martes, 1 de mayo de 2012

Quizás coincidamos en otra vida, o en ésta, pero en otro momento.

Sentados ante una vieja mesa de madera, tus ojos brillaban reflejando la luz de esa vela, o acaso era la vela la que reflejaba la luz de tu mirada. 




El café se calentó lo suficiente, nos dimos cuenta por el humo que salía del pocillo, acaso era el café diciéndonos algo y lo que veíamos era tan sólo su vaho. 


Platicamos por horas, se había ido la luz, pero a nosotros nos gustó la idea de conversar frente a una vela, la idea del café fue tuya.
Siempre me emocionaba estar contigo, siempre esperando a que los amigos se retiraran y siempre esperando tener al menos cinco minutos a solas contigo, siempre ilusionado por mirar esos ojos y siempre desarmado cuando esos ojos me miraban a mí.
Estoy seguro que sabías lo que yo sentía por ti, yo también me daba cuenta de lo que sentías por mí.
Esa tarde me armé de valor y te fui a buscar y te pedí que no fuéramos por los demás, que sólo fuéramos tú y yo, que al menos por una vez, estuviéramos solos. Sentados en tu cocina, me hiciste un sangüich, uno de los mejores que he comido, platicamos de todo y nada a la vez, entonces se fue la luz, afuera el sol ya se estaba ocultando, así que propuse la idea de la vela, tú sólo reíste y tu mirada se iluminó. Recuerdo que dije nervioso “o podríamos quedarnos tan sólo con la luz de tu mirada, con eso basta y sobra.” Tú me miraste por un segundo, yo me quise comer la lengua en ese momento, entonces me dijiste “qué lindo eres conmigo”, y sin esperar a que respondiera, fuiste por la vela.
Tardamos en encender la vela.
En la estufa el café se calentaba y nosotros platicábamos como lo que éramos, dos niños que apenas comenzaban a despertar. Serviste dos tazas, yo esperé a que se enfriara, reíste cuando te dije que tenía lengua de gato, “¿por los chocolates?” preguntaste, y yo respondí “no, por lo sensible”.  Jamás he sabido si en verdad los gatos tienen la lengua tan sensible como para evitar los alimentos calientes, sólo sé que esa tontería fue suficiente para ver tu sonrisa, esa sonrisa que a mis siete u ocho años fue el más poderoso incentivo, y el mayor veneno.
Viste tu reloj, y te sorprendiste de lo rápido que había pasado el tiempo. Eso fue lo primero que me puso nervioso, ese día contigo iba  a terminar y quizás nunca se repetiría. Froté en mi pantalón mi sudorosa mano, y la coloqué sobre la tuya, después de mucho balbuceo te confesé lo que sentía por ti.
Y como casi siempre sucede fuiste políticamente correcta para decirme que me querías mucho como amigo y que no querías perderme. Y toda una serie de disculpas que yo comprendí y condensé  en un  “no quiero ser tu novia.”
Nos despedimos, me diste un beso en el cachete, un hermoso beso que no sirvió para calmar a mí despechado corazón.          
Pasaron los días y sucedió lo inevitable, te volví a ver, nuevamente rodeado de nuestros amigos, pasaron los días uno a uno, despacio, siempre mirando tu sonrisa y aprendiendo a convivir con ella de forma reservada, dejando la infantil adoración para otros tiempos, o para otros labios.
La nuestra fue una historia intermitente. Una vez me buscaste para que platicáramos. Yo aún no sé cómo, pero para ese entonces había conseguido una novia. Cuando corté con ella y corrí a buscarte, tú le habías dado el sí a no recuerdo quien. Y así nos íbamos, una falta de sincronía que podría parecer hilarante, o tan sólo cruel. 

A veces me sorprendo recordándote y así cómo en esta noche, siempre termino con un suspiro imaginando qué hubiera pasado si hubiéramos tenido sincronía.

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