miércoles, 14 de septiembre de 2011

Cuando era niño ibamos mucho a casa de mi abuelita, vive en la colonia la nueva Santa María, es delegación Azcapozálco, creo.
Casa grande, de un patio aún más grande, visto desde la perspectiva infantíl, en el que las ideas siempre eran pocas, había una fuente, grandes árboles, pasto, mucho, donde se podían desarrollar aventuras en el mar, la selva o de ser necesario en una antigua ciudad (el pasillo del estacionamiento).
Recuerdo que tenía un cocodrilo de plástico, siempre le dedicaba una o dos horas a él con la fuente. Me parece que tenía nombre, no lo recuerdo.

En la esquina había un cuarto, ahora lo identifico como un cuarto de huespedes o acaso de servicio, pero en mi infantil memoria es el cuarto oscuro, el relegado, en donde cosas malas podían pasar o acaso ya habían sucedido y era por eso que se había cerrado celosamente.
Quizá ahí se guardaban valiosos datos de mi historia, quizá solo revistas viejas y polvo, quizá la historia de un asesinato...
Nunca pude estar cerca de ese cuarto por más de unos cuantos minutos, mi pueril ser percibia sombras que se movían, incluso más de una vez imaginé extraños sonidos, quizá una rata, pero yo quería asustarme, y vaya que lo lograba.
Subiendo unas escaleras de caracol había otro cuarto, en verdad eran demasiados cuartos, casa vieja y chilanga, con esos dos adjetivos he dicho demasiado, para los que están familiarizados con los términos, para los que no, es sólo una descripción muy general. Siempre ocurre.

En ese cuarto jugaba con mis primos y sus figurillas de star wars, me agradaban los muñecos, nunca las películas.

Conforme escribo vienen a mí recuerdos del baño, tengo la imagen clara y claro el sentimiento de aquella vez que tuve que bañarme en él. No era asco, no estaba sucio. No era miedo, aún cuando la casa en su vastedad daba un aspecto tétrico, en verdad no era mala, al menos no conmigo.
Era como pertenecer a un lugar del universo atemporal, como ser parte de una película antigua, o ser simplemente complemento del baño. Es raro lo sé, pero así lo siento/sentí.

Muchas cosas sucedieron en esa casa. Demasiadas. Quizá sólo la visité unas dos veces y los recuerdos fragmentados dan la sensación de que ha sucedido en diferentes días, pero no lo creo. Casi cada domingo ibamos, y en el mercado cercano ibamos a desayunar tacos de cochinita. Deliciosos.

Aquí es la parte donde entra una canción con guitarra electroacústica y un pandero acompañando, la letra algo así como:
"And I know darling
That I can't wait to hear
Hear your heart beating along with mine
Darling, Please join me
Tonight

And I know that the moon
Always has time to say hi
And I know that it is late
Baby, please
Don't say no...
Tonight"

La mayor felicidad suponía comer en familia, mi madre, mi tía, mi hermana, muchas veces mi sobrina, a veces mi papá, pocas, mis primos y su papá. A veces mi prima Patricia, de la cual tengo pocos recuerdos, lo que en lenguaje infantíl se traduce a poco cariño.

Siempre, invariablemente, de regreso a casa me dormía en el carro. Pasar la tarde jugando por horas, corriendo para rescatar a mis muñecos del monstruo sin nombre, o ayudandolos a escapar de la inmensidad de la selva, o simplemente haciendo ondas en el agua estancada de la fuente.

Ayer soñe que esa casa se había convertido en vecindad. E inclusive en el sueño tuve memoría de lo vivido, y al igual que en mi sueño, no puedo evitar sonreír.

"Baby
Please don't say no
Tonight"
(Music fades)
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