miércoles, 1 de julio de 2015

¿Qué tan buena fue tu actuación?

 

Poco a poco adquieres consciencia de ti mismo, mueves el dedo gordo del pie y sólo entonces recuerdas que lo tienes, ahora inhalas eso que te rodea y que te dijeron se llama aire, lo sientes inundar tus pulmones, dos cavidades que jamás viste, pero que sabes que están ahí.

 

En medio de la oscuridad un motor comienza a andar, identificas el sonido con recuerdos de infancia.
El aroma a mantequilla te embriaga, sin moverte, has sido transportado a los días en que la felicidad se proyectaba en una pantalla de tela y justo cuando la cinta alcanzaba su clímax la audiencia era forzada a esperar un momento, alguien te dijo que lo hacían para vender más palomitas…

La luz que ilumina la pantalla, proveniente de un viejo proyector, comienza con imágenes borrosas, conforme alguien se toma el tiempo de ajustar el lente, identificas un hospital, gente que va y viene, la cámara se mueve entre todos sin estorbar o chocar con nadie. Escuchas ruidos, pero no entiendes lo que dicen, quizás es porque al no proporcionar datos relevantes a la historia, no tiene sentido que se escuchen esos diálogos. La cámara sigue recorriendo el hospital, y tú con ella. Por la sucia ventanilla de una puerta giratoria alcanzas a ver un grupo de personas que visten batas blancas, en medio de ellas una señora sufre dolores inconcebibles, sólo ahora puedes comprender y sentir su dolor. Tú desde el asiento, intentas ver su rostro, pero la cámara no se mueve contigo y además hay un médico justo a un costado de su rostro, limpia su sudor y mientras coloca su mano cubierta de látex sobre su frente, se acerca a ella, al punto donde supones se encuentra su oído y a pesar de que no puedes escucharlo, sabes que sus palabras buscan reconfortarla, a pesar de que nadie puede vivir como propio un dolor ajeno, y mucho menos calmarlo.

 

La película sigue su curso y lo que en un inicio intuías, se confirma conforme avanza la película, es tú vida lo que se proyecta. Eres capaz de ver tu rostro de niño, cuando apenas comenzabas a tener consciencia de ti mismo, y del mundo. Tus primeros pasos son hilarantes y es curioso que las lágrimas de felicidad vengan del mismo lugar que aquellas que se asoman al ver rostros que viste tan poco tiempo y que sin embargo amaste como a nadie.
Hay cosas y eventos que habías olvidado, como aquella vez que guardaste tu dinero en un calcetín y para protegerlo lo enterraste en el jardín, o aquellas tardes en que jugabas a tocar la guitarra frente a tus amigos y compañeros de clase, siendo el centro de atención, todos aplaudían y tú sonreías con satisfacción, porque incluso ella, la que robo tus primeros suspiros al saber adueñarse de tu mente, te miraba y sonreía cómo nadie.

Todo desfila frente a ti y puedes recordar vívidamente cosas que creías habían sido inventos de tu psique, incluso recuerdas aquello que tanto esfuerzo costó reprimir, la muerte de tus seres queridos, las palabras que te marcaron para siempre, muy a tu pesar, los amigos con quienes tanto conviviste y que años después apenas y podías recordar por nombre.

 

Cuando por fin comprendes la razón por la cual se te muestra la película, a pesar de lo que podrías pensar, no te causa malestar físico, al contrario, te sientes liberado y comprendes lo obvio, la única razón para estar sentado ahí, es porque tu vida llegó a su fin, recorriste lo que tenías que recorrer, viviste lo que te correspondía, las decisiones tomadas están, no hay vuelta atrás, no puedes deshacer lo que hiciste y ya no queda tiempo para nada más. El tiempo se ha acabado.

 

Las luces se encienden y mientras tus ojos se acostumbran a la nueva luz, escuchas unos aplausos, volteas la mirada y todos aquellos por los que lloraste alguna vez se acercan a tí mientras sonríen y aplauden con orgullo.

 

Ella se sienta junto a ti y toma tus manos con la ternura infinita que sólo una madre puede sentir, y mientras mira tus ojos te pregunta, ¿y bien, que te pareció?

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