viernes, 23 de diciembre de 2011

Deambulando por Querétaro.

Salí a recorrer el centro de Querétaro, me llevé gratas sorpresas, y aunque quería chacharear me abstuve, ya después con calma gastaré mis centavos. El objetivo principal era conseguír regalos para la familia, quería los libros de Caracol Beach y El misterio del cuarto amarillo, para mis sobrinos, pero no los encontré, y quizás tuvo que ver la ruta recorrida, pero me sorprendió sólo encontrar dos librerías, bueno tres, si generosamente incluyo en el conteo aquel local lleno de chacharas usadas donde había desde viejos números de Reader's Digest, Archies y Libros Vaqueros hasta viejas y enmohecidas enciclopedias, y por último un puesto de revistas viejas que también vendía libros viejos, no me atrevería a llamarle una librería de viejo, por que no vi ninguna joyita, es más ni siquiera libros de Monsivais o de José Agustín había, ni hablar de Ibargüengoitia...

Y es que quizá por nostalgia, quería regalar a mis sobrinos los libros que a mí me fascinaron, que me sorprendieron sobremanera y que yo esperaba les causaran la misma impresión. Pero todos sabemos que los libros nos encuentran a nosotros. A mí me encontró La Tumba de José Agustín estando en la secundaria, cuando estaba en lo que yo creía mi apogeo, o cenit de escritor puberto, incluso presumía mis textos como el joven inmaduro y presuntuoso que era, y al devorar el texto que José Agustín nos regala, me di cuenta de lo torpe que era mi escritura y me dije a mí mismo, "Ahora qué tienes que decir, Chejovcito?" Eso me dio la oportunidad de analizar mis textos y darme cuenta que lograr un estílo propio es algo que toma tiempo, que requiere de mucha práctica y el poder hacer una redacción que convierta en algo interesante un viaje por la ciudad, no es algo que cualquiera pueda hacer.
Caracol Beach fue una novela que me despertó aún más la imaginación, de ahí tomé el título de mi blog, convertí en mantra aquella frase de "el miedo es una camisa de fuerza".
Cuando me encontró el ensayo sobre la ceguera, me preparó mentalmente para el encierro que viví a causa de mi fractura en dos vertebras lumbares, lo que me volvió en un ser dependiente de los demás, no podía cambiar de posición en la cama, me tenían que rodar con ayuda de unas sabanas, ir al baño se convertía en una forma de pedir limosna, hay un punto en que se tiene que dejar la vergüenza a un lado y pedir lo que antes se hacía como simple acto reflejo. Después de meses pude bajar yo solo las escaleras y servírme agua, desde entonces disfruto cada vaso de agua y no puedo evitar ese sentimiento de impotencia que me dejó inmóvil físicamente, pero que me despertó la conciencia de forma increíble. Y pareciera ridículo, pero muchos libros han llegado a mi vida en momentos específicos y por eso, los he disfrutado tanto.

Quizás ellos, los libros, tienen que encontrar a mis sobrinos a su debido tiempo, uno espera lo mejor y quizás en unos años platiquemos de Las intermitencias de la muerte o de Lentejuelas, o quizás de la Eternidad por fin comienza un lunes, o por qué no, de las rimas de Becquer o de Neruda. La vida misma es una novela, yo sé mi final, voy a morír, pero lo que suceda entre el día de hoy y ese momento, me toca redactarlo a mí, quizás lo convierta en una aventura increíble, o en un thriller, o en una mezcla surrealista increíble que mis hijos, sobrinos y/o nietos platiquen con emoción, o puede que sea una historia detectivesca en la que muchos habrán de exponer las piezas que se relacionan conmigo y de ahí intentar formar el conjunto. Puede ser, o puede que mi vida, y por tanto mi muerte, no sea mas que una hoja de periódico, de esas que se lee una sola vez, sin ganas y con prisa, y que después solo sirven para hacerla rollo y tratar de disciplinar a alguien y no como ejemplo, sino como escarmiento.
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