El día del fin del mundo decidió escuchar música y masajear
su cerebro con los recuerdos.
viernes, 20 de mayo de 2016
jueves, 19 de mayo de 2016
Calor en la ciudad.
Una gota de sudor se desliza por su espalda como lo haría un velero queriendo llegar al horizonte.
Baja con la fuerza de una lengua.
miércoles, 18 de mayo de 2016
Ese polvo que cubre mis libros, es una parte de mí.
La gente tiene la costumbre de preguntar de dónde eres,
aunque poco le importa la respuesta, y cuando les dices dónde naciste y dónde
creciste y dónde vives, algunos se interesan, otros simplemente asienten y
pasan a otra cosa. A mí a veces me delatan los recuerdos y me sorprendo al
hablar con tono del bajío, cantadito le dicen. Y a veces me preguntan dónde
viví, como si hiciera alguna diferencia, lo que importa son las calles que
recorrí, las tardes que estuve esperando el camión rodeado de extraños que
también tenían calor y hambre, los días que recorrí una ciudad que hoy no me
extraña y que tampoco me reclama, pero eso no importa, lo que importa son las
personas que conocí, las amistades que forjé y las promesas que nunca cumplí.
En estas calles a veces me sorprendo pensando en algún
destino que no pertenece a esta ciudad, y me imagino llegando a un centro
comercial que está en León y que por tanto no podré visitar, o a veces me
sorprendo al mirar atento un carro, esperando que seas tú y poder irnos a algún
lugar a perder el tiempo, mientras ponemos música y platicamos de nada y por
tanto de todo y repasar las cosas que hicimos y que así nos sorprenda la noche
y ninguno de los dos queriendo regresar a casa.
A veces al cruzar la calle y doblar una esquina, imagino que
estás ahí y quizás por eso me doy la vuelta y regreso y pasó al mercado y
abordo el metro y me pierdo en un mar de cabezas indiferentes que poco les importará
cuando me vaya pues ni siquiera notan mi presencia.
Aquí ni siquiera la lluvia puede detener el lento andar de
la ciudad, pues no hay diluvio que detenga la necesidad, un plástico en la
espalda y el señor de los tamales sigue vendiendo, los tacos no cierran,
improvisan un techo y medio tapan las salsas y el pastor que se defienda solo.
Los bares no dejan de vender alcohol, pues los recuerdos no dejan de galopar
ante la lluvia, igual pasa con el calor, no hay sudor que obligue a nadie a
quedarse en casa, ahí vamos sudando todos juntos, algunos ya alucinando
mientras el chofer del metro se detiene cada vez que le parece ver una
cucaracha y al perderla de vista reanuda el paso y así nos tiene acalorados,
con la corbata bloqueando las ideas que suben al cerebro y eso que apenas el
día comienza. Por eso algunos siempre van con prisa, huyendo de los demás.
Esta ciudad es todo y nada, es un ente vivo que respira
cultura y exhala violencia, es un ser que muta a cada segundo, nada permanece,
los rostros a los que uno empieza a tomarles cariño duran poco, el cajero
educado que siempre saludaba ya no está, lo cambiaron por una señora que
pareciera venir de un lugar donde gracias y por favor son groserías y aventar
el cambio es la forma de apreciar una compra. En fin, todo se va y nada
permanece, me pregunto si alguien el algún lugar se preguntará que le pasó a
ese muchacho morenito, el que hablaba
bien el inglés y que siempre me saludaba como si fuéramos amigos y que siempre preparaba
mi subway con cariño, como si lo fuera a comer él, a ese que alguna le vez le
dije al ver a su compañera “such a beautiful ass!”, o acaso alguien al ir a ese
restaurante donde trabaje, note mi ausencia y le pregunte al mesero qué le pasó al cajero que siempre estaba
haciendo algo, o si alguien con quien alguna vez hablé por teléfono marque
deseando hablar conmigo, quizás sí, yo a veces me sorprendo deseándole buena
suerte a personas con las que tuve una sola interacción en mi vida.
No tengo una identidad definida, la historia mía se va
escribiendo poco a poco y aún hay en el tintero un par de ideas que quiero
desarrollar, ya pude cumplir un sueño, estar sólo en un súper al cerrar, deseo
efímero que quise cumplir de niño y que hoy con satisfacción puedo decir que he
cumplido y si hay un dios y al llegar con él me dice, “te mandé a ser feliz, ¿qué
hiciste?”, podré decirle con orgullo que varias cosas que deseé hacer las hice.
Algunas siguen pendientes, pero en eso ando y quizás cuando cumpla 80 años
podré publicar mi libro para niños ilustrado por mí y quizás con una mano que
baila al ritmo del parkinson le escribiré a tu nieto una pequeña dedicatoria en
el libro que llevará mi alma en cada letra.
Hasta entonces.

Fire Within.
La llama que escupe el encendedor es en esencia, como yo,
cada día una llama idéntica a la del día anterior y sin embargo distinta. Lo
que me motivó a levantarme el día de ayer no es lo mismo que hoy me invitó a
dejar el cálido abrazo de las sabanas. Cuando niño era yo una llama que
iluminaba de forma tímida, hoy tengo el potencial de ser llamarada que ilumina
a los demás, o que por el contrario se convierte en destructivo incendio y que
carcome la materia para dejar solo un vestigio de cenizas.
Emisor - Receptor - Mensaje.
El loco le escribió un poema a la lucidez en una noche de
luna llena, uno de esos días en que decidió ser chofer del camión que era su
vida y no pidió aventón, contó los vellos de su brazo derecho y al notar que
todo estaba en orden, mordió un lápiz, para así extraerle las ideas mientras
que con la mano izquierda extendía una hoja de papel, acariciándola como el
carnicero acaricia el trozo de carne, justo antes de cortarlo y robarle su
esencia. Le tomó cinco segundos escribir el poema que tardó años en redactar,
lo tatuó en la piel de ese papel que alguna vez fue árbol y lo aventó por la
ventana como alguien que escupe un pelo de gato, blanco y no negro, pues los
pelos de gato negro no se pegan a la lengua, sino al paladar.
El señor iba caminando por la calle, pensando en aquella
persona que no podía olvidar y que jamás podría encontrar por estar muerta. Llevaba
meses pensando en ella y en lo que había quedado por decir, en todo lo que quedó
pendiente por hacer y en la forma en que le explicaría a su hijo porqué mamá no
estaba y porqué nunca volvería, ¿cómo
explicarle a alguien que aún no sabe hablar bien, el hecho de que la muerte ha
marcado su vida?
El pedazo de papel golpeó su rostro de la misma forma en que
nos golpea una epifanía y durante toda su vida agradeció al anónimo que
escribió lo que tanto necesitaba leer:
-No me busques más,
ya me cansé
de esconderme.-
JdJREM.
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