martes, 24 de mayo de 2016

Lucas.

Para variar un poco las cosas decidí seguir un perro por las calles de la ciudad,  me llevó al mercado y de ahí esperamos un rato afuera de la carnicería,  para disimular tuve que comprar un hueso y fingí que era para mi perro,  cuando terminó de comer me llevó afuera de una escuela, donde después de algunos minutos las madres preocupadas señalaban hacia nosotros, así que tuve que comprar unos chicharrones, iba a escoger unas palomitas, pero un ladrido me corrigió.

Tuve que enseñarle un par de trucos rápido y nos dedicamos a entretener a los niños que salían de la escuela, un salto,  un chicharrón, una vuelta,  otro chicharrón. Terminamos la bolsa junto con la paciencia de las madres. Los niños se fueron y mi guía me llevó a una tortillería, donde se sentó detrás de un señor, quien se sorprendió de la educación del perro, no pude decirle que no era mío, pues la fila avanzó y el dependiente me pidió que me apresurara, terminé comprándole cinco pesos de tortillas que devoró sentado en la acera.

Todavía no terminaba de masticar el último trozo de tortilla cuando reanudó el paso,  fuimos a una pollería donde el dependiente comenzó a cortarle las uñas a media docena de patas que puso en una bolsa, pagué lo que nunca pedí y mi guía volvió a comer.

Pasamos a un parque donde niños se turnaban para rascarle la panzita, yo me senté a hacer cuentas y me di cuenta de que resultaba caro seguir un perro.

Cuando por fin se puso en pie me llevó de nuevo a la calle donde lo encontré vagando, volvió a mear en el mismo poste de luz y a mitad de la calle, se metió en una casa con portón negro, donde una señora barría la calle, al verlo pasar gritó hacia las entrañas de esa casa, "¡ya llegó Lucas!".

Supongo que mi sorpresa no la sorprendió,  ya que sólo atinó decir - "¿ A usted también se lo llevó a pasear joven? "

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