miércoles, 1 de junio de 2016

Café negro.

No pude creerle nada de lo que decía, fue por eso que tuve que mirarlo a los ojos.

Me dijo que aprendió a leer el café gracias a su tía desde que era un niño y que lo había estado haciendo desde entonces. La cosa es que desde que soy mesero, dijo, leo el café de todos los comensales y en su café vi señales que no me gustaron nada.

Fue entonces que lo miré a los ojos.

Me contó que había visto muerte en mi ultimo café, primero vi infortunio, recitó, después vi un accidente y en su café de hace una semana vi muerte y si no llevara años leyendo el café, hubiera pensado que la muerte iba a visitar a su familia, pero no, lo que vi fue su muerte.  Y después usted no vino más y yo temí lo peor, pero hoy está aquí y como si nada hubiera ocurrido, pidió un café y se sentó a ver la gente pasar.  Pensé que me había equivocado, pero hoy que leí su café, no vi nada. Absolutamente nada.

No me cree verdad, y lo dijo más como una afirmación que no espera respuesta y yo no supe que decirle.

El joven se me quedó viendo y fue entonces que mis ojos golpearon los suyos por segunda vez y fue entonces, al no estar hablando, que me miró con atención y pareció encontrar la respuesta a todas sus preguntas, pues los ojos se abrieron con sorpresa infinita o quizás fue terror y sin decir otra palabra salió de ahí con prisa.

Nunca volví a ver a ese joven en la cafetería y he de decir que me dio cierto alivio, pues así no tendría que explicar nada,  y es que cómo podría explicarle yo a ese joven que a veces nos aferramos a las cosas en vida, cómo explicarle yo a un mortal que en el más allá no nos dejan beber nada.

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