martes, 31 de enero de 2012

El pequeño monstruo.

Se subió a la rama más alta, sacó su armónica, tocó la canción que le había enseñado su padre unos días antes.

Movía los pies mientras la mirada permanecía fija en el suelo.

El pequeño monstruo se acercó lentamente, una de sus garras peludas secó la lágrima que se asomaba en el ojo del niño.

Esa lágrima fue la que había escuchado a su madre gritar. Al parecer ya era demasiado grande para andar creyendo en amigos imaginarios, y tras una discusión le dijo, le exigió que dejara esas cosas, que ya no era un niño. Esa lagrima bajo hasta el corazón y vio como esté se contraía adolorido, le dio un abrazo, pero no fue suficiente, entonces subió despacio y notó como la garganta se cerraba, el cerebro no lo podía creer, él no había inventado nada.

La pequeña lágrima no quería creer lo que se decía, hoy el niño se iba a despedir de su amigo el monstruo, ella lo conocía, más de una vez salió a ver que sucedía, por que el niño reía con tal fuerza y pudo ver al pequeño monstruo.

Salió cauteloso y vio al pequeño monstruo que se acercaba al niño, y escuchó como éste le decía que ya no podría jugar con él, porque su mamá se había molestado, que ella no le creía, que era imposible que viera a un monstruo, que dejara de inventar cosas.

El monstruo contestó triste que también había jugado con su mamá, hace muchos años.

La pequeña lagrima corrió tras el monstruo, no quería que se fuera, le gritaba al niño que ya encontrarían la forma de que su mamá le creyera, pero fue inútil.

El pequeño monstruo se fue cabizbajo, la voluntad quiso seguirlo, pero el niño no se lo permitió, así que fue la imaginación la que corrió tras el pequeño monstruo, le alcanzó para darle la mano, el pequeño monstruo sorprendido la subió a sus hombros y siguieron caminando.

Monstruo e imaginación sólo voltearon para decirle adiós.

Pasados los años el monstruo se acercó a la ventana para saludar, pero el niño era ahora un hombre y no pudo hablar con él, pero sí pudo platicar con una pequeña niña, que reía con él.

Una vez el monstruo le contó una historia, pero la niña no podía entender nada, así que la imaginación sabía lo que tenía que hacer, abrazó a la niña y entonces ella pudo ver en su mente todo lo que le platicaba el pequeño monstruo. Cada día niña e imaginación ideaban nuevas cosas, cosas redondas que volaban, todas con muchos colores, las piedras eran caracoles dormidos, las rosas eran mariposas apretadas, el agua era un arcoíris comprimida, los elefantes estaban arrugados para que no se les cayera la ropa, en especial los calcetines.

Un día la niña le contó a su Papá que tenía un pequeño amigo, es un monstruo, le dijo.

Monstruo veía desde la ventana, pensó que el niño-hombre diría que él también lo conocía y que quería verlo después de todos estos años, ya que lo había extrañado, pero el niño-hombre sólo le dijo que eso era cosa de niños, que no existía ese monstruo.

Monstruo se sintió triste, pero lo que más le dolió fue cuando la imaginación quiso abrazar al niño-hombre cuando la niña se acercó para platicarle las cosas que le había contado el monstruo y el la apartó, a la niña y a la imaginación, con un ademan de molestia.

La niña se despidió del pequeño monstruo y le entregó a la imaginación, el pobre monstruo le preguntó que porque se la entregaba, sí era suya. La niña sólo contestó, ya no quieren que la use…

Monstruo e imaginación se fueron, sabían que habría otros niños con los que pudieran jugar, pero siempre era muy triste separarse. Pero ellos seguirían intentando crecer con algún otro niño.

Y lágrima? Ella también estaba cuando el niño-hombre desmintió a la pequeña niña, y se arrojó con fuerza hacia el suelo, quería hablar con ese niño que alguna vez habitó, tratar de convencerlo de que su hija no mentía…

En ocasiones el pequeño monstruo se acerca a nuestras ventanas para saludarnos, pero desafortunadamente sin imaginación, no podemos reconocerlo, creemos que es algo malo y entonces nos da miedo, nos ocultamos de él.

Afortunadamente el monstruo y la imaginación siempre están ahí para jugar y pasar tiempo contigo. Sólo es cuestión de que tomes a la imaginación y conviertas el agua en arcoíris, los gatos en leones, las piedras en tortugas, las nubes en burbujas y el infinito lo tomes con un puño, para dejarlo caer lentamente, como al tiempo.

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