viernes, 12 de octubre de 2007

Tierra en las uñas.

Una mano daba cobijo a la otra y con cariño infinito el pulgar de la derecha acariciaba la palma de la izquierda, tal cómo hace un amigo en la espalda de aquél que ha perdido un ser querido. Las arrugas se extendían por todo el cuerpo al igual que los dolores, el cansancio acumulado en las articulaciones, carcomidas por la artritis como el óxido que devora el metal, y le roba su vitalidad. La espalda encorvada, cansada de cargar tantas preocupaciones, tantos desvelos, tantas carencias, tantas decepciones y tantos cabellos que de a poco cayeron, abandonándole igual que sus ideas y sueños. El rostro surcado de arrugas, túneles para que el sudor desbocara en el mar del pecho y para que las lágrimas encontrarán el camino a casa, el camino hacia el corazón. Unos ojos cansados de tanto decir adiós a sus sueños, a los seres queridos que decidieron irse antes, a los animales que no quisieron esperarlo, a lo que quiso algún día, a su juventud... Las piernas de un campeón también caducan, las de él dolían. En las rodillas llevaba el peso de su tronco y el de su familia y en los tobillos soportaba todo su ser, todos sus miedos, toda su pasión, todos sus sueños... Si alguien le hubiera dicho a ese joven de dieciocho años que terminaría así, se hubiera reído y nos habría asegurado que su destino auguraba riqueza y bienestar, pero nadie se lo dijo, nadie le hizo ver que la vida tiene voluntad propia y dispone las cosas de una forma, depende de nosotros enfrentarla y en caso de ser necesario, obligarla a cambiar. A lo lejos unos gallos cantan. No esperan el sol, sino la muerte. Tiene nombre, como todos, pero desafortunadamente de poco importa. Ya no. Los mejores años de su vida los dio con gusto a su campo y a sus animales, a sembrar la comida que muchos tiran a la basura, sólo porque se sirvieron demasiado, sin pensar en el sudor y el esfuerzo que costaron. Ahora respira con dificultad, se le ve vencido, así acostado en un pequeño catre, arrodillada a su lado su mujer intenta darle de beber, pero él, siempre testarudo, se niega, incluso en esas condiciones quiere ver la muerte a los ojos. Tantos años huyendo de ella, pero hoy ya no puede correr, así que ahí la espera, paciente. Su cuerpo desnudo suda y tiembla por causa de la fiebre, las lágrimas se confunden con el agua fría que la mujer coloca en su frente al mojar un trapo, intentando aplazar lo inevitable, él lo sabe y le ordena que se detenga al colocar su mano sobre la de ella y con una voz apagada le pide perdón por no haberla tratado bien, ella ya no puede contener las lágrimas y la presa que las contenía cede inundando también su garganta y así, aunque lo desea, no puede decirle "viejito, no te disculpes, te quiero y no quiero que te vayas, te necesito conmigo, no se que voy a hacer si te mueres, no se que voy a hacer si te vas, por favor no me dejes... Por favor no te vayas..." El sol comienza a asomarse por detrás del cerro y se filtra por la ventana, acaricia la mano de nuestro héroe y en esa caricia le afirma que ya está ahí, que no sería capaz de dejarlo sólo, siempre trabajaron juntos, siempre que se asomaba por detrás del cerro lo veía dándole de comer a sus animales o yendo por agua, o abrazando a su "viejecita", o dándole la bendición a sus hijos que ya eran unos hombres y siempre que se iba lo veía de pie mirando hacia el horizonte, justo donde iba a esconderse cada tarde y siempre levantaba su mano y le decía gracias y sólo hasta que el último rayo de luz era visible, bajaba su mano y se iba a descansar. Al sentir el calor del sol en su mano, como la caricia de un amigo que viene de lejos sólo para despedirse, supo que era hora. Miró a sus dos hijos que habían estado de pie en el marco de la puerta y tan solo con una mirada les pidió que se acercaran, cada uno a un lado de la madre se posó y ella, la madre necesito de ambos para soportar lo que sabía que vendría. Con las pocas fuerzas de su mermado cuerpo levantó su cabeza y beso a su compañera de toda una vida en la frente con un amor infinito, se volvió a acostar y colocó su mano en el pecho sobre el corazón, su mujer lo imitó y después sus hijos. En un gesto casi imperceptible saludó al sol, posó su mano sobre la de ellos y acomodando la cabeza en la almohada les pidió que la cuidaran. Después todo ocurrió en un instante: él cerró sus ojos y en esa acción activó los resortes de la memoria, causando una sonrisa infantil que el corazón interpretó como la señal que había esperado tanto tiempo para poder descansar y justo en ese último palpitar el alma salió disparada por la fosa nasal izquierda, acarició el cabello blanco de su viejecita y su mejilla a forma de despedida para abrazar a sus hijos al rodearlos y escapar de ahí junto a un viento que pertenecía a la noche, pero había esperado para llevarlo a recorrer su campo por última vez, antes de elevarse majestuoso. Sus hijos lloran desesperados, justo como el día que llegaron a este mundo, su madre los sujeta con fuerza, ellos creen que es apoyo, pero en verdad está luchando para no irse detrás de su viejo. Las flores y la hierba se agitan y le despiden, los animales lloran, los árboles mecen sus ramas desconsolados. Ese día quien hubiera probado el rocío, habría percibido un toque salado, como el sabor que dejan las lágrimas tanto tiempo guardadas... Dedicado a todos los héroes anónimos que entregan su vida al campo.

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