miércoles, 7 de octubre de 2015

El ritmo de su risa.

Lo vi apoyado en su bastón de ciego,  algún señalamiento en el metro me hizo ver que el término correcto es ciego y no invidente, y al verlo me pareció que lloraba,  sus hombros se levantaban al compás de una respiración agitada,  los párpados cerrados con fuerza y la boca entreabierta. Eso fue lo que me hizo creer que lloraba,  pero conforme me acerqué para preguntar si podía ayudarle escuché una risa casi inaudible que después se transformó en carcajada.  Los resortes de los hombros hicieron que el viejo baúl de los recuerdos se agitara en el aire, hacia adelante y hacia atrás,  las gaitas que son sus pulmones expulsaron la melodía que comparten todas las culturas y entonces su ritmo me contagió y sonreí.

Me deje llevar por una idea preconcebida y creí que el ciego sólo puede llorar,  pero ese señor son quererlo y sin saberlo,  me enseñó a ver.

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