domingo, 4 de octubre de 2015

Sin chile y sin cebolla, que chido.

El sol golpea su rostro y sabe que es momento de despertar,  despacio abre los ojos aturdido,  le cuesta trabajo enfocar imágenes y comprender donde está. El sol lo golpea directo y sin piedad,  cierra los ojos y siente como las lagañas se resisten a abandonar el sueño,  quieren sellar el tragaluz que son los ojos. La pasta que ahora es su saliva se atora en su garganta y le recuerda que necesita agua.  

Como puede se apoya en su costado, y busca en el bulto que sirvió de almohada.  Abre la bolsa de plástico y busca con desesperación de niño que necesita su carrito de carreras, pues otros niños lo esperan para correr,  por fin encuentra lo que busca,  una vieja caja de cigarros marlboro llena de bachas a medio fumar,  escoge una y la enciende con un cerillo. 

Se sienta y espera a que sus pulmones dejen de protestar ante la primera bocanada, vuelve a inhalar con furia. Una lágrima escapa ante la invasión del humo,  aprovecha para secarla y retirar las lagañas,  los ojos le duelen por tantas cosas que ha visto en su vida.  

Sentado en el suelo se rasca la cabeza y extiende la mano como aquel que desea saber si tláloc ya se manifestó,  la mantiene así por un rato y entonces alguien deposita una moneda que no le hacía falta. 
Cinco pesos, que acaricia como un amuleto,  como un presagio de buena suerte.  Espera que sea un buen día.  Desea que sea un buen día.  Por un momento le intriga saber la hora,  pero solo un segundo pues no tiene prisa,  podría comenzar a derrumbarse el mundo y a él poco le importaría, nada tiene que perder,  no está atado a nada. No se aferra a las cosas. 

Alguien dejó una torta a sus pies,  no recuerda si le dio las gracias, ni siquiera se dio cuenta.  Fue un viejo perro el que le hizo saber lo ocurrido y sólo entonces sintió hambre. Si tuviéramos tiempo y paciencia para ver el ritual,  podríamos entender la forma en que Jesús partió el pan y lo dio a sus discípulos,  con amor infinito tomó la torta por la mitad y despacio dejó que las pinzas de los dedos separaran el sagrado alimento, juzgó que el trozo de su mano derecha estaba más grande, así que lo tomó,  retiró la tapa de pan y nuevamente las pinzas de los dedos se ocuparon de extirpar el tumor del picante y el mal  de la cebolla, colocó nuevamente la tapa y la entregó a ese hermoso ser que no juzga y que no pretende,  que es y que se entrega de una forma que pocos siquiera imaginan.  

El perro comió de forma ruidosa y con prisa, provocando una sonrisa en él que apenas iba a morder su porción,  fue la insistencia de la cola lo que lo convenció, partió nuevamente a la mitad,  entregó una parte del botín a su nuevo amigo y mientras comía despacio lo acarició con calma,  muy despacio de la cabeza al lomo y masajeando ese peludo cuerpo que había sido capaz de hacerlo sonreír.
Poco a poco la paz se pierde,  pues nos alejamos de él y lo vemos sentado junto a la salida de un metro,  el ruido de los pasos se convierte en un tumulto que crece cada vez más, los vehículos se estorban y sus conductores se retan,  allá alguien grita por que le han quitado algo que consideraba suyo, sin saber que nada nos pertenece,  ni siquiera las ideas,  baste como prueba éstas líneas que son tan sólo la transcripción de un sueño, algo que llegó a mí y que no me pertenece,  es tan sólo el universo tomando consciencia de si mismo. 

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