domingo, 7 de mayo de 2017

Besando la imagen de un santo

No tenía otra forma de llegar al funeral y él no hubiera tenido forma de despedirse de mi padre más que llegando al velorio conmigo, sólo así no lo correrían de ahí a patadas. Todos tenemos alguna amistad que no nos llena de orgullo, alguien que estuvo con nosotros desde el principio y que sabe nuestros secretos por que los vivió con nosotros, esos que contaríamos sólo a desconocidos o a nuestros seres más queridos, en una noche a oscuras, susurrando casi, después de hacer el amor, o al recordarlos frente a una veladora.

Ellos fueron amigos en la secundaria y parte de la prepa, hasta que a él, su amigo, lo metieron a la cárcel, mi padre lo frecuentó cuanto pudo mientras vivía en esa ciudad, pero después se fue y sólo se leían ocasionalmente. Su amigo alguna vez le confesó que sólo soportaba la poesía de mi padre porque lo estimaba, cualquier otra expresión de emoción le aburría.

Lo contacté el viernes, horas después de haber recibido la noticia, sin saber que esperar toqué la puerta de la casona donde mi padre envío cartas por años y después de tres gritos, salió él, apestando a alcohol y cigarro. Pensó que le iba a cobrar algo y casi me recibe con un golpe, sólo me lo quité de encima cuando dije el nombre de mi padre y agregué “soy su hijo”.

-¿Cómo está?
-…muerto.

Se sentó en la banqueta y se cubrió los ojos, no para evitar llorar, sino para evitar que lo viera un extraño, o acaso para que su barrio no lo reconociera, no lo sé, pero me pareció ver una lágrima que recorrió todo el camino desde el ojo hasta la muñeca, besando la imagen de un santo.

Después de un rato se levantó y sin siquiera secarse las lágrimas me preguntó donde lo iban a velar, le dije el nombre de esa ciudad que hacía mucho yo no visitaba, el hizo una mueca y me preguntó si podía ir conmigo a despedirse.

-Pues sí, sólo que no tengo como llegar, me quedé sin trabajo…
-Eso es lo de menos -interrumpió- déjame conseguir algo, dame tu dirección y tu teléfono y yo te aviso cuando nos podemos ir, si se puede hoy mismo.

Me sorprendió que tuviera tanta prisa, me sorprendió que no pusiera peros, me sorprendió que me negara, me sorprendió que buscara una manera, pero también le envidié su compromiso.

El sol hacía rato que se había ido, el viento se paseaba despacio por la ciudad donde los gatos reclamaban su territorio a maullidos, tratando de espantar los sueños de aquellos que gritaban al silencio que se callaran. Pensé que no sabría más de él, de el viejo, hasta que escuché que golpeaban a la puerta, con el cigarro aún en la boca salí casi corriendo, temiendo lo peor. Lo vi sonriendo frente a un Dart que se confundía con la noche.

-Ya conseguí pasaje y algo para la gasolina, ¿nos vamos?

No quise hacer preguntas, sólo pedí tiempo. Mientras entraba a ponerme unos tenis, escuché su grito que perseguía a mi oído diciendo, “¿lo van a enterrar y a lo mejor ni lo vemos, a dónde chingados vas?” su grito perforó mi cerebro y me convenció de sólo tomar una chamarra y mi cartera.

La mochila se quedó mal cerrada en la cama, y entre calcetines y calzones se quedó el libro favorito de mi padre con la página de aquella parte que tanto disfrutaba yo leyendo por las noches, las páginas separadas por un rosario que yo pretendía dejar en sus manos mientras le decía adiós.

El cielo lleva rato que se iluminó de ese azul mar y el sol se pasea majestuoso por la bóveda celeste, opacando a las demás estrellas. Ni siquiera las nubes se atreven a entorpecer su paso. Por ahora.

El auto es un viejo Dart K convertible, negro como los recuerdos de infancia reprimidos, con carrocería abollada y la lona ha sido roída por las garras del tigre del tiempo, el óxido se devora las articulaciones de metal y los espejos ya no son capaces de reflejar nada. Los asientos se resignan ante el peso de mi cuerpo y suspiran un dolor que huele a polvo. El tablero tiene las tripas de fuera, cables de luz son tentáculos de un pulpo ciego que busca conectar con algo, algunos fierros amenazan cortar los pies, pero al cabo de un rato te acostumbras y logras evitarlos. La guantera es una mandíbula sorprendida que no termina de exclamar admiración hacía mi, es como el niño curioso que no deja de mirarte, pero que al cabo del tiempo te desespera y cansa y es entonces que busco cerrar esa mandíbula con fuerza, lo hago en tres ocasiones, siempre con mas furia que la anterior, hasta que él se ríe y con las manos posados en el volante me mira de reojo para reír y decir con voz aguardentosa, “sí logras cerrarla te invito a comer...”

La risa, de él, se quedó atrás pues el auto sigue su camino a 120 kilometros por hora a lo largo del lomo de esa serpiente que es la carretera, mi indiferencia me acompaña mientras su risa, el sonido, se ha quedado atrás en medio de la carretera interestatal, justo frente a un paradero de camiones donde un tipo gordo está a punto de abordar su camión, resignado, cuando al intentar subir todo ese peso que es él escucha una risa burlona que desea lastimar, entonces voltea dispuesto a enfrentar al agresor, pero no hay nadie. Jamás sabrá quién es el dueño de esa risa y quizás el dueño de esa risa tampoco sepa quién es él. Jamás.

Estoy seguro de que el carro es robado y casi podría decir de que no lo extrañan, pues con excepción del motor, nada le sirve y de eso me di cuenta cuando encendí la radio y lo único que obtuve fue estática, constancia de aquél orgasmo que nos dio vida revuelto con alguno que otro campo electromagnético y ruido diverso. Él viejo señaló con su dedo amarillo el lado derecho del capó y justo donde algún día hubo una antena, se veía un alambre viejo y oxidado que usurpaba el lugar. Me vi obligado a entretenerme con mi pensamiento y entonces pensé si acaso algún ser, en algún lugar del universo al escuchar un sonido similar, no se preguntaría si acaso detrás de ese ruido ininteligible habría quizás el residuo de algo que no se alcanzaba a detectar, o por el contrario ellos tendrían la tecnología para decodificar y sintonizar lo que les llegaba y entonces lo escucharían a él hablándole al silencio de niño lamentándose de su realidad, pero, a pesar de toda su tecnología, no podrían comprender mi lenguaje primitivo y jamás sabrían que esa sensación de empatía que sentían estaba justificada, era real y alguien, en un punto distante del universo se sentía solo.


Su puño se aferraba al volante con furia, unos lentes negros le cubrían la mirada que no dejaba de observar el camino, el cigarro sufría la presión de sus dientes y su aliento de dragón enfurecido convertía el vehículo en locomotora que dejaba como efímera estela el humo de un camel sin filtro. El auto despertaba una nube de polvo que se resignó a flotar sobre el asfalto y no sobre los cerros y montañas, resignada a convertirse en tierra y no en lluvia.

Me atreví a romper el silencio.

-¿Cuándo fue la última vez que vio a mi padre?
Él me miró de reojo y mientras exhalaba una nube, cual dragón, me dijo -¿siempre le dices padre?, se oye muy mamón, yo a mi jefe le decía jefe y eso a veces.
-No, no siempre le digo padre. -Respondí en presente y en un segundo me di cuenta de que ya debería referirme a él en pasado.
-Pues la verdad hace mucho que no lo veo, de repente me escribía, eso sí su vieja lo dejaba, ¿la vieja esa no es tu jefa verdad? El chiste es que de repente me respondía las cartas, lo que sí es que yo le mandaba cartas a cada rato, él era como mi guía espiritual, sabía un chingo el viejo, de todo.
-A poco sí, ¿y qué le decía? Y no, no es mi jefa.
-… Pues de todo, me echaba la mano con mis planes y me decía donde la estaba cagando, él siempre fue muy limpio pero le llamaba la intención lo que yo hacía. Nunca se ensució las manos, pero él me enseñó todo lo que sé. A cambio yo le ayudé un par de veces. Hasta a veces creo que él hacía las cosas, eran sus ideas y yo sólo las llevaba a cabo.

Entonces volteó y con una sonrisa que pretendía ser amable, me sonrío y dijo, “soy el mejor amigo que el dinero puede comprar, no pido explicaciones y mi lealtad es a prueba de balas”. Yo imaginé que sus dientes eran una trampa de oso que se había conformado con la presa de un camel sin filtro.

Me sorprendió escuchar eso de mi padre, jamás imaginé que hiciera algo así, aunque más de una vez lo escuché contar emocionado la “idea de un cuento”, donde relataba cómo robar una tienda de abarrotes sin ser descubierto, en otra ocasión leí en unos papeles sobre su escritorio la forma en que se podía robar una tienda de empeño junto a otros tres cómplices. Él siempre me dijo que eran ideas para un compendio de cuentos, pero ahora todo adquiría una perspectiva diferente. Incluso su “guión” para la película de un asalto a un banco ahora tenía otra lectura, completamente diferente. Estoy seguro que un personaje recurrente, el protagonista era descrito como “el viejo”, así sin nombre, un ser maltratado con la vida y siempre buscando venganza, siempre jugando a la víctima, con una mente siempre activa, pensando en el próximo golpe para así evitar que el remordimiento o la compasión anidaran en su mente.


El aire caliente golpea mi rostro con furia , mis ojos hace rato que dejaron de buscar refugio en unas lágrimas efímeras, simple reflejo animal. Ahora el polvo me golpea con la misma fuerza que lo hacen mis recuerdos al montar esa serpiente negra que se extiende a lo largo del desierto, permitiéndonos viajar sobre su lomo negro como la noche y que al igual que ésta, no sabemos dónde o cuándo termina, simplemente despertamos y es de día y el sueño es un recuerdo de algo que jamás existió o quizás es tan sólo vestigio de nuestra visita a otra realidad, a otro universo.

El aire huele seco, el sol se entretiene quemándome la piel y los mosquitos nos persiguen sin conseguir beber nuestra sangre, mis pensamientos se sienten libres y vienen a visitarme por momentos, mientras mi mirada acaricia el horizonte mi corazón bombea recuerdos a mi cerebro, momentos de infancia en que mi padre me leía su único libro publicado en un susurro, como si temiera que alguien lo escuchara y fuera a juzgar sus letras. Sé que tenía ideas maravillosas para al menos cuatro novelas, pero siempre se conformó con un trabajo de oficina y un cheque cada quincena que le diera a su familia de comer. Una bocanada al cigarro hace que el calor sepa a arena, quema como alguna vez quemó mis pies que corrían hacia el mar. Mi madre reía y al mismo tiempo me gritaba que me pusiera mis chanclas, mientras mi padre le decía que me dejara, al cabo era un niño y sé que la tomaba del brazo con amor infinito cuando decía esto y me veía con orgullo correr hacia el mar.


Las nubes han decidido enfrentar al sol, sabiéndose débiles han tomado la mejor decisión que puede tomar aquél que no es obstáculo para el depredador, convertirse en colectivo y que la cobardía de muchos haga frente a la valentía de uno.
La tormenta se escondía detrás de ese cerro, sin saber que quienes se acercaban eran ellos, otro par de cobardes, pero el plan de batalla ya estaba definido, no iban a retroceder.


-¿Y no te llevas bien con la vieja esa, o qué pedo?
-Sí me llevo bien, pero yo me vine a estudiar y trabajar acá, pero ya hace un par de meses me quedé sin dinero y me daba pena pedirle a mi papá.
-Jefe se escucha mas chingón, pero papá está mejor que padre, se oye muy mamón. ¿Oye traes cigarros? Se me acabaron los míos.
-No.
-A ver si vemos una gas con tienda, así matamos dos pájaros de un tiro.

El polvo se levantó despacio para ver mejor el vehículo que avanzaba a baja velocidad hasta las bombas de combustible, el sol hace rato que no quemaba, se le notaba cansado. El viejo abrió con dificultad el deposito de gasolina y dejó que la bomba le hiciera el amor al Dart, me pidió que lo esperara en el carro, yo le pedí que me dejara estirar las piernas. No dejó de verme impaciente con los brazos cruzados mientras yo caminaba a un lado del carro y estiraba los brazos, y a pesar de que deseaba caminar un poco más, cedí y me volví a subir al viejo asiento que me recibió con un suspiro. El viejo aprovechó el tiempo que había esperado y retiro la manguera del tanque que goteaba y sólo entonces él se dirigió hacia la oficina que también era tienda. Yo paseé mi mirada por el tablero que era uno con el polvo y noté que el asiento donde el viejo viajaba tenía dos cicatrices causadas por la quemadura de sus cigarros. Acaricié la radio que seguía intentando captar algo, subí el volumen y se escuchó un poco mejor la estática.

El viejo salió corriendo de la oficina para aventarse al vehículo y acomodarse de forma torpe en el asiento, encendió el carro y mientras reía aceleró, a pesar de la nube de polvo alcancé a ver un joven que nos gritaba improperios. Estoy seguro que mientras corría hacía el carro, el viejo se mordía los labios, queriendo evitar que una risa risueña escapara y lo fuera a delatar como si se tratara de un niño haciendo una travesura. El viejo no dejaba de reír incluso cuando lo miré y justo antes de que yo dijera algo, el apresuró:

-Que no mamé, no voy a pagar cincuenta varos por unos cigarros.

Sacó de una bolsa de plástico unos cigarros y me aventó la bolsa, dentro habían tres botellas de agua, dos bolsas de papas, otra cajetilla, unas gomitas, unas galletas y cuatro cocas de 600mls que sudaban.

-Las gomitas son mías eh, cabrón- El cabrón se ilumino a causa del encendedor que iluminaba su rostro a pesar de que el sol todavía estaba por ahí, y vi que el dragón volvía a conducir el Dart, llevándonos hacia lo desconocido sobre unas llantas de caucho, a falta de alas.

Cada cigarro que moría servía para encender el siguiente, y entonces el viejo sonreía, acaso de forma burlona o acaso al recordar un chiste, o simplemente pretendía disfrazar su dolor, maquillar la miseria y engañarse con el conjuro más viejo que conoce la humanidad… “Estoy bien”. Los cigarros que caían a la carretera imitaban a luciérnagas, que a esa hora se veían mejor pues el sol ya estaba muy cansado y las nubes habían secuestrado el cielo y se acercaban en clara formación escopeta.


La primera gota se arrojó con furia kamikaze y dio de lleno en la frente del vehículo.

No pude evitar señalar lo que ambos sabíamos.

-Ya va a empezar a llover – y los dos miramos la certera marca de agua que antes había sido gota, justo en el centro del parabrisas y sin decirlo en voz alta, nos sorprendimos de su tamaño, temiendo lo peor.

Él encendió un cigarro y me extendió la cajetilla que servía de refugio al encendedor. Yo tomé un camel a pesar de que no tenía verdaderas ganas de fumar, pero consciente de que nada quedaría seco después de la tormenta.

Escuché el golpe causado por una segunda gota, ésta en el lado derecho del cofre, estoy casi seguro de que incluso se abolló, cuando extendí mi cuerpo hacia el frente para ver mejor sentí que algo golpeaba mi cigarro, a punto de arrancarlo de mis labios secos, otra gota me dio de lleno en el pómulo derecho y justo cuando maldecía nuestra suerte la lluvia se preparaba para embestir. Por un segundo imaginé que las gotas eran las lágrimas de dios, que lloraba con furia algún mal de amores, tratando de encontrar sentido a ese pensamiento una gota me golpeó justo en el ojo derecho, y ocurrió que lo que había sido hasta entonces fuego a discreción, se convirtió en un ataque a quemarropa.

Yo intenté protegerme al principio, pero entonces lo vi a él que se quitaba los lentes y comenzaba a reír, volteaba a verme, levantaba los brazos junto con un grito y pisaba el acelerador para que así pudiéramos entrar de lleno a la tormenta. Todo al mismo tiempo.

Si no hubiéramos estado en medio de la nada, alguien hubiera escuchado su grito a todo pulmón…

-!!!Ya va a llover Gabriel!!!

Los golpes de cada una de las gotas en la piel metálica del auto resonaban y el golpe de cada una de ellas en mi piel me recordó que estaba vivo. Quería cubrirme con algo, pero no era posible, volteé a ver al viejo, que reía y entrecerraba los ojos para ver el camino, o al menos adivinarlo y pude ver como sonreía, mientras yo pretendía refugiarme debajo de mis brazos que se cruzaban a la altura de mi frente. El viejo cambió la sonrisa por carcajada al verme y me gritó con fuerza:

-No seas mamón, con eso no paras nada, nomás pareces pendejo, mejor pásame una coca antes de que se calienten… !Ah, y las gomitas!

Hice lo que me pidió y se las di, las gomitas y la coca. Él redujo la velocidad y mantuvo el control del volante con las rodillas mientras bebía la coca como si quisiera saciar la sed de 40 días. Las gomitas las comió despacio, mientras el empaque de celofán se convirtió en cucurucho y las gomitas flotaban en gotas que bien pudieron haber sido mar.

Yo le imité y abrí una coca. No pude abrir las papas, a pesar de que tenía antojo. Mi mente racional me convenció de no disfrutar el momento.

Creí que los recuerdos y la nostalgia habían podido huir a tiempo y mantenerse secos, pues mi mente por un momento se dedicó al ahora y se hizo consciente de todo lo que ocurrió en ese momento, la furia de la tormenta, el frío que trepaba por mi columna, el aire que nos golpeaba insistentemente, como queriendo evitar que llegáramos a nuestro destino, la coca le daba buen sabor a mi derrota, ahí iba yo a despedirme de mi padre, queriendo no dar explicaciones, queriendo evitar a toda costa las preguntas incomodas; sí acaso ya había publicado un par de libros, tal y como había prometido a mi padre. Siempre lo juzgué y le dije que si no había publicado había sido por cobarde, pues el talento lo tenía, él siempre me decía lo mismo, que no era tan fácil y yo le reprochaba porque lo quería y el callaba y escuchaba mi reproché por la misma razón. Y ahora yo iba a casa, sin libro publicado y trabajando en algo que odiaba, al punto de renunciar. Sin una historia propia iba a casa buscando darle punto final a una historia que siempre leí sin entender el contexto pues sólo el escritor sabe lo que quiere decir o no, sólo él comprende los símbolos o sabe sí hay símbolos, cada mente lee lo que quiere leer. Cada ojo decodifica el mensaje de forma distinta.

La lluvia dejó de golpearnos con furia. Yo miraba atento hacía mi derecha, viendo el paisaje que poco a poco se iba quedando atrás, nunca hubiera adivinado que el viejo había llorado como nunca lo había hecho, se escondió en la tormenta y ahí pudo llorar el mar de lágrimas que había atrapado con la presa del falso valor, el buscapleitos había aceptado su derrota, el chico rudo lloraba buscando a su mamá al descubrirse perdido. Una lágrima, gota que creí último vestigio de la tormenta, fue arrancada de su mejilla por el viento. La lágrima voló un par de metros y se impactó en el asfalto, pasaron algunas horas hasta que el sol se encargó de elevarla al cielo, donde se convirtió en nube y cruzó el país completo.

Esa lágrima decidió arrojarse al mar doce días después de haber sido derramada por el viejo. Quizás alguna vez se vuelvan a a encontrar.

Dejó de llover y el sol hacia rato que se había ido, las nubes se abrieron un poco y yo pude ver unas cuantas estrellas en el cielo aún iluminado. Con la nariz apuntando hacia el cielo pude captar mejor el olor a quemado que venía de algún lado.

-Huele a quemado.
-No mames, debe ser el motor…

El viejo apagó el motor y guió el velero al puerto del acotamiento donde las llantas se enlodaron despacio, la inercia nos detuvo en el punto más alto de un monte desde donde podíamos ver las luces de una ciudad, luces que brillaban como una pequeña galaxia que alguien hubiera enterrado en el suelo.

La noche nos sorprendió a un lado del camino, justo cuando esperábamos a que el motor se enfriara un poco. Sentados en la cajuela comimos papas en silencio hasta que él se atrevió a rasgar el silencio con su voz aguardentosa.

-Me venía acordando de una vez que tu jefe me echó la mano cuando más jodido estaba. Me metieron al bote por una pendejada, pero él fue el único que me echó la mano, le pagó a un poli para que me cuidara.

Entonces el viejo, que hasta entonces había tenido la mirada perdida en la misma estrella que yo había visto hacía rato,me volteó a ver.

-Algunas amistades duran una vida, otras duran lo que dure el dinero. Pero a tu jefe yo lo respetaba, era un grande, siempre echaba la mano a los que necesitaran ayuda, nunca supe que le dijera que no a alguien en desgracia, por eso la pandilla lo respetaba. Yo creo que él me enseñó muchas cosas, es una lástima que no pueda escucharme decir lo mucho que lo respeto, y lo agradecido que estoy con él. Él me decía que me cuidara mucho porque los criminales siempre vuelven a la escena del crimen y yo le decía que no era cierto, pero sí, el otro día fui a la casa donde crecí, ahí donde maté al niño que fui, donde le dije que abandonara sus sueños y lo puse a trabajar. Yo volví a la escena del crimen, pero el único que puede atestiguar en mi contra soy yo, y me veo todos los días en el espejo y me rehuyo la mirada porque sé que me he mentido más de una vez y porque sé que podría ser mejor de lo que soy, pero no le debo yo nada al miedo...
Algunas personas te mienten por compasión, te dicen que todo esta bien mientras sabes que ya te llevó la chingada, algunos están ahí en silencio para escucharte, aún cuando lo que dices no tiene sentido, algunos quieren que estés triste y jodido como ellos, a algunos les da gusto que estés jodido, así ellos se sienten mejor con ellos mismos, algunos sólo están ahí mientras dura el dinero, otros sin estar, son todo lo que necesitas… No sé como le hice para llegar tan lejos sin que me agarraran, él siempre me decía en cartas que no hiciera más tonterías, pero yo lo convencía y él me ayudaba, ahora que lo pienso lo hacía para de alguna manera evitar que me agarraran, porque si yo lo hubiera hecho sólo, me hubieran torcido luego luego… Así de pendejo soy.

-Justo de eso me venía acordando a mitad de la tormenta, y me prometí que no volveré a robar. Fíjate, me prometo no robar mientras conduzco un auto robado y me repito lo mismo mientras descanso sobre ese auto…


Un grillo a lo lejos se atrevió a romper el silencio al cabo de unos minutos y fue entonces que el viejo se deslizó desde la cajuela hasta el suelo con un brinco infantil y regresó al suelo que en otro momento hubiera arrojado una nube de polvo pero que ahora lo recibía con un charco. Con una sonrisa me dijo que seguramente ya podíamos continuar.

El motor parecía dispuesto a no abandonarnos y despertó al primer intento. La idea de estar a punto de llegar nos dio un nuevo impulso. Recorrimos la carretera en silencio unas horas más, algunas nubes nos escoltaron durante el camino, otras decidieron que no tenían nada que hacer ahí y se fueron. Ninguno de los dos vio la estrella fugaz que cruzó el cielo en silencio.

Nos dimos cuenta de que estábamos a punto de entrar a la ciudad cuando el radio que había permanecido encendido pero en silencio, captó una canción que era simple, con letras nada complicadas y por tanto hermosa. Nos recordó lo frágil que es la vida y la forma en que el tiempo puede aplastar nuestros sueños o forjarlos, y en silencio cada uno repasó sus decisiones de vida y nos dimos cuenta de que no eramos lo que queríamos ser. Una epifanía disfrazada de canción nos reveló que la muerte de mi padre era una llamada de atención, su última enseñanza.


Cuando llegamos a la funeraria nos detuvimos en el estacionamiento sin apagar el motor y nos bajamos para exprimir nuestra ropa, fue ahí que vi al viejo encerrado en un cuerpo mas bien musculoso mientras que con una sonrisa infantil exprimía su camisa y entonces logré ver un tatuaje en el lado izquierdo del pecho, donde una calavera portaba orgullosa una corona de letras que no alcancé a leer, y en el abdomen junto al ombligo, pero del lado derecho, vi una cicatriz redonda.

-Te lo dije, a prueba de balas…

Un poco menos mojados decidimos que yo iría a hacer un reconocimiento del terreno mientras él estacionaba el auto.

Cuando entré a la funeraria me dijeron que ya todos se habían ido pues estaban a punto de trasladar el cuerpo al panteón, pues lo enterraban a las siete de la mañana. Le expliqué al personal de la funeraria quién era, pero lo que los convenció fue mi apariencia y aceptaron darnos media hora para despedirnos, eso sí en la parte de atrás porque el salón ya estaba siendo preparado para la siguiente familia.

Me acerqué al viejo que estaba apoyado en el cofre del Dart y le expliqué la situación, mientras caminábamos a la parte posterior de la funeraria él atinó a decir que eso resultaba a nuestro favor.

-Así no los ves y ellos no me ven mi.
-Pues sí, salió algo bueno de todo esto.
-Oye y vas a ir a casa de tu jefe?
-No sé, ¿por?
-No, nomás… Es que si vas estaría chido que buscaras una pequeña agenda que tenía.
-¿Una negra?
-Ándale, ahí tiene todos sus contactos. Y estaba pensando que estaría chido reunir a la pandilla, para que lo puedan despedir, ya sabes… Y para vernos una última vez.


Eso último lo dijo lleno de nostalgia y fue entonces que lo vi besar en silencio la imagen que portaba en su muñeca derecha, una pulsera verde con amarillo que tenía una figura.

-¿Esa pulsera es de san Judas?
-Mucha gente se confunde siempre, es el ilde de Orula…


Ya no pudo explicarme qué era, pues una puerta se abrió e iluminó nuestros rostros que ya miraban con atención en esa dirección y que al instante habían olvidado la conversación recién interrumpida, el empleado de la funeraria se hizo a un lado mientras susurraba que podíamos pasar. Al fondo de un cuarto blanco se veía un ataúd negro cerrado.

Nos acercamos despacio a despedirnos. Jamás pude decir las palabras que tenía planeadas como despedida, en cambio dije lo que me dictaba el alma.





En medio de la noche en algún lugar de la ciudad una señora escucha con atención el silencio, con la mandíbula apretada, espera que los ladrones se conformen con el auto, que se vayan cuanto antes y que no se atrevan a entrar a la casa.
Desea con todo su ser que se larguen cuanto antes y que su esposo no se despierte, para que no intente detenerlos, que por el amor de dios se larguen cuanto antes y se lleven esa carcacha cuanto antes.

A la mañana siguiente Rufino Torres, político corrupto, prepara todo para salir del país, se le ve animado y de muy buen humor, hasta que al abrir la puerta para dejar salir sus perros al baño, descubre que su Dart clásico no está y por un segundo se le detiene el corazón. Corré a la casa mientras su esposa le pide que lo olvide, al cabo es sólo un carro viejo.

-No es por el carro vieja, había guardado el dinero en la cajuela…
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