miércoles, 30 de octubre de 2013

De muertos tan vivos.

Quizás al llegar al cielo, nos esperen con todas esas chanclas que, siendo niños, nos robó el mar.

¿Con qué seguridad podemos afirmar que los muertos no están entre nosotros? Quizás ese viejo que te sonrió en la mañana era tan sólo un alma recorriendo éste mundo de forma curiosa.
Es posible que, conscientes de la indiferencia actual, los muertos se paseen entre nosotros, seguros de que no los reconoceremos, seguros que nadie se preguntará, ni acaso se alarmará por su presencia. Se sientan junto a nosotros en el transporte público, nos piden permiso para pasar, fingen tener prisa e incluso disimulan su sonrisa con una cara que pretende demostrar tedio, por eso no los reconocemos.

Y mientras hombro a hombro recorren una ciudad fría, de calles mojadas y olores que desde temprano la van inundando, allá huele a pan, acá a tamales, y todavía más allá, bajo una lona roja, se arma un puesto de garnachas. Y así, los muertos y los vivos abren las ventanas de las fosas nasales y dejan entrar el aroma de una ciudad que los aloja por igual. Ambos dejan escapar un suspiro, los vivos por antojo y tedio de ir a donde no quieren, y los muertos por no poder disfrutar lo que nosotros vemos con indiferencia, extrañando esa rutina que también llegaron a despreciar.

Quizás esos muertos nos regalan un poco más de vida, son la señora cargada de bolsas que tarda en bajar del camión, causando que nos retrasemos unos segundos, para que unas calles más adelante nuestros pasos no coincidan con aquél delincuente que, empuñando un cuchillo, esperaba; son el niño que tira sus dulces, y al que ayudas de forma paciente a recogerlos y son esos segundos de retraso los que, a fuerza de causalidades, te llevan a conocer al amor de tu vida; son esos ojos que te cautivaron, obligándote a frenar el paso mientras caminas por la ciudad, y esa demora, aunque insignificante, es la causa de que calles más adelante, el auto que debía impactar tus piernas, tan sólo te asuste de forma repentina al cruzar delante de ti a gran velocidad; son la llamada que alguien hizo a tu casa cuando eras niño, y son ese silencio que te obligó a esperar una respuesta, y justamente esos segundos causaron que al llegar a la tienda no te encontraras con el pedófilo que había estado bebiendo un boing de mango; son la suma de pequeños eventos que cambian tu vida, son esa sonrisa que te deja pensando, son esa sonrisa tan viva que no parece pertenecer a este plano, son ese rostro surcado de arrugas, esa sonrisa sin dientes, esos ojos que entrecerrados sonríen también y se esconden debajo de un sombrero de paja, y es el conjunto, ese rostro inocente y a la vez tan viejo lo que te deja pensando si acaso  los muertos ocasionalmente nos visitan.

Y justo antes de bajar de la combi ese señor que me había sonreído antes en el trayecto, dejó caer una moneda, yo me agaché y se la dí en la mano, para después mirar sus ojos llenos de vida y de esa sonrisa alegre y a la vez traviesa, como la de un niño, salió un gracias.

Quizás esos segundos de demora me dieron algunos años más de vida, entonces el agradecido debo ser yo...

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