domingo, 10 de agosto de 2014

Cuarto de baño.

La piel de las paredes es carcomida por la lepra del tiempo, siempre el blanco que pretende esconder a otro color, generalmente azul o verde y mientras orinas pones atención al olor, ese olor a jabón y champú, olor a baño, olor a cuarto en que todos se detienen con calma y por un momento reflexionan en lo que les ha sucedido y en lo que les sucederá ese día y piensan en diálogos irreales, en lo que dirían si tuvieran el valor o lo que hubieran dicho en caso de haberse decidido.

 

Tallar con fuerza la piel vieja, esperando que se caiga, que el viejo “yo” se vaya, ese que no se atrevió a decirle NO al jefe, el que se quedó callado cuando ella se retiró enojada, al que no se atrevió a cambiar; pretender desprendernos de lo que no nos gusta de nosotros, cómo si hiciera alguna diferencia.  Ese nos acompaña siempre, lo queramos o no.

 

Pasar la toalla sobre el espejo para descubrir nuestro reflejo, sonreír, hacer caras, mirar la incipiente barba que nunca termina de salir, agitar la cabeza como perro y dejar una gota en el frio reflejo, que corre despacio y simula una lágrima, una ficticia lágrima, una imposible lágrima que no es nuestra, pero que quizás alguien derramó por nosotros, o por aquel que fuimos.

 

Y por un segundo envidiar al reflejo que se esconde detrás del espejo, pues sólo nos imita, a él no le corresponde tomar una decisión, se limita a acompañarnos y mostrarse en tan sólo algunas ocasiones. Pensamos que sería más cómodo ser él.

 

 

Y es entonces que frente a él, frente a ti, te surge la revelación, “y si acaso él es quien vive mi vida, y es por eso que no he podido yo cambiar…”

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