miércoles, 19 de diciembre de 2012

Del fin del mundo y otras cosas...

Las manos le sudaban mares, el sabor a miedo se acentaba en las encías, mermadas de tanta nicotina. Los ojos, desesperados, intentaban hacer contacto con alguien mientras levantaba la mano derecha, donde una vieja receta enmicada acumulaba su sudor.

Hay quienes dicen que hace falta mucha decisión para pedir limosna y hay quienes dicen que hace falta mucho valor para exigirla. A él nunca le remordió la conscienca, en cuanto bajaba del camión para contar los centavos se olvidaba de sus benefactores.

Hoy era distinto.

-¿Me da chance jefe? -Decirlo en tono de súplica, pero sin rebajarse. Subir al camión aclarar la garganta y repetír el guión aprendido de memoria, hacer enfasis en la parte que decía "no me subo con las manos vacias, mira, sino que pongo en tus valiosas manos éste rico chocolate/dulce/caramelo y/o lo que tuviera en ese momento, porque eso es mejor que subirme a robar..." en ese momento hacer una pausa era vital para el éxito de las ventas, esa pausa era una invitación y una advertencia, una invitación a dar unas monedas por voluntad propia, y una advertencia, porque a cada pasajero lo vería a los ojos al entregarle "el producto", ese contacto visual era la mejor forma de intimidarlos.

-Súbete rapido güe!

Ante la desesperación del chofer, despertó. Dio las gracias y mientras subía a la unidad, se aclaró la garganta. Hoy no llevaba dulces o ricas golosinas, hoy llevaba la receta enmicada, aquella que usaba sólo en ocasiones especiales, era un as marcado, su último y más efectivo recurso. Esa receta que encontró un día en la calle, le hizo ganar cientos de pesos en pocas horas, era su amuleto. Hoy iba decidido a utilizarlo por última vez.

A punto estuvo de utilizar el guión de rutina, al menos lo deseo al ver un camión con todos los asientos ocupados, sin embargo repitió aquel script aprendido el día anterior.

"Damita, caballero, antes que nada te pido una disculpa por interrumpir tu viaje, tu lectura o hasta tu sueño, pero la verdad es que me veo en la penosa necesidad de subir a éste camión, receta en mano que como puedes ver no ésta a mi nombre, sino al nombre de una mujer, mi hija..." -los resortes de la memoria se activaron en ésta parte, causando que los engranes encargados de articular las palabras se trabaran. Después de tragar saliva, esa saliva que sabía a fierro, continuó. "Eso es lo que he venido diciendo, repitiendo como loro, pero la verdad es que no vengo a pedirte dinero, ni siquiera de tu compasión, es más ni siquiera pretendo causarte lástima, tan sólo quiero ofrecerte una disculpa, quizás alguna vez nos hayamos cruzado y te haya pedido una moneda, sí así fue, lo siento mucho. Ésta receta ni siquiera es mía, me la encontré tirada en la calle. Como muchos aproveché la situación para pedir unas monedas, unas centavos para comprarme muchas cosas, no te voy a mentir, compré muchas caguamos y tabacos, pero jamás droga... Y lo peor de todo -una lágrima rodó por su mejilla, justo por el zurco formado por una vieja cicatriz- es que a mi hija no le compré ni un detalle, ni un sólo dulce o chocolate..."

Captar la atención de cuarenta y cuatro pasajeros es dificil, despertarles alguna emoción, casi imposible.Él lo logró, algunos lo miraban con lástima, algunos con odio, otros con una sorpresa infinta.

"Te preguntarás por qué me subo a contarte ésto, la verdad es que antier mi hija me pidió que ya no dijera mentiras, me dijo, papi, ya va a venir santaclós y se va a enojar si sigues diciendo mentiras, yo le mandé una cartita diciendole que ya te vas a portar bien... por favor papi... Yo le juré que no lo volvería a hacer, pero todo lo que he hecho me lo ha cobrado dios... Mi hija ayer..."

Es entonces que somos testigos de como un hombre de deshace en lágrimas, y entendemos perfectamente lo que no nos dijo, entendemos que su hija murió y que aquél hombre carga una culpa de la que quizás jamás podrá librarse. Y así sin más en menos de diez minutos comprobamos que su mundo se ha acabado, que lo que era ya no es y que lo que fue ya no está.
Cabizbajo desciende del camión, se sienta a esperar, no sabemos si otro camión o si acaso espera ser perdonado.

Tragamos saliva y descubrimos esa sensación que nos distingue de los animales, esa que ha recibido tantos nombres, pero que en esencia nos dice que seguimos vivos, son esas ganas de llorar por el infortunio ajeno las que nos hace humanos.

Nunca lo escucharemos de su boca, pero su final, el que tenía planeado rezaba algo así como: "por eso les digo, que no importa lo que nos pase en el día a día, debemos estar agradecidos, por lo que se nos da, por lo que se nos regala, por lo que tenemos, familia , amigos, salud, donde dormir, qué llevarnos a la boca, aunque sea un taco de sal... Yo pensé que lo que me hacía falta era dinero, pero no me daba cuenta que tenía lo que necesitaba, que sólo era cuestión de aprovecharlo al máximo." Entonces daba las gracias y se bajaba del camión, ese era el plan, recitar unas cuantas palabras, no más. Y sin embargo, ese veintiuno de diciembre, acabó entregando un pedazo de su alma.


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