martes, 31 de mayo de 2016

Dejar ir.

Sus ojos golpearon el lomo plateado del pez mientras éste nadaba de forma repetitiva y sin gracia, tal como viven muchos, pero él se enamoró y quiso tener para siempre y para sí, ese milagro dorado.

Lo tomó cual niño que era, con prisa y sin cuidado. El pez luchó pero poco pudo lograr cuando el niño lo sujeto aún con mayor fuerza, aplastándolo.

Tardó algunos minutos en darse cuenta de lo que había hecho.

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