miércoles, 18 de mayo de 2016

Ese polvo que cubre mis libros, es una parte de mí.

La gente tiene la costumbre de preguntar de dónde eres, aunque poco le importa la respuesta, y cuando les dices dónde naciste y dónde creciste y dónde vives, algunos se interesan, otros simplemente asienten y pasan a otra cosa. A mí a veces me delatan los recuerdos y me sorprendo al hablar con tono del bajío, cantadito le dicen. Y a veces me preguntan dónde viví, como si hiciera alguna diferencia, lo que importa son las calles que recorrí, las tardes que estuve esperando el camión rodeado de extraños que también tenían calor y hambre, los días que recorrí una ciudad que hoy no me extraña y que tampoco me reclama, pero eso no importa, lo que importa son las personas que conocí, las amistades que forjé y las promesas que nunca cumplí.
En estas calles a veces me sorprendo pensando en algún destino que no pertenece a esta ciudad, y me imagino llegando a un centro comercial que está en León y que por tanto no podré visitar, o a veces me sorprendo al mirar atento un carro, esperando que seas tú y poder irnos a algún lugar a perder el tiempo, mientras ponemos música y platicamos de nada y por tanto de todo y repasar las cosas que hicimos y que así nos sorprenda la noche y ninguno de los dos queriendo regresar a casa.
A veces al cruzar la calle y doblar una esquina, imagino que estás ahí y quizás por eso me doy la vuelta y regreso y pasó al mercado y abordo el metro y me pierdo en un mar de cabezas indiferentes que poco les importará cuando me vaya pues ni siquiera notan mi presencia.
Aquí ni siquiera la lluvia puede detener el lento andar de la ciudad, pues no hay diluvio que detenga la necesidad, un plástico en la espalda y el señor de los tamales sigue vendiendo, los tacos no cierran, improvisan un techo y medio tapan las salsas y el pastor que se defienda solo. Los bares no dejan de vender alcohol, pues los recuerdos no dejan de galopar ante la lluvia, igual pasa con el calor, no hay sudor que obligue a nadie a quedarse en casa, ahí vamos sudando todos juntos, algunos ya alucinando mientras el chofer del metro se detiene cada vez que le parece ver una cucaracha y al perderla de vista reanuda el paso y así nos tiene acalorados, con la corbata bloqueando las ideas que suben al cerebro y eso que apenas el día comienza. Por eso algunos siempre van con prisa, huyendo de los demás.
Esta ciudad es todo y nada, es un ente vivo que respira cultura y exhala violencia, es un ser que muta a cada segundo, nada permanece, los rostros a los que uno empieza a tomarles cariño duran poco, el cajero educado que siempre saludaba ya no está, lo cambiaron por una señora que pareciera venir de un lugar donde gracias y por favor son groserías y aventar el cambio es la forma de apreciar una compra. En fin, todo se va y nada permanece, me pregunto si alguien el algún lugar se preguntará que le pasó a ese muchacho  morenito, el que hablaba bien el inglés y que siempre me saludaba como si fuéramos amigos y que siempre preparaba mi subway con cariño, como si lo fuera a comer él, a ese que alguna le vez le dije al ver a su compañera “such a beautiful ass!”, o acaso alguien al ir a ese restaurante donde trabaje, note mi ausencia y le pregunte al mesero  qué le pasó al cajero que siempre estaba haciendo algo, o si alguien con quien alguna vez hablé por teléfono marque deseando hablar conmigo, quizás sí, yo a veces me sorprendo deseándole buena suerte a personas con las que tuve una sola interacción en mi vida.

No tengo una identidad definida, la historia mía se va escribiendo poco a poco y aún hay en el tintero un par de ideas que quiero desarrollar, ya pude cumplir un sueño, estar sólo en un súper al cerrar, deseo efímero que quise cumplir de niño y que hoy con satisfacción puedo decir que he cumplido y si hay un dios y al llegar con él me dice, “te mandé a ser feliz, ¿qué hiciste?”, podré decirle con orgullo que varias cosas que deseé hacer las hice. Algunas siguen pendientes, pero en eso ando y quizás cuando cumpla 80 años podré publicar mi libro para niños ilustrado por mí y quizás con una mano que baila al ritmo del parkinson le escribiré a tu nieto una pequeña dedicatoria en el libro que llevará mi alma en cada letra.

Hasta entonces.




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