domingo, 10 de agosto de 2014

La mano en forma de cuna.

Lo sujetó con la pinza que formaron sus dedos, inclinó la cabeza  mientras lo hacía girar, para que así sus miradas coincidieran. El pequeño gato maulló sin muchas ganas, como mero trámite tan sólo. Él acercó el suave pelaje a su rostro y sintió el ronroneo, una suave vibración que acompañaba a su corazón, tun tun tun tun tun… Alejó un poco al gato para verlo, él tenía los ojos cerrados, adormecido por el bienestar de sentirse protegido, ahora acercó sus narices y él también cerró los ojos, ambos a punto de quedarse dormidos ahí, en medio de un patio que a pesar de ser grande no le daba sensación de libertad.

 

Posó al pequeño gato en la palma de su mano izquierda y con la derecha acarició el suave lomo del animal, éste ronroneó con más fuerza, agradeciendo el gesto.

 

Se sintió sucio y se dio cuenta de que eran las miradas de aquellos jóvenes que lo miraban desde lo lejos, rehuyó de forma torpe los puñales de esos ojos mezquinos, agachándose despacio, deseando ser invisible, protegió con ambas manos al pequeño gato, deseando que no se acercaran.

Siempre los mismos gritos y burlas de los que no sólo estaba cansado, sino que los conocía de memoria, le llamaban estúpido o loco, algunas veces lo empujaban pero invariablemente se iban al descubrir que sus burlas no generaban respuesta en él, deseo que hoy fuera igual, pero en cuanto vieron al pequeño gato quisieron arrebatárselo.

Su mano izquierda sintió como el pequeño corazón del gato bombeaba miedo,  él reaccionó por amor y golpeó a quien pretendía quitárselo, todos retrocedieron asustados, él los miró y sujeto la ensangrentada piedra con la mano derecha, todos corrieron. Él se sentó en el suelo y vio como la sangre salía de la cabeza, pero no pudo resistir esos ojos que lo miraban de forma fija, así que le dio la espalda.

 

Es increíble lo que es capaz de hacer el amor verdadero, ellos querían llevarlo ante la justicia, él creía que iban a quitarle a su gato, así que golpeó a todo aquél que se le acercaba. Fue el miedo el que apretó el gatillo, la bala le robó el suspiro de la vida, pero incluso cuando su cabeza golpeó el suelo de forma violenta, el pequeño gato seguía ronroneando, pues jamás se sintió tan protegido.

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