viernes, 10 de febrero de 2017

Veneno.


Algunos desean morir con todas sus fuerzas pero son cobardes y por tanto utilizan venenos que no tienen la fuerza necesaria para terminar con sus días, a falta de un punto final, llenan sus días con comas, con pequeñas pausas, un café, un cigarro, alguna droga fuerte, un whisky doble en mitad de la noche de un lunes, siempre habiendo una justificación; un día muy pesado, una existencia muy pesada, un minuto de duda, una galaxia que colapsa con otra , una mirada indiferente que nos traspasa, siendo que deseamos que esa mirada nos llene, nos complemente, nos quite ese vacío que somos y que por tanto jamás podrá llenar nadie, más que uno. Pero cerramos los ojos ante la realidad y por tanto cerramos los ojos al beber nuestro veneno, al inhalar una bocanada que nos robará un suspiro. Quizás el último.

Algunos venenos se usan de forma consciente y se utilizan para potencializar el dolor, para disfrutar la angustia, para tener un orgasmo sádico, para poder mirar al infortunio a los ojos y de forma retadora decirle: “¿es todo lo que tienes para mí?”

El sol muere poco a poco y a nosotros poco nos interesa, caminamos sobre millones de muertos, por sobre sus ideas que nadie escuchó con seriedad, por sobre los millones de suspiros dedicados a otros muertos y nuestra indiferencia nos permite decir que nuestros problemas son los mayores, los importantes, los que han de detener al mundo.

Un veneno que mate la angustia de tantas decisiones no tomadas, de tantos no que no se dijeron a tiempo, de tanto que se pudo hacer y que ahora tan sólo carcome la memoria, obligándonos a recordar lo que deseamos olvidar y difuminando los rostros que no podemos ver más. 


Algunos ríen mientras disfrutan su dosis para llorar en silencio mientras su vida se les va de la mano. El deseo de hacer permanente lo efímero, trascendente lo banal, darle magnánima proporción a esa mota de polvo que adquirió consciencia y que regurgita ideas ajenas para adornar su ego.
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