domingo, 9 de junio de 2013

Divagación matutina.

Mientras esperas a que se enfríe tu café, observas por la ventana la lluvia que cae tímidamente, sabe que no es bienvenida, pretende que su insistencia le de legitimidad o quizás sentido. El golpeteo de la cuchara te recuerda a ese viejo tren de juguete que tan insistentemente habías pedido a tus padres, pero que había permanecido oculto en el baúl de lo viejo, de lo que ya no usas,o de lo que no sabes cómo usar...
Piensas que sería buena idea viajar en tren, lástima que ya no hay, te conformas pensando que hoy viajarás en metro, siempre de un punto a otro corriendo para llegar, y al llegar, deseas salir de ahí.
Ese acto reflejo que supone soplar sobre la taza, inhalar ese aroma que te recuerda tu infancia, tú bebías leche mientras ese aroma inundaba la cocina, impregnaba las cortinas, justo ahí en la esquina de la misma, esa que quemaste sin querer un día, siempre nervioso cuando alguien se acercaba demasiado, imaginando el regaño, ese que podrías recitar de memoria, pero que jamás ocurrió. No puedes evitar mirar la esquina de tu cortina, buscas alguna quemadura, que evidentemente no encuentras.
Pruebas tu café y piensas en toda esa gente que no conoces y que comparte contigo tanto, y a la vez tan poco, esencialmente somos lo mismo, pero no sabemos nuestros nombres.
Es más no sabes si tú has forgado al nombre o si por el contrario el (los) nombre(s) han hecho lo propio. Fuiste pepito, chucho, pepe chuy, josé, meillon, pinguas, el pingüino, joe y otros que has olvidado, pero hay quienes te recuerdan sólo con ese nombre, sólo conciben esa parte de tí, no conocen al conjunto, al todo. Imaginas que ésto se podría explicar con una analogía burda, pero efectiva, las bandas, comienzan sonando a algo y terminan con otro sonido distinto, y así te imaginas a ti mismo, cada persona que te conoce, conoce una faceta tuya, una perspectiva del mismo todo, de igual manera tú conoces sólo una o unas facetas de los que llamas tus amigos, y cuando pasa el tiempo y podemos verlos otra vez, pensamos, pero que cambiado está parece otro... Y quizás el problema no es que cambien, todo cambia, no lamentas el cambio en sí, lamentas no haber sido parte, o al menos testigo...
Terminas tu café, esperas que la cafeína haga lo suyo, que los sueños que merodean tu cabeza, como abejas, se alejen y te permitan pensar con claridad, frase que has oído hasta el cansancio, pero que hoy a tus treinta años, no puedes explicarla.
Cómo tampoco puedes explicar tu sueño, sirves más café, pretendes descifrar los mensajes que te envía tu psique, mientras afuera las nubes han tomado al cielo cómo rehén y parecen no querer negociar...

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