martes, 1 de mayo de 2012

Hace ya unos años.

Sonaba la rubia y el Demonio, y mientras hacíamos el cierre de mes, los dos tarareábamos la rolita.

Siempre batallando porque todo cuadrara, porque los números tuvieran una lógica y si no parecían tenerla, había que buscarla.
Salimos del trabajo cansados y con sed, así que nos fuimos a un billar que está por Echegaray, ahí llegaron otros compañeros de trabajo, y mientras las cervezas se iban vaciando y las vejigas llenando, el alcohol aflojo las bocas y por un momento el sello del corazón se abrió.

Alguien que extrañaba a una madre ya fallecida, los clásicos dolores del amor, aquel que dudaba en el amor que sobrio presumía, todo acompañado de la risa de aquel que entiende mejor sus sentimientos al decirlos en voz alta. Eran varios soliloquios disfrazados de tertulia.

Y mientras unos se quedaban dormidos, las personas del lugar avisaban que estaban próximos a cerrar, pero que si queríamos quedarnos éramos bienvenidos, sólo que iban a hacer corte de caja. Y sí, pagamos la cuenta y además un cartón y dos o tres cubetas. Nos quedamos con el dueño del lugar y los empleados que al parecer eran todos amigos, un grupo de amigos que deciden arrancar un negocio haciendo lo que les gusta.

Así transcurrió la noche, entre risas, comentarios al azar y silencios reflexivos. Los cigarros se encendían y bailaban al compás que marcaban nuestros brazos, como perdidas luciérnagas. El sol estuvo a punto de sorprendernos cantando lo que la rockola reproducía con fuerza pero sin emoción la escasez de cigarros y la boca pastosa nos hizo darnos cuenta de que era momento de retirarnos.
Salimos de ahí con prisa, lo peor que nos podía suceder era ser sorprendidos por el sol, siempre huyéndole cuando de juergas se trata.
Nos despedimos en el puente peatonal, él iba a ir a casa de su novia, a casa de aquella que no lo tenía muy contento, o al menos eso había dicho.
Yo, yo me fui a desayunar una torta de milanesa con quesillo, y de ahí a esperar la combi que habría de llevarme a casa. Y mientras luchaba por no quedarme dormido y por no perder la combi, recordé lo que había dicho esa noche “sí la quiero, pero estoy seguro de que me está viendo la cara de pendejo…” Dos días después ella me dijo que necesitaba tiempo. Y fue él, el que bebió a mi lado esa noche el que me dijo sin tapujos y sin ganas de endulzar mis oídos: “We, sí tenías razón, ayer vi a la Vicky con el Víctor…”
Yo sólo pude decir, en una mezcla de satisfacción y de lamento, “te lo dije, a poco no?“


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