa divertida curiosidad que nos provocan los niños al jugar cerca de nosotros. O al menos eso leía yo en su sonrisa.

Hoy la vi otra vez, me sorprendió verla un poco más desgastada, pero no es de sorprender los años han pasado y yo no soy el niño que corría alrededor de su base, ese que pasaba horas jugando con un lagarto de plástico, imaginando que ese pequeño depósito de agua era en ocasiones un mar, o un lago, o incluso un pantano, todo era posible.

Me dio cierta emoción darme cuenta del verdadero tamaño de ese patio, ya que hoy puedo calcular de mejor manera, en metros, lo que hace años era un jardín enorme, y es que la única razón de la discrepancia entre la medida que aloja mi memoria y la medida actual, además de que aquél que ahí jugó era más pequeño, es que el tamaño del patio estaba delimitado por la imaginación, no por el espacio físico.

Y cómo todo recuerdo de infancia, tiene varios elementos que se condensan en un momento que va mutando, no tiene forma definida, a veces me viene la imagen de mi papá sentado en un sillón, sostiene una cerveza tecate y sonríe, la imagen se agita y ahora veo la boquilla de la lata, granos de sal sobre los borde, y la veo acercarse a mí, bebo mientras mis manos sostienen la lata, y mientras mis manos son sostenidas por las de mi padre, mi cerebro activa unos cuantos resortes y mi boca saliva, siento el sabor de una cerveza ficticia, limón y sal resaltan el amargo, y mientras paso mi lengua por mi labio, la imagen se distorsiona y veo un señor de lentes, con bata a cuadros, sesea al hablar, siempre con una barba que pica pero que nunca termina de salir, es el esposo de mi tía, un ruido me obliga a volver la mirada y sin más, aparece mi abuela, siempre canosa, y aunque mueve la boca, no hay sonido en su voz, no recuerdo su tono, pero si recuerdo que regañó a Motita, su pequeña perra que me mordió una vez, y no sé si lo merecía, no sé si la provoqué o si acaso era mala, no lo sé, y mientras busco recuerdos de ella, me veo subiendo las escaleras de caracol, con un muñeco de plástico que tiene un paracaídas, también de plástico, lo aviento al patio, corro y vuelvo a subir, repitiendo la acción, siempre con una sonrisa y siempre ideando la forma de perfeccionar el aterrizaje de mi paracaidista, y así, en recuerdos, miro al muñeco de plástico y muta su forma a un pequeño luchador, máscara color plata, pintura gris le cubre aquello que simula los pantalones, y lo veo luchar con un lagarto de plástico, pero de momento no es plástico, son escamas lo que siento, y del fondo del lago emerge un poderoso dinosaurio, afortunadamente hay un poderoso guerrero capaz de enfrentarlo, se acerca volando y está listo para enfrentar la amenaza, con sus poderosos brazos somete al dinosaurio, quien lucha por su vida, busca repeler el ataque, no lo logra,a decidido huir pero nuestro héroe lo persigue al fondo del lago, en la confusión del combate escucho que gritan mi nombre, es mi madre, que me hace saber el hecho de que mantenerme seco conviene a mis intereses, porque en caso contrario, "voy a ver...", así que el combate se va a la selva, ambos vuelan y se alejan de la fuente, mientras ella, la mujer sin nombre me mira divertida, sintiéndose cómplice de mis juegos, me mira con tolerancia, de igual forma que vemos jugar a los niños pequeños.

Hoy la he vuelto a ver, su rostro se ha difuminado, le ha ocurrido lo que a muchas personas que no frecuentamos, su rostro ha perdido sus rasgos, poco a poco se ha materializado el olvido. No hay resentimientos, no nos reprochamos el largo tiempo sin vernos.
Y así, como hace muchos años, me quedé con ganas de pasar más tiempo en ese jardín.

Afortunadamente aún conservo el toque, me di tiempo para imaginar un explorador representado por mis dedos, quien salió nadando del lago, escaló una antiquísima mujer esculpida en el valle, quien ha perdido su rostro a causa de la erosión, para al final besarla en esos labios que por siempre dibujan una sonrisa.

miércoles, 30 de octubre de 2013

De muertos tan vivos.

Quizás al llegar al cielo, nos esperen con todas esas chanclas que, siendo niños, nos robó el mar.

¿Con qué seguridad podemos afirmar que los muertos no están entre nosotros? Quizás ese viejo que te sonrió en la mañana era tan sólo un alma recorriendo éste mundo de forma curiosa.
Es posible que, conscientes de la indiferencia actual, los muertos se paseen entre nosotros, seguros de que no los reconoceremos, seguros que nadie se preguntará, ni acaso se alarmará por su presencia. Se sientan junto a nosotros en el transporte público, nos piden permiso para pasar, fingen tener prisa e incluso disimulan su sonrisa con una cara que pretende demostrar tedio, por eso no los reconocemos.

Y mientras hombro a hombro recorren una ciudad fría, de calles mojadas y olores que desde temprano la van inundando, allá huele a pan, acá a tamales, y todavía más allá, bajo una lona roja, se arma un puesto de garnachas. Y así, los muertos y los vivos abren las ventanas de las fosas nasales y dejan entrar el aroma de una ciudad que los aloja por igual. Ambos dejan escapar un suspiro, los vivos por antojo y tedio de ir a donde no quieren, y los muertos por no poder disfrutar lo que nosotros vemos con indiferencia, extrañando esa rutina que también llegaron a despreciar.

Quizás esos muertos nos regalan un poco más de vida, son la señora cargada de bolsas que tarda en bajar del camión, causando que nos retrasemos unos segundos, para que unas calles más adelante nuestros pasos no coincidan con aquél delincuente que, empuñando un cuchillo, esperaba; son el niño que tira sus dulces, y al que ayudas de forma paciente a recogerlos y son esos segundos de retraso los que, a fuerza de causalidades, te llevan a conocer al amor de tu vida; son esos ojos que te cautivaron, obligándote a frenar el paso mientras caminas por la ciudad, y esa demora, aunque insignificante, es la causa de que calles más adelante, el auto que debía impactar tus piernas, tan sólo te asuste de forma repentina al cruzar delante de ti a gran velocidad; son la llamada que alguien hizo a tu casa cuando eras niño, y son ese silencio que te obligó a esperar una respuesta, y justamente esos segundos causaron que al llegar a la tienda no te encontraras con el pedófilo que había estado bebiendo un boing de mango; son la suma de pequeños eventos que cambian tu vida, son esa sonrisa que te deja pensando, son esa sonrisa tan viva que no parece pertenecer a este plano, son ese rostro surcado de arrugas, esa sonrisa sin dientes, esos ojos que entrecerrados sonríen también y se esconden debajo de un sombrero de paja, y es el conjunto, ese rostro inocente y a la vez tan viejo lo que te deja pensando si acaso  los muertos ocasionalmente nos visitan.

Y justo antes de bajar de la combi ese señor que me había sonreído antes en el trayecto, dejó caer una moneda, yo me agaché y se la dí en la mano, para después mirar sus ojos llenos de vida y de esa sonrisa alegre y a la vez traviesa, como la de un niño, salió un gracias.

Quizás esos segundos de demora me dieron algunos años más de vida, entonces el agradecido debo ser yo...

jueves, 3 de octubre de 2013

Huyes, deseando ser atrapado.

De sus fauces pude escapar una vez, corrí buscando refugio, pero con el oscuro deseo de ser capturado. Mientras corría pude escuchar el ruido de sus patas golpeando con furia el asfalto, su respiración sentí en mis talones y mientras mi corazón bombeaba con fuerza, decidí realizar un quiebre, detuve la carrera abruptamente y cambié de dirección, pero una piedra me hizo resbalar.

Mi mano derecha tocó el suelo apenas un segundo, pero esa desventaja selló mi derrota.

Posó su pata en mi costado mientras su lengua reclamo para sí mi rostro.

Yo reí, ella ladró y mientras el sol se ocultaba detrás de los volcanes volvimos a correr.
No tiene nada de espectacular ver a alguien correr con su perro, así que los adultos nos ignoraban, pero alcancé a notar a algunos niños que asombrados nos miraban, y más de uno sonrío animado, tal como aquél que entonces rió y ahora tan solo sonríe.

Puede ser que dentro de algunos años recuerde éstos días con nostalgia. Será mejor vivirlos al máximo.

miércoles, 2 de octubre de 2013