miércoles, 10 de febrero de 2016

I am the only mind which exists.

Creía firmemente que él era la única forma de consciencia, todo cuanto lo rodeaba era tan sólo una invención de su mente.

La idea se le ocurrió a los ocho años cuando vio un pájaro muerto en el patio de su casa y meses después, vio a su tía muerta. La imagen del ave inmóvil le atormentaba en las noches y se le ocurrió pensar que su mente lo había preparado de alguna manera, para enfrentar la muerte de su tía. A partir de ahí todo se fue en picada.

Durante la secundaria y la prepa no ahondó mucho en el tema, hasta que en la universidad encontró el término que definía su mal, y le pareció un nombre hermoso para su prisión, “Solipsismo” dijo en voz alta, y a partir de entonces vivió la vida de acuerdo a su nuevo dogma. 

Poco le importaba la realidad, al fin y al cabo era tan sólo una proyección de su mente y lo que ocurría en el tiempo y en el espacio dependía de él, o al menos eso quería creer. Alguna vez le explicó a un desconocido que él, el desconocido, no existía, que era tan sólo un ente creado por su inconsciente a quien llamaremos J, y que él J, le había dado vida tan sólo para poder repasar su idea del universo, pero que él, el desconocido, desaparecería en cuanto el, J, se fuera. 

El pobre anciano, que andaba en busca de demonios, se creyó la historia y a partir de entonces entre los hipos del alcohol, se le oía gritar, “no somos nada, somos efímero pensamiento de alguien a quién poco le importamos”, no es de sorprender que lo hayan tomado por un fanático religioso.

En algún momento J creyó prudente convivir más con ese colectivo que era él mismo, decidido a conocerse mejor, a saber, sí todo lo que lo rodeaba era carente de consciencia y razón y al mismo tiempo era una extensión de él mismo, qué mejor manera de conocerse que platicar con esas extensiones de su ser, aquellas que eran simples fragmentos, simples conceptos de un yo tan complicado y tan desconocido. Fue entonces que conoció a su parte bella, una mujer hermosa a la que decidió colocar dos pequeñas estrellas por ojos y el aroma de los recuerdos de infancia, una mujer perfecta. 

Al principio le dio miedo hablar con ella y quizás esto hubiera sido suficiente para romper la burbuja mental, pero no, decidió llevar el concepto de yo a un punto descomunal, se dijo que esa mujer hermosa no era más que su lado femenino, aquel que debía reconocer y amar para alcanzar el ser andrógino perfecto, para que entonces el universo mismo implosionara en un beso y volviera a comenzar, como en el inicio. 

Logró hablar con ella y derribar el primer miedo, el del rechazo, fue lo más honesto posible, por supuesto omitió la idea de que ella era parte de él, pues estaba sobreentendido, al menos para él, así que se sobreentendía. Logró enamorarla, logró enamorarse pues se entregó en su totalidad, no tenía miedo a ser herido, no tenía miedo de lo que pudiera pasar y permitió que fuera ella la causa de risas y sonrisas, de ratos invocando su rostro cuando no la tenía a su lado.

Ante tan inesperados eventos, ella le correspondió con la misma honestidad, una verdad brutal, “los médicos dicen que me queda poco tiempo de vida”, No quiso saber los detalles, la estocada de muerte estaba dada, le dolió el pecho y la boca del estómago, pues temió perder el amor de su vida y se sintió traicionado, todo al mismo tiempo.

Consciente de que él era la única causa de su enfermedad, decidió arrojarse al vacío, desde lo alto de una torre de departamentos, decidió terminar con lo que él consideraba el universo mismo.

Cuando exhaló su último aliento un doctor determinó que no había nada más que hacer, y ella, su parte bella, fue declarada muerta. 



Del viejo poco se sabe, dicen que se dedicó a guardar sus memorias en un espacio virtual y por tanto, inexistente, como él...


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