sábado, 30 de abril de 2016

La vejez comienza cuando se termina la curiosidad.



Eran días en que se podía perder el tiempo sin miedo a consecuencias, sin miedo a que el tigre del tiempo se afilara sus garras en nuestro rostro, llenándonos de surcos por donde pudieran caer más fácilmente las lágrimas, eran días en los que no teníamos miedo al reloj, pues sabíamos que mañana íbamos a poder seguir jugando justo donde nos quedamos y a pesar de los gritos, poco nos importaba el lodo en las rodillas, pues éramos felices, corríamos sin miedo a que alguien pensara que estábamos locos, reíamos sin miedo a interrumpir la quietud, no nos importaba que el sol no se hubiera levantado, nosotros ya teníamos energía suficiente para salir a andar en bicicleta y comer helado, pero poco a poco nos educaron, nos condicionaron a reír de forma discreta, a comportarnos de acuerdo a la conveniencia de los demás, a no gritar, a no correr sin razón, a que el tiempo es algo que hay que atesorar y ocuparlo para correr y poder llegar a tiempo y quedar bien y verse bien ahora son prioridad, jamás deben verte con lodo en las rodillas ni mugre en las uñas, siempre hablando con voz baja en lugares públicos, pues lo contrario es vulgar, lo que no conviene a los demás está mal.
Corríamos sin preocuparnos por llegar a tiempo, pues el simple hecho de correr era el objetivo del juego, sentir, ser, experimentar el mundo era la prioridad y estábamos llenos de preguntas y la mediocridad de algún adulto nos enseñó a dejar de preguntar y nos dijeron que no tenía sentido hacer tantas preguntas y también nos dijeron que hay que sentarnos derechos y que hay que comer con la boca cerrada. Te acuerdas cuando el brócoli eran pequeños árboles y tú un gigante que había de devorarlos, la única parte divertida de los vegetales en la comida, y eso también nos lo quitaron.
Bailar sin música no era locura, era lo más divertido, jugar en la cocina sin miedo a cuchillos o al fuego, mirar a las hormigas pasar una tras otra, siempre con la duda, ¿A dónde diablos van? Y siempre antes de dormir pensar si acaso esa última hormiga, la que parecía perdida, había llegado al campamento y ahora se encontraría con sus amigas, contando su experiencia emocionada y diciéndoles que vio un ser enorme que la miró con curiosidad, mientras ella sufría para encontrar el rastro, pero entonces el ser ese enorme la sujetó con delicadeza y la llevó a un lugar donde pudo seguir el rastro y es por eso que pudo encontrarlos y algunas hormigas no le creen, pero no pueden explicar cómo es que logró llegar, si se había atrasado demasiado, pero hay cosas que es mejor no preguntarse, y justo cuando piensas en eso alguien te grita que tienes que dormirte por que ya es tarde, y tú te preguntas, ¿tarde para qué?

Nos quitaron poco a poco las ganas de ensuciarnos las rodillas, las ganas de jugar con carritos en miniatura y nos dijeron que ya no éramos unos niños, que ya no podíamos ir por la vida despreocupados, ahora tienes que ocuparte y ser responsable y ser y parecer y estar limpio y ser responsable y comer con la boca cerrada y aprender a escribir y aprender que las conjunciones se tienen que usar de forma correcta porque entonces sino es cacofonía y está mal y se pierde la idea y el que lee puede considerarte loco o idiota y entonces quién va a querer leerte y te preguntas si acaso escribes para alguien o si acaso es catarsis y nada más y poco te importa el lector, porque lo que importa es el mensaje y qué si no les gustan tus letras y qué y qué si abusas de algo y lo utilizas como herramienta, si fuera ya famoso sería un visionario, un artista, pero como soy un don nadie es considerado una idiotez y otra vez pensando en lo que opinen los demás, que están precisamente DE MÁS, y nos enseñaron a no divagar y a ser concisos y a comportarnos y a creernos la historia que nos dijeron y a creernos lo que ellos creían que no podíamos hacer y me dijeron que no podía dibujar que no podía hacer juguetes de plastilina y me lo creí y hasta hace un par de años yo  decía que no sabía dibujar y me creí tanto lo que me dijeron que no creía en mí, hasta que decidí creerme mi propia historia, esa que voy forjando paso a paso, la que yo quiero que sea, dejé de creer que los demonios familiares eran míos y los dejé libres, los pobres ya no saben cómo pasar el tiempo, a veces los sorprendo rondando la casa en la madrugada cuando me levanto por agua y veo a uno sentado frente a la computadora escribiendo, y lo dejo en paz, que se entretenga no soy nada ni nadie para decirle a alguien lo que puede o no puede hacer o lo que debe o no hacer, si eso lo entretiene, que bueno y que sea feliz.
Nos educaron a responder lo que ellos querían escuchar, por favor, gracias, de nada, con permiso y otras palabras que repetimos como loros educados en espera de una galleta para el súper yo que pueda decirnos, eres bueno, eres una buena persona y una palmada en la cabeza como al perro fiel. Aprendimos tantas palabras pero no aprendimos, mejor dicho, nos enseñaron a dejar de hacer preguntas y es por eso que ahora no podemos responder la pregunta más importante de todas, ¿quién soy? No soy solamente el hijo de alguien, el hijastro de alguien o el hermano de alguien o la pareja de alguien, soy algo más, no debo definirme por lo que me rodea, sino debo definirme a mí, no soy mi nombre, hay muchos con ese nombre, no soy mi edad, no soy mi gusto musical, no soy estas letras y sin embargo soy todo, soy la suma de todas las partes, pero hay alguien, algo que me define como ser absoluto, y sin embargo soy parte de todo, el que aquí escribe y el que acaricia estas letras con su mirada, son el mismo, vienen del mismo concentrado de materia y energía que un día se aburrió y decidió expandirse y que un día se cansará y entonces se contraerá y chocaremos y volveremos a lo mismo, al todo, a la nada, a ser nada y todo como justo sucede hoy.

Somos vitales y efímeros y entonces la pregunta obvia es, ¿y ahora qué? Me dedico a lamentarme o a vivir, a trabajar y pagar mis deudas o a viajar por el mundo que al cabo es mío y yo de él, o me dedico a estudiar y ser mejor persona y mientras corro para no llegar tarde a clase arriesgarme a sufrir un accidente o a quedarme en casa a salvo sin vivir, o a ser lo que estoy destinado a ser y ayudar al colectivo a ser mejor, al cabo que, ¿si no servimos para servir, de qué chingados servimos?

Nos quitaron muchas cosas, nos condicionaron, pero no es culpa de ellos, no somos siempre víctimas, eso es lo más fácil, es el rol más sencillo de ocupar e interpretar, ser el que sufre por consecuencia de los demás, lo vital es dar un paso adelante y ser capaz de decir, yo me creí cuando me dijeron que no podía, yo les compré mi historia y la repetí como loro, yo quise aprender a repetir sus miedos y creerlos míos yo aprendí a repetir sus excusas, yo y sólo yo puede solucionar lo que pasó.  Y si bien nos condicionaron, no nos quitaron la curiosidad, esa que nos permite detenernos un momento y mirar con otros ojos y es entonces que el niño que fuimos puede ver el mundo y toma prestada nuestra mirada para redescubrir el mundo y para ver lo que quizás se perdió, y entonces te sorprendes viendo como lluvia, sin nada en la mente, simplemente ver llover porque sí, porque te dan ganas y qué si me mojo, y qué si mis tenis nuevos se manchan, y qué si me despeino, y qué si cae granizo, y qué. Nos preocupamos de las cosas materiales y se nos olvida que todo lo que el universo nos da, el universo nos lo quita. El mendigo va por la vida riéndose del destino, pues nada tiene que perder, mientras el trabajador corre al trabajo para poder pagar el espacio donde vive, espacio que deja libre todo el día, pues tiene que pagarlo. Y así se nos va la vida en una espiral, subimos y bajamos y a veces nos lamentamos en grupo y a veces reímos solos, o viceversa pero se nos olvida que la única constante, lo único que no faltará, seremos nosotros con curiosidad o no, siendo niños o no, con demonios propios o ajenos, con ganas de vivir cada instante o con ganas de tirar todo a la mierda, con emoción de levantarnos un día más y decir con emoción, estoy vivo o con ganas de dormir más y sin ganas de hacer nada y por tanto, sin dejar constancia de nuestra presencia, sin forjar nuevos recuerdos.

Es probable que algún día unos ojos curiosos acaricien estas letras con la paciencia que sólo da el verdadero interés y recorran el lomo de este escrito como se recorre el lomo del gato que reposa en nuestras piernas y que nos permite tener un pretexto para perder la mirada por un momento y recordar lo que fue y lo que no pudo ser, y los dedos sienten el suave pelaje y se sienten poderosos, el placer de acariciar un tigre, de domar el pasado y enfrentarlo y decirle a los demonios, mientras los miras a los ojos, “no puedes hacerme nada, no te tengo miedo” y  sólo puede hacerte daño aquello que tiene poder sobre ti. Y esos ojos curiosos al no comprender lo que acaban de leer se acercaran a mí y me preguntaran, “abuelo qué quiere decir esto” y entonces yo me reiré y le preguntaré de dónde sacó eso, pero entonces comprenderé que no tiene sentido encontrar respuestas y desde el pasado me digo a mi mismo, nunca dejes de soñar, jamás le transmitas tu demonios a ese niño que te mira y jamás le digas que no podrá, si tú no pudiste no quiere decir que él no pueda, dale coraje y dile que lo intente, apóyalo y explícale qué diablos querías decir con todas estas letras que se amontonan hasta terminar en un pequeño punto.



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