miércoles, 2 de abril de 2014

Mi gratitud infinita.

Alguna vez leí/vi que a los maestros espirituales se les puede encontrar en el día a día, siempre y cuando se tengan los ojos abiertos.
Hoy me encontré dos maestros en mi camino.
Una muchacha que vive en la calle me enseñó lo que es la generosidad y la gratitud. No es la primera vez que la veo y tampoco la primera en que me acerco a regalarle algo de comer, pero está vez mientras me acercaba, noté que junto a ella estaba un perro negro, ella comía un pequeño trozo de pan, y así sin más, lo partió a la mitad y se lo ofreció al perro, tal como ofrece un enamorado una flor, no lo arrojó al suelo ni se lo aventó a la boca, sino que extendió su mano para que el perro lo tomara y cuando lo hizo, ella le sonrió como se le sonríe a un hijo, con paciencia infinita y amor. La segunda enseñanza me la regaló cuando, al yo extenderle un tamal, se puso en pie y sonriendo, lo tomó, me dio las gracias viéndome a los ojos, para después sentarse y decirle a su perro, mira negro, el señor nos trajo un tamal, dale las gracias.

Es difícil derribar las barreras mentales, dejar los prejuicios, pero una vez que se hace, es posible aprender a cada paso.

Mi segundo maestro hoy, fue una vieja perra, que en el pasado me espantó en más de una ocasión al correr había mi con clara intención de morder, hoy al verla recostada en la banqueta, inmediatamente me detuve y pedí a mi perra que se sentara, para al menos tener tiempo de pensar qué hacer. Y así, sin más, la perra se puso en pie y con una calma infinita, se acercó a nosotros, olió a mi perra y a mi me dirigió una mirada calma, agachó la cabeza y se dio la vuelta. Le doy gracias por enseñarme a no vivir en el pasado, la gente puede cambiar y no debemos encasillarla, predisponernos a lo que es. Le doy gracias por enseñarme a vivir el aquí y ahora.

A ella, le doy las gracias por enseñarme la humildad que sólo he visto en las personas que no tienen nada que perder, en aquellos que no se aferran a las cosas, que no se definen por lo que tienen, ni por el lugar donde viven, ni por la tela que los viste, ni por lo que cargan en las bolsas, ni por el número de cosas que los poseen.

Y sobre todo le doy gracias por recordarme el poder de una sonrisa. Por no preocuparme, sino ocuparme.

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