martes, 2 de octubre de 2012

Treinta años y una semana después.

Hace treinta años y una semana que este mundo me dio la bienvenida.
A sido un constante ir y venir, ganar y perder, las cosas no son
eternas y es un error aferrarse a ellas.
No es que me esconda, no es que no haya tenido nada que decir, tan
sólo es que ahora plasmo mis ideas y mi poesía en papel, no en 140
caracteres, o en pixeles.

Son los cambios los que nos van dando forma, es el viento y la lluvia
que insistente golpea la roca, la que la esculpe. Es el diario suceder
el que nos va forjando, sigo atento a las cosas que me suceden, a los
regalos que se me dan día a día.


Creo en los fantasmas, y el día que cumplí treinta, varios visitaron
mi sueño, quizá algún día yo vendré con ellos a visitarte a tí, a
contarte cosas que no entenderas.

En sueños vi dos fantasmas con sombrillas, la lluvia amenazaba con
llegar, pero jamás tocó la piel que mi psique recreó en sueños. La
luna quería besarlos, desesperada los seguía, mientras ellos
divertidos se escondían.

Al terminar el sueño alcancé a escuchar a la luna que suspiraba,
mientras decía, "ya será otro día..."


Pregúntale a mi sombra, ella fue testigo, tanto del sueño, como de lo
que me ha ocurrido estos treinta años, quizás ella recuerde mejor
aquella vez que en la primaria me fulminaron unos ojos negros. Fue un
amor de niño, un amor inocente, un amor en toda la extensión de la
palabra. Se llamaba Ana Laura, quizás siga entre nosotros, pero la
niña que yo conocí, fisicamente, ya no está, se encuentra su
prolongación, o su sombra, pero no ella, no la que me hizo suspirar
tantas tardes, la que me hizo pensar en ella y dejar los deberes para
después.

Fue ella, mi sombra, la que leía sobre mis hombros los cuentos y la
incipiente poesía que le dediqué, primero a ella, después a quién sí
pude decirle que la amaba.

Me acompañó sin quejarse mientras deambulaba, mientras me perdía
viendo como la luz del sol se filtraba entre las hojas de los árboles
que nos cubrían, yo pensando en tantas cosas, ella, no lo sé, quizás
es mi sombra la que vive mis sueños y es ella la que me susurra al
oído de forma calmada lo que vio, lo que hizo, lo que le apetece y es
mi imaginación la que se encarga de interpretar las palabras, darles
forma y recrear mundos increíbles. Nunca he sido severo con mi psique,
si bien es cierto que muchas cosas de las que sueño no tienen sentido,
pero no la culpo por no saber entender lo que mi sombra se esfuerza en
narrar.


Quizás cuando yo muera, mi sombra se irá al mar, caminará un rato,
sentirá como la luz del sol se va perdiendo y va cediendo ante la
oscuridad de la noche, y mientras ella también se desvanece, escribirá
en la arena, FIN, para alcanzarme dondequiera que este.

Treinta años y una semana después, sigo agradecido de la vida que
tengo, cuento entre mis amigos a todos los escritores que no conocí,
pero que me han acompañado y cuyas letras me han inspirado a imitarles
de forma torpe, pero sincera.

Día a día forjo lo que soy, día a día me va dando forma, y hoy,
treinta años y una semana después, sonrió de todo lo que me ha
sucedido.
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