lunes, 1 de mayo de 2017

Vacío


Su intención era iluminar las calles con su arte a ritmo de rock. Comenzó con la idea de hacer los murales más realistas posibles, el talento lo tenía, pero jamás consiguió un alma caritativa que cediera los muros de su casa ante su arte.

Comenzó a desesperarse quince años después, cuando la crisis de los cuarenta estaba a cinco años de distancia y como siempre le gustó adelantarse, decidió comenzar antes y decidió que de lo poco que ganaba separaría una parte, comenzó a invertir en materiales, latas de pintura, máscaras protectoras, una sudadera negra, guantes de cirujano y una mochila. 

Las calles las recorría antes de que saliera el sol, dejando su mancha de mierda en cuanta pared se encontrara poco iluminada, al cabo su arte debía ser visto de día, unas flamas que pretendían ser su nombre y símbolo del fénix que resurgía en él, lleno de vida.

No quería ser parte de la estadística que nace, crece, trabaja, trabaja, se jubila y muere, quería ser parte de la decadencia que estresaba a los peatones en su diario acontecer, quería ser el idiota que causaba el tráfico al subirse al transporte en doble fila, quería ser el ser inmundo que manchaba la belleza del espejismo que otros se esforzaban por mantener, deseaba ser aquél que hiciera cabrear a las abuelas que descubrían su barda profanada, justo cuando salían antes que el sol a barrer, pretendía ser aquél que se burlaba de aquellos que bebían café de franquicia a ritmo de bossa nova, buscaba ser aquél que maldecía con voz estentórea al cruzar frente a un jardín de niños, aquél que todos envidiaran pues él los envidiaba a ellos.

Quería ser el testimonio de la decadencia, el factor caos de una ciudad que llevaba años hundiéndose en mierda. Quería ser la cereza del pastel, sabiendo que ese espacio, al ser profanado por él, ya no le pertenecía, pues era la invitación a que otro profanara su profanación, era invitación y reto, se convertía en provocador de los provocadores visuales.

Pretendía ser poeta al decir que su arte era conocido como flamear, deseaba ser una sombra, anónimo y ausente, carente de rostro, que su arte fuera el autor y él la obra, mutante. Su deseo de anonimato fue absurdo, el primer imitador se descubrió en Barcelona, después se esparcieron por todas las grandes ciudades del mundo y entonces su símbolo le dio asco y decidió que retirarse era lo mejor.

No supo como reaccionar cuando una mañana encontró una flama en la puerta de su edificio, pensó que era una broma, pero después se supo víctima de su profanación, violado por su concepto y objeto de su decadencia. Días después, cuando quiso una foto de su retrato, descubrió que alguien había vomitado tinta negra que pretendía ser unas letras por sobre él, y entendió que no era nada, no podía ser causa, sino consecuencia, no estaba a la vanguardia, era tan sólo un efecto, parte de un todo que nadie sabe cuándo comenzó y que nadie sabe si acaso se detendrá.


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