viernes, 6 de mayo de 2016

Adios.



Los gusanos ya llevaban rato comiendo de mí y sin embargo yo seguía aferrado a que no estaba muerto.

Lo increíble es que sienta cosquillas cuando las larvas salen de mi nariz, y lo que más desespera es no poder rascarse, esa sensación de querer arrancarte la nariz con los dientes, pero por más que lo intentes no puedes mover nada, ni los dedos, ni los brazos, ni la lengua siquiera, nada.
Ya llevo rato esperando que mi alma se salga y vaya a algún lugar, pero no, sigo aquí esperando a que pase algo, de repente escucho que llueve y me imagino a la gente corriendo de un lado a otro, siempre con prisa, y me imagino a un niño que se deja acariciar por las gotas y gira despacito para que todo él pueda ser mojado mientras  sonríe con emoción y sin prisa, no quiere dejar de mojarse, cierra los ojos quiere sentir cada gota en cada poro de su piel, quiere sentirse uno con la lluvia, quiere ser nube y ser tormenta y ser mar, ser río, ser laguna, ser todo agua y pasearse por encima de los continentes para llegar a un punto del mundo y dejarse caer sobre un niño que se deja mojar y baila mientras lo hace, mientras su madre le pregunta, le grita si acaso está loco y a fuerza de miedo se mete corriendo a casa, a bañarse, a mojarse con otras gotas que poco le interesan sin saber que una gota fría de lluvia, tiene casi el mismo origen que esa gota de agua caliente que lo moja en su baño.
A veces me imagino que la gente ya no está allá afuera, que hubo una bomba y que tuvieron que evacuar a todos, o que por fin ocurrió el holocausto zombi y que a lo mejor por eso no me he ido a ningún lado, mi alma digo, y a veces me pregunto si no debería intentar salir y atormentar a los vivos, esperando que nadie tenga una escopeta que me vuele los sesos, pero como no puedo moverme creo que no es eso, no soy zombi y además no tengo ganas de morder a nadie, o quizás me falta voluntad, quizás hasta para ser zombi no sirvo.
Si pudiera me mordería las uñas, dicen que siguen creciendo, pero creo que lo que se acaba es la piel y por eso da la impresión de que son más largas. Si pudiera me mordería las uñas de los pies, está aburrición me está matando. Estoy tan acostumbrado a usar las palabras que ya no pienso en lo que digo, o lo que pienso mejor dicho porque no puedo hablar.
¿Esa voz que suena en mi cabeza es mía? Nunca me puse a pensar en eso hasta hoy, en verdad hay una voz o simplemente son pensamientos lo que me ocurre y quiero pensar que una voz me va narrando las cosas, como cuando pienso en mi pasado y me acuerdo del niño que fui y recuerdo imágenes que no son imágenes, entonces qué son, qué soy, soy impulsos eléctricos que ocurren con la velocidad de un disparo de revolver, pero como puede haber disparos si no hay pólvora, si ya estoy muerto.

El otro día me acordé de unas canciones y de lo que hacía con mi vida cuando sonaban esas canciones, por ejemplo me acuerdo de When I come around, de Green Day, y me acuerdo de como jugaba a ser un puberto malvado, un chico rudo, un rebelde que no daba miedo sino risa, aferrado a las cosas, creí liberarme de las cosas al conseguirme ataduras, miles de pulseras en cada muñeca, collares como si fuera yo un perro y la gente pudiera identificarme, no me tatué porque siempre fui un cobarde, me mentí varias veces diciendo que no había encontrado la idea genial que me acompañara por toda la eternidad y resulta que pudieron más las cicatrices que son testimonio de mis pendejadas. Me acuerdo de The Swan Song, canción que escuchaba cuando quise ser todavía más malo y resulté ser una versión hilarante de mí mismo, incluso me pinté las uñas de negro. Poco a poco voy olvidando las canciones y poco a poco me deja de dar risa lo que hice y también dejo de sentir lastima por lo que no hice, siento que ya no queda nada por hacer, lo poco o mucho que hice con mi tiempo no hay manera de cambiarlo y conforme me voy dando cuenta de que no hay más, de que todo lo que hice lo hice y lo que no pude hacer ya no hay forma de hacerlo, me siento más tranquilo.

No sé cuánto tiempo ha pasado, antes medía el tiempo por gusanos, pero esos ya hace rato que se fueron, ya no hay nada, sólo unos huesos que para mi sorpresa son blancos, blanquísimos, quién lo diría.

Ayer me pareció escuchar alguien llorar, fue aquí cerca, yo diría que dejaron a alguien nuevo, hace mucho que no se escuchaban tantos pasos y gritos, a lo mejor era alguien muy querido o muy rico. A veces las lágrimas salen con dinero, a veces no hay nada que las haga salir y si salen son de odio y no de tristeza. Yo llegué a odiar y durante mucho tiempo creí que tenía que odiar, así como me dijeron que tenía que amar y reír y ser feliz y expresar mis sentimientos, también me creí cuando me dijeron que era sano odiar, pero el odio es una carga que no nos deja avanzar, a veces por estar viendo si aquel que odiamos tropieza, no avanzamos y nos quedamos esperando a que esa persona falle, pero muchas veces el que menos se entra de que es odiado, es nuestra víctima y ahí vamos cargando un estorbo y justo aquí me vine a dar cuenta de que cargué muchas cosas que no son mías.

Poco a poco comprendo por qué he estado aquí tanto tiempo, es para liberarme de todas las cargas emocionales y para liberarme de las ataduras. Ya hace rato que no pienso en mí, sino en nosotros, me doy cuenta de que soy parte de algo más complejo y hermoso que un simple ombligo lleno de pelusa.




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