miércoles, 27 de agosto de 2014

Los amantes.

 

 

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Quiso decir buenos días, pero tan sólo vomitó vaho. El frío le recorrió la espalda despacio, como alacrán que busca la parte fláccida, dónde poder encajar el aguijón e inyectar el letal veneno del conformismo, se pasea despacio, no  tiene prisa. Él tan sólo atinó a sacudirse, como respuesta.

El sol acariciaba de forma lasciva al cerro, dispuesto a hacerle el amor, despacio. Por siempre.    El humo de tabaco se aprisionó en el cuartel de los pulmones, pero decepcionado salió con prisa, ni siquiera eso pudo retener y éste se alejó con prisa hacia el cielo, llevaba los restos del viejo yo, aquél que se había partido a la mitad la noche anterior, cuando ella, su amada, dejó de darle sentido a su frágil existir.

EL padre lo miraba con desprecio mal disimulado, había traído a su joven ayudante, quizás por miedo a que se le escapara. Había abierto la puerta sudoroso, subió la cremallera al momento en que le pidió cincuenta pesos por tan sólo decir unas palabras, y lo hacía por compasión, eso dijo. Cada tanto sobaba la espalda del pobre niño que asustado agachaba la cabeza, buscando en la tierra a su salvador, quizás le engañaron y se sentía culpable, por eso no miraba al cielo.

Pagó los cincuenta pesos y sólo entonces el padre le habló al vacío, único acompañante en su dolor, y sin escucharlo se dedicó a recordarla por última vez.

 

Difícil es amar, pero más difícil es despedirse de quién más se amó y  ahí lo tenemos de pie, mientras los pulmones se inundaban de lágrimas y el corazón bombea recuerdos, la maquinaria a punto de implosionar, de plomo los pies, de algodón las manos, le sudan a mares y es que las lágrimas por algún lado tenían que salir.

Recordó la forma en que bailaban en el silencio de la noche, allá el violín de un grillo y de reflector una luna curiosa, y ellos bailando un imposible vals, como dos pequeños títeres que son balanceados por dios, se mueven al compás y sus hilos se enredan, sus vidas se enredan, son uno sólo, son una sola, no se abrazan, se funden y el universo gira en torno a ellos y su sudor es uno, cuando se aman ellos le dan sentido a la vida, porque son vida expresándose, liberándose.

Se embriagó de recuerdos hasta que no pudo, cada recuerdo una gota y fue entonces que las compuertas de la cordura no pudieron contener el mar que él había invocado, y entonces salió por donde pudo, los ojos deseaban aumentar los mares, ser parte de algo otra vez. Su vida se fragmentó al igual que sus rodillas y azotó contra la tierra que ahora la abrazaba y deseó irse con ella, pues, qué sentido tiene la vida si lo que le daba sentido se nos va así de repente, pensó y golpeó con furia el suelo, con la furia del amante que ha sido infectado de celos.

El padre se fue sin decir adiós, con prisa.

Se dio cuenta de que tenía toda su vida para sentir su dolor, para vivirlo y sólo entonces se puso de pie, sabiendo que al menos había apostado su último aliento con tal de hacerla feliz y sintió satisfacción de haberla encontrado en su vida y sonrió al recordarla junto a él, todavía durmiendo, imaginando qué estaría soñando, quizás otra vez con ese caballo blanco que tanto había deseado, cabalgando libre, persiguiendo al sol, siempre al sol, nunca a la luna.

 

Es justo cuando conoces a alguien cuando te das cuenta que la habías estado esperando toda la vida, así le sucedió a él, sus ojos se adueñaron de su mente y a cambio le entregaron su corazón y su cuerpo, él podía hacer lo que quisiera con ellos y nunca hizo otra cosa mas que venerarlos.

La adoraba por lo que era y por lo que conseguía de él. Hacerlo una mejor persona.

 

El sol ya llevaba rato viéndolo cuando decidió marcharse, lloró todo lo que tenía y con esas lágrimas regó la tierra que habría de cubrir ese cuerpo con piel de durazno, el recuerdo de ella se lo guardó en lo más profundo, protegiéndolo de todo mal, de todo oído curioso, lo protegió con su vida. Se marchó siguiendo al sol y dejó de preguntarse porqué lo había dejado y fue entonces que se preguntó con miedo si lo reconocería la próxima vez que la viera…. 

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El tiempo erosionó la fortaleza de piedra que cubría su piel, formando canales por donde pudieran descender las lágrimas al suelo, y cada vez que sus manos le dijeron adiós a algo, las arrugas se apoderaban de ellas. Algunos dientes decidieron quedarse en el camino, y para que dios pudiera ubicarlo desde allá arriba los cabellos se tornaron grises, o quizás fueron las ideas que abandonaron su mente que ahora vivía el momento y no era ansiosa del futuro y él que ya era pasado viviente, ya no lloraba por ella, ahora sonreía cuando la invocaba cada tarde, y en sueños ella lo invocaba a él. Ella joven, él fláccido y encorvado, la primera vez le rehuyó causando que ella riera como niña, y entonces comprendió que ella ya lo conocía desnudo y conocía la mayor desnudez que cualquiera puede tener, la del alma, él se abrió ante ella ya hace muchos años y comprendió que de ella no podía ocultarse jamás. La tomó de las manos y esbozó su mejor sonrisa, los pocos dientes que quedaban se comportaron a la altura y en formación solemne le rindieron honores.

Unas manos que bailaban al compás de un son inexistente sujetaron las manos de ella, siempre jóvenes y él le pidió que se lo llevara con ella, pero como siempre, le dijo que no. Todavía no viejito. Entonces cuando, le pregunto y agregó, ya no puedo, me duelen los pies, me duelen porque saben que por más pasos que den no pueden llegar a tí, ya me cansé de mentirles y hay días que no quieren ni moverse, lo mismo mis brazos, se empeñan en dolerme, lo único que podría aliviarles el ardor que sienten, sería abrazarte mis ojos no quieren ver otra cosa más que a tí, mi cuerpo ya no es mío, nunca lo fue, te pertenece y desea ir contigo y yo también lo deseo, por favor llévame contigo.

El dedo índice de ella, siempre joven, eterno, retiraba la lágrima que curiosa se asomaba por esa ventana empañada que daba a su alma y con una sonrisa le explicaba que aun no era momento, siempre con una sonrisa. 

El frío se colaba por entre las sábanas, único amigo que venía a hacerle compañía y el se preguntaba llorando cual niño pequeño, “¿entonces cuándo viejita, cuándo? ”.

 

La nieve pesaba como sus años y quizás por eso el techo no resistió el peso, cayendo sobre el  cuarto donde tenía a sus palomas únicas compañeras en este viaje que llamaba vida. Las rodillas, oxidadas, hicieron un esfuerzo por llevarlo hasta ahí, los dedos hechos palas cavaron para sacarlas, al menos una se dijo, el corazón impaciente bombeaba adrenalina, los ojos buscaban algo más que la blanca monotonía, en la garganta aprisionadas las lágrimas esperando la señal para salir ya fuera para celebrar la victoria o acaso para intentar anestesiar el dolor.

Cuando su dedo golpeó una jaula el corazón se detuvo un momento, pensó que era hora de irse y por un momento deseó que así fuera e imaginó su encuentro, ella vestida de blanco esperándolo con el cabello suelto y sonriendo al verlo mojado y el se apresuraría a decir, es por la nieve, y entonces ella  reiría y él se sorprendería de no sentir frio, de no sentir dolor y por un segundo se lamentaría por la perdida de sus dolores, únicos compañeros que le recordaban qué era estar vivo.

Cuando el corazón volvió a bombear sangre y ésta llegó al cerebro, se dio cuenta de que aun no era el momento, y se preguntó en voz alta, si pudiendo ayudar a otro no lo hacemos, entonces para que nos sirve la vida, y con cuidado de cirujano extrajo el tumor de nieve que cubría el templo donde vivía una de sus palomas, con amor infinito sacó la jaula y respiró aliviado al verla viva, aturdida pero viva, sonrió y abrió la compuerta que era la diferencia entre ser libre o ser una mascota, la paloma voló majestuosa hasta uno de los pilares que sostenía lo que había servido de techo hasta ese día, y si hubiera tenido forma de ayudar lo habría hecho, así que dio lo único que podía que algunas veces es lo que más sirve, su apoyo incondicional.

 

Cuando logró sacar la última jaula y vio que todas las palomas volaban sobre su cabeza, lloró, lloró de felicidad, lloró por amor y lloró por todos aquellos que tienen miedo de decir te amo, y lloró por aquellos que creen que jamás podrán amar y amó por ellos y tanto amor no le cupo en su viejo y cansado cuerpo y cuando las lágrimas no fueron suficientes rió, rió como niño, como ser inocente que aun no está condicionado ante nada.

 

Ya había olvidado que era su cumpleaños, cuando tocaron a su puerta. Algunos vecinos lo visitaron, muchos por compasión, otros obligados por sus familiares, unos cuantos por verdadero interés, pero a él no le importó y les abrió la puerta de su hogar.

Les contó su vida por un simple deseo de convivir y mientras más contaba, más miradas cautivaba, contó cómo, cuando siendo aun niño, huyó una noche lluviosa de sus padres adoptivos corrió en la noche hasta que el sol acarició su piel para decirle que ya nadie lo perseguía. Contó todas las cosas que había hecho para vivir, algunas no causaban orgullo, pero eran parte de él. Contó y contó y por más que contara los recuerdos no parecían acabarse, lo único que no contó fue cómo una vez  amó y como una vez perdió a su parte bella, cómo había perdido el sentido de su vida al perder los ojos de ella. No contó como parte de él seguía enterrado al pie del cerro, ahí dónde ella construyó su capullo de tierra para transformarse en ángel.

 

Entrada la noche se despidieron todos, alegres por haber visitado a ese viejo que no dejaba de sonreír, aun cuando contara la historia mas triste de toda, su vida.

 

Antes de despedir a la última familia sacó de un viejo baúl unas luces de bengala y se las obsequió a los niños, pidiéndoles un favor,

 

“Iluminen la noche con estás bengalas, que los ángeles sepan que ustedes también brillan y que las luciérnagas los persigan deseando que algún día puedan brillar como ustedes….”

 

Él no subió a su cuarto a dormir, no podría. Se enfundó en el único traje que tenía, el mismo que uso para despedirse de ella, quería que lo pudiera reconocer. Y quizás sólo por un vientre un poco más prominente, no había cambiado mucho, se sonrió al verse al espejo y notó que le faltaba algo. Salió al patio y el fresco de la noche le golpeó la espalda, como quien saluda a un viejo amigo, fue al pequeño jardín que cuidaba de forma religiosa y tomó prestada una flor, la que más brillaba bajo la luna.

 

 

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Y mientras los niños a lo lejos jugaban con las luces de bengala, él quiso ver luciérnagas, pequeños insectos que iluminan la noche para que los amantes se encuentren los sexos en la oscuridad de la noche.

Se sentó en el suelo y mientras el frio viento de la noche peinaba su escasa cabellera, preparándolo para la cita más importante de su vida, él se dedicó a tararear una melodía que había compuesto en todos éstos años. Y cuando por fin la última estrofa vino a él con la velocidad de un rayo, quiso buscar dónde anotar, tentó los bolsillos del pantalón, nada, la bolsa interior del saco nada contenía, sólo recuerdos pero fue el bolsillo exterior el que guardaba un viejo tesoro, la flor que ella le había obsequiado hace ya tantos años, se encontraba seca, pero mantenía la belleza de lo eterno, sonrió y cual padre que arrulla a su hijo la colocó con ternura en donde estaba y enseguida colocó la otra flor, la que él había escogido, deseando que ambas se complementaran, como ellos lo habían hecho años atrás.

 

Todos pretenden encontrar lógica donde no la hay, unos dicen que no es posible, sí apenas la noche anterior celebraron su cumpleaños y se le veía tan bien, los niños le lloran como se le llora a un amigo y es que un sólo encuentro es suficiente para darse cuenta de quién es buena persona y  a ellos les dolió perder a quién podía ser su mejor amigo, sabía escuchar sin juzgar, sabía cuentos, cosa que los niños aman y lo más importante, tenía la imaginación y la misma ilusión que ellos.

 

Es curioso pensar que en el bolsillo del pantalón encontraron una nota que decía,

“El destino esta ahí esperando por nosotros, dispuesto a reclamarnos
Y mientras tanto ahí vamos nosotros, viviendo, muriendo, esperando.
La eternidad comienza todos los días
y si un segundo basta para morir, ¿cómo no va a alcanzar para cambiarnos la vida?

 

 

sí me necesitan, ya saben dónde encontrarme, en el bando de los buenos. “

 

 

 

Lo curioso no fue la nota, sino que nadie retirara las flores, símbolo de lo viejo y de lo nuevo, de lo que hay y de lo que fue, de todo lo que está y de lo que se ha ido y quizás por que nadie las quitó y quizás porque no encontraron otro traje para él y por eso lo enterraron así como estaba, con esa sonrisa pueril y con ese viejo traje gris y toda la combinación de eventos y de lágrimas derramadas sobre su tumba consiguieron que esas flores se unieran para siempre, abriéndose paso entre la tierra y perpetuando una historia que es como la vida misma, dulce y trágica, pero sobre todo increíble.

 

 

 

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Agosto 25, 2014.

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